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Santiago Sánchez,
director de la mujer invisible
entrevista
"El teatro en España está lento de reflejos,
va por detrás de las situaciones"
Quien lo dice es Santiago Sánchez,
director de la Mujer invisible e integrante de imprebis. Cita a
Bertolt Brecht a la hora de hablar del fenómeno social que
envuelve al teatro. Y se queja de la ausencia temática actual
en los escenarios españoles. Se muestra consciente de que
el infierno por el que atraviesan los inmigrantes en Europa tiene
sus mentores y beneficiarios.
por juan pablo palladino
Cita a Bertolt Brecht a la hora de hablar
del fenómeno social que envuelve al teatro. Y se queja de
la ausencia temática actual en los escenarios españoles.
Se muestra consciente de que el infierno por el que atraviesan los
inmigrantes en Europa tiene sus mentores y beneficiarios.
No es el caso de La mujer invisible el
que acusa Santiago Sánchez (director de la obra) acerca de
la falta de reflejos del teatro español para hacerse eco
de las problemáticas actuales, incluso de las más
cotidianas. Precisamente por ello es que confiesa haberse entusiasmado
tanto con el texto de la escritora inglesa Kay Adehesad (traducido
por Carla Matteini) quien en su obra realiza una tajante denuncia
sobre la situación de los emigrantes africanos en Europa.
Sabe perfectamente que, si bien no hay una sola forma de hacer teatro,
«el fenómeno social» de este arte radica en hacer
visible lo que no lo es, aportándole un valor humano.
Sánchez recibió el premio
de las Artes Escénicas de la Generalitat Valenciana como
mejor Director en su anterior montaje Galileo. Fundador de la compañía
Lom-imprebis, es el creador y director de la obra Imprebis
que ya lleva varios años en marcha y que consiste en números
de improvisación armados, claro está, en escena.
Esta entrevista transcurre en el Café
del Teatro Rialto, instantes después de que Sánchez
hiciera el training habitual con la actriz brasileña Rita
Siriaka, y media hora antes de la función. No duda ante las
preguntas y demuestra estar seguro de lo que dice. Deja traslucir
en sus palabras una evidente molestia por la situación hipócrita
y de «doble discurso» de esta Europa donde se van endureciendo
las políticas inmigratorias -agitación del humor popular
y mediante el miedo contra el extraño- facilitando el beneficio
de los mismos que alientan el surgimiento de estos infiernos.
El concepto es simple de entender: «Si
aceptamos la pérdida de derechos civiles del otro, estamos
a un paso de perder los nuestros», advierte el director que,
por otra parte, sostiene que «todos tenemos el derecho a buscar
la mejor de las vidas en el mundo, lo que no quita que siempre esté
pensando que mi origen esté allá».
¿Por qué escogiste esta
obra?
Es el texto de teatro contemporáneo
que he leído en los dos últimos años que más
me ha impactado. Y me ha impactado por un doble motivo: la temática,
es decir, creo que hay una carencia en el teatro contemporáneo,
que es el entroncar con un teatro comprometido y de denuncia social
de lo que estamos viviendo. De la misma manera que el último
trabajo que había hecho, Galileo, de Bertolt Brecht, partía
de una idea de crítica mucho más amplia, y de metáfora
más abierta para llegar a un conducto de teatro comprometido
con el propio ser humano en su lucha por la verdad, aquí
había algo mucho más concreto que, de alguna manera,
podía estar escrito anoche, era tinta fresca.
Por otra parte, la propia construcción
del texto, donde Kay Adehesad, más que una obra de teatro,
lo que escribe es un poema donde mezcla diferentes niveles de lenguaje:
el momento de la pura poesía y de la emoción más
sincera del ser humano, con la pura escritura del hecho real en
el que está basado (a partir de una imagen de televisión
escribe el texto); y luego con un tratamiento del tiempo y del espacio
al que me interesaba mucho acercarme. Posiblemente esa confluencia
hicieron que fuera el texto de teatro más vivo que yo había
leído en los dos últimos años.
¿Cuáles son los aspectos
que intentaste resaltar durante la puesta?
