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en torno a brassens
Autoentrevista de Javier Sanmartín

 

No ha sido fácil, a pesar de todo, haberle encontrado. Vaya usted a saber qué subconscientes cláusulas deben mantenerle tan retraído en las bodegas de la sique, ebrio de licor de olvido, en tanto la conciencia por acá arriba sigue haciendo de sus estragos la norma, y así anda todo como anda, aquí dentro de nosotros pero también fuera, en este mundo que se nos va muriendo.

Algún pingüe motivo te traerás entre manos para hacerme subir y, con todo, ande o no la conciencia metiendo la nariz, aquí me subas. Tú dirás, pues...

Pues se trataba de decir algo en torno al maestro Brassens, a quien deseamos todavía algo más de vida y, en fin, me gustaría lo primero saber qué es Brassens para usted.

Mmmh... eso no lo sabré nunca. De ese modo es como puedo, no sé, tal vez quizá mantener activo mi pensamiento al escuchar muchas de sus canciones (que ya deben ser nuestras, es decir, de nadie, a fin de venir a ser de todos). Porque si a estas alturas ya me hubiera hecho una idea de él, todo lo rica que quieras pero una idea, ya me dirás tú de qué forma iba todavía a sorprenderme nada que viniese de ahí, a maravillarme o a despertar todavía ninguna suerte de lucecitas en la noche.

Yo le pediría que me hablase ahora, si le apetece, un poco de Brassens...

Bueno, sí... recuerdo, por ejemplo, lo de las prostitutas, los reos, los insumisos, los fuera de la norma y todo eso, en fin, su legendaria simpatía por los estratos más lacerados de la Sociedad. En La mala reputación, sin ir más lejos, el que habla es un sujeto la mar de corriente, como tú o como yo, que es perseguido por el delito de no hacer lo que está mandado.

En mi pueblo yo, con perdón,
tengo mala reputación:
que me mueva o quieto me esté,
paso por un qué sé yo qué.
Y eso que no sé que a nadie le dañe
que yo a mi manera me las apañe.
Pero es que ellos no quieren que
ande uno por donde le dé:
no, jamás te perdonarán
si no vas por donde ellos van.


(La mauvaise réputation, Philips: 6397 003)

Ya veo...

Una voz maravillosa, la de María José Monserrat, grabó una versión con mucho swing. Pero podría recordarte otras, sí, como aquella: El que ha acabado mal, donde el mismo personaje, en su última hora, aún carne de mazmorra, decide regresar a su villa natal en busca de algún remanso de cariño. La melodía es sobradamente linda, y es una de las asiduas en el baúl de viaje del trotamundos y trovador chileno Nelson Poblete.

Hacía muchísimo tiempo
que no me servía de mis dientes,
que no echaba vino en mi cazo
ni carbón en mi estufa.
Al cabo de un siglo me han tirado
a las puertas de la trena.
Como soy un sentimental
he vuelto a mi barrio natal,
bajando la nariz voy rozando las paredes,
mal a gusto sobre mis fémures,
esperando ver a los humanos
apartarse de mi camino.

(Celui qui a mal tourné, Philips: 6397 006)

Sí... la recuerdo según la va usted cantando.

Se trata del mismo sujeto que aparece en La mala hierba, esta vez disfrazado de superviviente de la guerra contra los nazis, a quien todos hubieran preferido recibir muerto para así condecorarlo como se merecen los muertos, antes que verlo vagabundear por los parques y las fuentes, sin mayor ocupación que la de ir tirando a su aire y gusto.

El día de la victoria llegó,
y todos la habían palmado;
yo sólo merecí el deshonor
de no perecer en el campo del honor.
La muerte se llevó a los demás
y me perdonó a mí.
¡Es inmoral, pero es así!
La la la la la la la...
Y por qué te ha de importar, Dios mío,
tanto que viva un poco más.


(La mauvaise herbe, Philips: 6397 004)

Es conocida la afición de Brassens a los amores desgraciados...

...y desgarrados, es cierto, aunque con salpicaduras de cierto satírico barniz. En Marieta, el yo de que se viste raya la caricatura, la bufonada, y consigue arrancar la sonrisa del público, sí, pero cuántas veces entre líneas no nos estremeceremos al barruntar el traslado de su yo al nuestro, y vernos (nosotros, los hombres, me refiero) quizá un día no demasiado lejano en semejantes disloques.

Y entré con el salero al comedor de Marieta,
la bella, la traidora, ya estaba acabando el flan:
y yo allí con la sal como un gilipollas (bis).
Y cuando por su santo le compré una bicicleta,
la bella, la traidora, ya se había agenciado un Rolls:
pegado al manillar hice el gilipollas (bis).
Y le llevé una orquídea a nuestra cita en la Glorieta,
la bella, la traidora, se besaba con un chulo ¡apoyada en un farol!:
y yo allí con mi flor como un gilipollas (bis).
Y cuando fui, por fin, a degollar a Marieta
la bella, la traidora, de un infarto se me había muerto ya:
y yo con mi puñal como un gilipollas (bis).
Y lúgubre corrí al funeral de Marieta,
a la bella, la traidora, le dio por resucitar:
y yo con mi corona hice el gilipollas (bis).

