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el dolor de los hombres invisibles
por juan pablo palladino
Cuando el teatro se hace eco de la realidad más próxima,
esta parece adquirir un significado más sensible. ¿Tendrá
esto que ver con la capacidad del arte de conmover y tocar ciertas
fibras sensitivas en el espectador?
Si no estoy tan errado, no sé realmente hasta qué
punto el teatro explota hoy en día esa capacidad de, podríamos
decir, denuncia social de realidades -albergadas y subyugadas en
esa meta-realidad que nos venden diariamente por cajitas luminosas-
que no alcanzamos a discernir, al mantenernos absortos en la búsqueda
de una felicidad de plástico fabricada en serie.
-¡Panfletario! -exclama el amigo.
-Váyase a cagar -le respondo y lo repito tres veces más
si es necesario.
-¡Ahhh, bueno! -salta otro con los botines de punta-. Pero
para eso están los medios y el ponderable sistema judicial,
el arte debe ocuparse de entretener a la gente cansada de problemas
y más problemas.
-¡Faul, árbitro, cóbrelo! -grito desesperadamente
tomándome la entrepierna en mal uso y abuso de la técnica
Marceau, ya que el tipo ni siquiera me había rozado-. No
me venga usted con ese discurso autoritario e inhumano y váyase
a ver Operación Triunfo, que hoy los chicos van a cantar
todos juntos en contra de la (bendita) piratería -le recrimino
sellando definitivamente la discusión.
Panfletario o no, La mujer invisible
(monólogo de Kay Adehesad, dirigido en esta oportunidad por
Santiago Sánchez, presentada en la sala Moratín) increíblemente
interpretada por la brasileña Rita Sinika, de indudables
poderes actorales -no me extrañaría que de algo mágico
se tratara-, me obligó a revolverme en mi asiento durante
toda la obra. Lo mismo, vale la pena aclarar, le pasó al
resto del público que colmaba aquel martes la sala.
El inconmensurable aplauso recibido por Sinika fue el efecto de
una gran dosis de destreza actoral (donde se hizo evidente la mano
del director) que ponderó un texto no menos sobresaliente
(aunque, por veces, lindante con lo literario), componiendo un todo
dramático de fuerte impacto. Conclusión: una hora
y media de sentimientos y emociones a flor de piel sirviéndose
de una puesta innegablemente simple, minimalista (una silla, una
mesita, un bolso).
En un momento (déjeme que lo confiese, amigo) casi me levanto,
porque mi sensibilidad no resistía los cachetazos limpios
(sucios de concebir) de la historia.
Una mujer, poetisa y periodista, tras el asesinato de su familia,
es exiliada a raíz de un artículo de su autoría.
Pero en Europa choca contra la rigidez de las políticas inmigratorias
y, retenida en un espacio internacional, es sistemáticamente
maltratada sin conseguir nunca el asilo político.
Un monólogo basado en "demasiados hechos reales",
apunta el programa. Y yo, inocentemente, me pregunto, no sin sentirme
espantado (incluso por la propia inocencia): ¿Pueden existir
realidades tan estremecedoras amparadas por la ley? "Sin duda",
me asegura el amigo para luego vanagloriarse de vivir en un continente
donde se protegen celosamente las libertades y los valores humanos
consagrados por las democracias (¿Falacia de Perogrullo?)
No puede ser solo el imaginario saramaguiano -demasiado lúcido,
desde luego, para plasmarlo en tan simples palabras- el que sostenga
que "ningún ser humano es humanamente ilegal".
Es posible que haya habido otros ilegales en la sala -no hay que
cumplir, está visto, grandes requisitos para adquirir esta
condición, mas que el de sufrir el desarraigo salvaje que
dispara, por ejemplo, la urgente necesidad de subsistir o sobrevivir.
De cualquier forma, no creo haber sido el único en sufrir
semejante estremecimiento al ver tan de cerca y de forma tan transparente
la palpable invisibilidad del personaje. Una invisibilidad más
familiar de lo que parece
¡Quien pueda argüir sólidamente no sentirse como
un espectro en la todopoderosa sociedad de mercado que tire la primera
piedra!, exhorta un pretendido rebelde un tanto ebrio de marchas
antiglobalización.
"El mundo industrializado se rodea de muros, se eriza de fortificaciones,
se llena de sajas jurídicas cuya trasgresión conlleva
una denuncia judicial", afirma Jacques Decorney, de Le Monde
Diplomatique.
El periodista Ramón Ferri señala, por su parte, a
propósito de la creación de las zonas internacionales
de retención, donde las libertades no existen y los policías
gozan de poderes desorbitados, que ese término es "ajeno
al ordenamiento jurídico de cualquier país democrático
y civilizado, es una trampa, para desposeer de garantías
a la libertad frente a la actuación de los agentes del sistema".
Esos infernales espacios por los que la mujer de la obra de Adehesad
se vio forzada a pasar dejando allí lo poco que le quedaba
de dignidad en manos de funcionarios del primer mundo.
El dolor y la impotencia (esta última, probablemente, a raíz
de incapacidad para canalizar el primero) drenaron en lágrimas
al momento de los aplausos. Extensos, por cierto.
Después me fui, no sin antes saludar a los responsables de
la desvelante y ácida "ráfaga de palabras (realmente
balas para la conciencia)", mascullando el amargo sabor de
una realidad demasiado cercana. Solo oculta cuando tenemos los discursos
totalitarios tapándonos los ojos.
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