Cuando uno trabaja en la dirección
de un monólogo, lo fundamental es el actor. Entonces, para
mí ha sido un trabajo mano a mano y de mimo del trabajo actoral
de Rita Siriaka, lo cual es muy sencillo cuando se tiene la calidad
de actriz que tiene Rita. Pero sobre todo he querido ser fiel a
la emoción de lo que siente y, a la vez, a ese absurdo que
se puede dar cuando hay un lenguaje del mundo de la aceptación
de los derechos, de una Europa de la democracia y del encuentro
social y lo que es una Europa de la exclusión, de la reducción
y de la pérdida progresiva de esos derechos. Sobre todo,
centrar que a esto que estamos leyendo, reflexionando, el teatro
le pueda aportar una visión humana.
¿Han realizado algún tipo
de investigación previa al montaje?
Principalmente Carlos Mateining, para hacer
la versión del texto, porque hay que pensar que es un texto
que parte de un hecho real: Adehesad, viendo un día en la
BBC la revuelta real del motín de Cansbill, un centro de
internamiento, observa que hay un señor que pone en una pancarta
prisioneros de conciencia. Entonces ella se plantea: «esto
no puede estar pasando ahora en Inglaterra». A partir de ahí
investiga y encuentra una serie de hechos reales. Para nosotros
era muy importante no trasladar la obra a España literalmente,
con localismos, sino entrar en una metáfora que hablara de
toda Europa, este problema es un problema europeo. Investigamos
qué traslación hay de las leyes británicas
a España, qué paralelismos se dan, dónde hay
diferencias. Se hizo todo un trabajo con un juez de Jueces para
la Democracia, con gente de la Comisión Española de
Ayuda al Refugiado, con Gente de Amnistía Internacional,
y es algo que se sigue haciendo.
¿Cuál consideras que es
el rol social del teatro?
No hay solo una forma de teatro y, por
lo tanto, como cualquier placer, no es excluyente. Pero evidentemente
una de sus partes está en darle a cualquier denuncia un punto
de vista social, el teatro va a aportar que eso le está ocurriendo
a un ser humano. Desde la época clásica tiene un lenguaje
propio que es el de la emoción, la inteligencia y la reflexión.
Esa combinación que nos permite el teatro, que posiblemente
Bertolt Brecht es quien mejor la guía, el hecho de llegar
a ver en seres humanos eso que otras veces hemos visto en un titular
de prensa, en un sumario, en un telediario, con un tratamiento periodístico,
le da un carácter muy particular, y el llegar al escenario
es abrir a un público algo que posiblemente estaba callado.
A veces yo digo que nuestro mayor objetivo es que, a esa mujer que
es invisible, porque a veces se nos tapa o porque nosotros nos tapamos
los ojos, porque realmente se esconde o no se nos quiere dar a conocer,
debemos hacerla visible. Ese es el fenómeno social del teatro,
hacer visible algo.
El ser no evidente
El título de la obra tiene un
concepto que es muy fuerte, la invisibilidad ¿Cómo
definirías lo que es invisible?
Personalmente, aquello que no es evidente
es donde está el valor de las cosas. Muchas veces decimos
en el teatro que precisamente una parte sagrada del arte teatral
es la búsqueda de lo invisible. Leí hace poco que
en el momento de morir el cuerpo pierde 23 gramos, uno podría
pensar que ahí está el alma, quizá en tan poca
materia está lo más interesante del ser humano, y
es invisible, la podemos intuir, comprender.
En cuanto a la obra, era muy difícil
traducir el título, porque en inglés es The Bogus
Woman, y bogus sería inexistente, fantasma. Elegimos invisible
porque creíamos que aportaba un dato que en esta sociedad
actual estamos viviendo, y es que a veces se nos esconde la realidad
de las personas con asilo político, se confunde. Por ejemplo,
una de las cosas que pasa es que hay mucha gente que es incapaz
de diferenciar entre el emigrante económico y el emigrante
político. Y España, por propia memoria histórica,
debería tenerla muy presente porque no hace cuarenta años
que situaciones muy parecidas a las que vive la protagonista las
han vivido españoles en Europa.