(Marinette, Philips: 6397 005)

Ciertamente graciosa, y espeluznante a la vez. ¿Podría hacer memoria de...

...pues sí, de amores desgraciados recuerdo otras, como Los ombligos, una de las más hilarantes; El 22 de septiembre y La tormenta, ambas con su aire tierno y a la vez nostálgico; Tan linda flor, rebotes en el agua... y Puta de ti, en la que una especie de bohemio solitario, algo pasado de moda y un poco misántropo, recibe en su casa al amor pero en forma de gata, hecho que le conducirá, tras los días primeros de sorpresa y encantamiento, a la perdición más segura.

Pero hace el tiempo destrozos funestos,
y aún en flor nuestro amor, ya dabas en echar
mis canciones al fuego, en mear en mis tiestos
y en hacer a mis gatos rabiar.


(Putain de toi, Philips: 6397 004)

Comprendo... Y, dígame, ¿también cantó Brassens a los amores buenos?

...buenos, pero breves. Sí, sí; en abundancia, yo creo. Así de primeras me vienen Los zuecos de Elena, La caza de las mariposas, El almendro, y más en clave bucólica, llegando casi al madrigal, El paraguas o aquella tan hermosa de La bella y el manantial, que interpretó a ritmo de bossa nova magistralmente Miguel Mestre, uno de los transmisores más finos de Brassens. Te la voy a poner. Escucha...

Desnuda se estaba bañando
una bella en un manantial;
le sopló sus prendas soplando
por los aires el vendaval.
Con unos pámpanos de viña
una faldita se cortó:
y era tan menuda la niña
que sólo una hoja bastó.
Este juego le gustaría
pues cada día al manantial
a bañarse fue desnudilla
rogando sople el vendaval.

(Dans l´eau de la claire fontaine, Philips: 6397 006)

Muy hermosa esa versión. Pero diga, aparte del plato amoroso, nuestro poeta también degustó otros manjares...

Ah, pero manjares con riesgo de envenenamiento. Temas como El sin fe, La misa del ahorcado o Tormenta en el agua bendita levantaron toda suerte de polémicas por su vena anticlerical. Otras lo hicieron por su carácter contrabélico o antimilitarista: Los patriotas, La guerra del 14, cuyo ingenio descansa en el truco de volver el ataque del revés, y así el que canta se pone a preferir entre las guerras una, la del 14, por mera ventolera personal; ironía que fue imitada por Javier Krahe en La hoguera. Pero hay dos canciones que despuntan del resto: una es El gorila, un regocijado alegato contra la pena de muerte, y, la otra, Morir por ideas, supuso un atrevimiento que le costó la repulsa de los partidos militantes de la época. El asunto cobró tal magnitud que el propio Brassens se vio abligado a hablar en público a través de las ondas de Europa 1:

“Hay que tener en cuenta -dijo- que, en versos uno no dice todo lo que quisiera, y que los versos los reciben unos y otros de forma diferente. Creo que un hombre debe poder decir todo lo que quiera en un preciso momento. Y quiero decir que estoy más bien del lado de la Resistencia, es evidente, y eso se nota en mis canciones. Pero entre esa gente había personas cuyas ideas evolucionaron. Quizás ellos mismos no lo sepan, pero estuvieron dispuestos en cierto momento a morir por sus ideas y no lo estaban el día anterior, o tres semanas antes, o un mes o un año antes o después. Personalmente, yo soy capaz de morir por una idea, pero he visto tantos seres, muy convencidos y muy honrados, que murieron por ideas que cambiaron inmediatamente después... En esta canción solo quise tomar partido contra una forma violenta, contra la muerte. He dicho que ninguna idea es digna de morir por ella, y quizás no me haya explicado bien; quise decir que no merece la muerte de los demás. Porque mucha gente está dispuesta a morir por sus ideas, pero antes de morir por sus ideas se dedican a aniquilar a muchos otros... En fin, hemos visto tantas veces esta trágica comedia desde que existe la Historia, que me parece que hay que ser muy prudente antes de morir por una idea, o de hacer que alguien muera por ella. Yo no me escondo detrás de nada, detrás de nadie, y si mi canción no gusta, tanto peor. Pero si gusta a los que no son fanáticos... y pienso que la vida de un hombre tiene tanta importancia que es triste ver que se pierden tantas vidas por ideas que, al final, se tiran a la basura”.

La canción, todo hay que decirlo, es una diatriba acertadísima, venida de un sentimiento más que popular. Acércame la guitarra... te recordaré unas estrofas...

De ideas que den pie para estirar la pata
bandos de mil colores ofrecen arsenal;
así que se pregunta la víctima novata
«Morir por una idea, muy bien pero ¿por cuál?»;
y, como se parecen una y otra y cuarenta,
al verlas con sus mil banderas avanzar,
el listo en torno al hoyo da vueltas sin parar.
Por la Idea morir, sí, pero a muerte lenta,
sí, pero a muerte lenta.
Y al menos si basta un par de escabechinas
para que todo al fin cambiara y fuera bien,
después de tantos siglos de ilustres sarracinas
tendríamos acá que estar ya en el Edén;
mas la Edad de Oro siempre futura se presenta:
el Dios del Ideal jamás calma su sed;
y es siempre muerte y muerte, muerte una y otra vez.
Por la Idea morir, sí, pero a muerte lenta,
sí, pero a muerte lenta.

(Mourir pour des idées, Philips, 6397 116)

Curiosa relación esa, entre las ideas y la muerte...

Sangrante, diría yo. Pero creo que nunca se dirá con la suficiente claridad, a pesar del esfuerzo que han hecho algunos.

Si le parece, sigamos con su recorrido más o menos guiado por este mapa de canciones que un tanto anárquicamente va usted esbozando. Veamos, Brassens cultivó otros terrenos...

El del humor, digamos... dulcemente macabro. Funerales de antaño, Tío Archibaldo o El enterrador son un ejemplo; y tantas otras donde se hace comparecer a la Pelona, unas veces jugando a burlarla, como Sísifo, otras sencillamente negándola, incluso de la manera más ingenua.

No es que tenga yo mal corazón,
no deseo a nadie su defunción:
pero si no hay muertos sé
que de hambre me moriré:
soy un pobre enterrador.
Aunque digan que el hombre es mortal
no lo logro ver tan natural;
y no sé tomarme la
muerte como viene y va:
soy un pobre enterrador.

(Le fossoyeur, Philips: 6397 003)

Conmovedor...

O qué decir de su cara más irreverente y malhablada, llevada al extremo en temas como El pornógrafo, Fernande o El tiempo no mejora las cosas, que cantaba Ángel Vicente Cano en versión de tango con toda la gracia y el buen desparpajo del mundo.

Sí, pero de seguir así, me temo que el mapa podría amenazar con volverse excesivo, ilimitado, según avanzamos por él.

Es un mapa sin fronteras muy serio, porque cualquiera puede entrar y ensancharlo un poco más.

Me lo figuro. Sin embargo, dándole un giro más a la cosa, le preguntaría por otro hábito del maestro: ese gusto por musicar otras composiciones de autores más o menos consagrados.

Tal vez los que fueron más de su agrado, sí. Tal fue el caso de François Villon, uno de sus dioses predilectos, cuyas señas y estilo tuvo a bien imitar durante algunos años. También Victor Hugo, Paul Fort, Francis James, Verlaine o Louis Aragon gozaron de sus atenciones. Por cierto, que una de las melodías más conocidas la fabricó precisamente para un poema de este último, Il n´y a pas d´amour heureux, que hace pocos años nos interpretara tan tierna como brillantemente la cantante Sonia Pina, con esa intensidad dulce, penetrante y fresca de su voz, tan escasa en nuestros días. No sé si la tengo por aquí...

Ehh... disculpe, pero debemos concluir en breve. Vayamos redondeando la cuestión, si le parece. Dígame, finalmente, ¿cómo ve al compositor, al músico que había en Brassens?

Me complace que me preguntes eso, porque uno de los ataques que más veces se ha prodigado contra las canciones de Brassens ha sido el de la monotonía musical: siempre la misma voz, la misma guitarra. Me hubiera gustado preguntar a verdaderos gigantes del jazz como Eddie Davis, Harry Edison, Joe Newman o Cat Anderson qué pensaban del asunto. Ellos y otros, con sus versiones, supieron saborear la dulzura, el meollo de sus cantilenas, inseparables de la visión sátira del trovador, del juego que hace jugar a entender, a canturrear. Nosotros también hemos sabido, aunque es extraño porque lo más curioso es que no sabría decir, así lo analizase mil veces, cómo.

Se nos escurre el tiempo: ¿desea añadir algo más para terminar?

Despedirme de ti, mi joven yo, y animarte a que sigas cantando a Brassens como yo hice años atrás. Obvio es que, siendo nosotros el mismo, vayamos uno a uno por dentro muriendo, dejando paso a otros yoes más animosos y más nuevos. Mmmh... pero concluiría por otro cabo: me rezonga un cierto tintineo por tu última pregunta: así que al respecto te diré que no te importe para estos tiempos de telefonía móvil y pantallazo digital que corren cosas como su escaso virtuosismo, o la tosquedad de su rasgueo, porque Brassens en su conjunto sigue siendo uno de los atentados más lúcidos y divertidos contra lo establecido que nunca ha habido, y un manantial sobre todo donde beber y curar las heridas. No dejes de aprovecharlo. Y salud.

Salud y hasta la próxima.

 

 

 
Núm. 1 Octubre 2002. Teína. La compañía del té. redaccion@revistateina.com