Pero la mujer de la obra es en cierto
modo un reflejo de diferentes tipos de inmigrantes.
Evidentemente, hay un momento en que en
esta Europa hay una confusión total. Creo que desde que se
aprueba la Ley de Extranjería hay una opción muy querida
de que el inmigrante se sienta preferentemente en situación
de ilegal. Estamos asistiendo, si no paramos esto, a un fenómeno
de esclavismo en una sociedad aparentemente civilizada. En el tema
de la inmigración se da una de las cosas más perversas,
un doble lenguaje: se alimenta una controversia muy popular de miedo
al extraño, al otro, mientras que el que lo está alentando
es el principal beneficiado de esto porque supone una crisis de
valores sociales, sindicales, una ruptura de los mínimos
derechos exigidos. Muchas veces digo que he hecho esta obra por
absoluto egoísmo, porque creo que si en Europa y en España
aceptamos la pérdida de derechos civiles del otro, estamos
a un paso de perder los nuestros, es algo que es irrenunciable.
En España costó cuarenta años de dictadura
volver al proceso democrático, y este es tan tierno que se
puede quebrar en cualquier instante. Por tanto, parece que desde
el teatro, desde la reflexión, desde el pensamiento, algo
tenemos que decir a esto. Creo que en España hay procesos
tan o más preocupantes desde hace años como los ocurridos
en Francia o en Holanda, que a veces están legitimados desde
el propio poder.
Los flujos migratorios crecen de manera
impresionante y la inmigración en Europa es un tema cada
vez más candente. ¿Piensas que el teatro le ha dado
cabida como temática?
No. Pero no solo con respecto a la inmigración,
pienso que el teatro está bastante de espaldas con respecto
a la realidad que le envuelve. Creo que va a ser un fenómeno
que se va a dar, justamente, con la mezcla de gente de todas partes
(como por ejemplo el caso de la propia Rita Sirika, brasileña).
El teatro en España está lento de reflejos, va por
detrás de las situaciones.
Los países industrializados parecen
erizarse cada vez más ante estos flujos migratorios. ¿Hasta
qué punto se puede decir que en estos países «desarrollados»
triunfan los valores democráticos cuando vemos realidades,
sin ir más lejos, como la que refleja la obra?
El valor imperante en estos países
no es el concepto democrático, y, por tanto, la propia palabra
democracia no nos lleva a pensar en una plaza abierta, sino al fenómeno
de trinchera y al fenómeno del triunfo de un sistema y de
unos valores absolutamente capitalistas. Por tanto, lo importante
es el beneficio y cómo aumentar los beneficios de ciertas
empresas. Esos son los valores que imperan en esta Europa. Esta
es la Europa en que los políticos van perdiendo credibilidad
porque se va descubriendo que son títeres en manos del verdadero
poder: las multinacionales y órganos financieros. Esa es
la verdadera lacra. Por eso decía antes que hay en Europa
ese doble lenguaje. Europa se ha convertido en una especie de trinchera.
¿Qué papel crees que les
cabe a estos países industrializados en la aceleración
de los flujos migratorios?
Primero habría que hablar de lo
que se ha hecho con los países de donde está procediendo
el flujo migratorio. Lo que se ha hecho con África. Nosotros
estuvimos ensayando esta obra en Guinea, donde se ha encontrado
petróleo que le permitiría convertirse en uno de los
principales productores. Y lo que ves es la llegada de las multinacionales
que van a explotar eso, pero no ves cambio real en la población.
Hay un discurso absolutamente hipócrita, falso. De entonar
esta condescendencia mientras se dice «que mal se está
allá», y no se hace nada por corregirlo. (Eduardo)
Galeano en su último libro Patas para arriba describe muy
bien la situación. Estamos enseñándole el falso
paraíso al que se quiere venir, donde luego va a haber un
infierno que va a ser mucho más duro. Es algo que se ve en
la obra: siendo difícil la situación en el país
de origen, el infierno que se está creando aquí es
mucho más terrible, porque es un infierno fuera de su realidad.
A mí me da la sensación de que hay gente muy feliz
con que esos infiernos se den aquí. Por eso cualquier grito
de advertencia es poco.
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