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tintalabios
Las conversaciones son de un valor incalculable. Hay quien pretende
aprenderlo todo sin más que leer, dejando a un lado uno de
los placeres por excelencia: el diálogo. He de confesar que
aunque no tenga muchos, me encantan los libros que se llaman conversaciones
o similares, ya que suelen proporcionar -en el amplio sentido de
la palabra- una dimensión mucho más humana del autor
en cuestión... sobre todo si se trata de sesudos e incomprensibles
filósofos, filólogos o filo-lo-que-sea. Algo similar
me sucede con las cartas, como las de Joyce y Nora, por ejemplo.
Ahora que lo pienso guardo también bastantes vídeos
de entrevistas con escritores u otras raras aves que me hayan gustado
por algún motivo y que haya andado presto a grabar cuando
me enteré de que las daban por la tele. A través de
las Conversaciones (Tusquets, 1996) con E.M. Cioran entreví
el tipo realmente divertido y sano que este auguraba en sus demoledores
libros; una entrevista en blanco y negro, que me compré en
vídeo, a Julio Cortázar por el peor entrevistador
que jamás haya visto enciende la chispa cada vez que caen
unas líneas del «Cronopio Mayor del Reino» en
mis manos; unas conversaciones con George Steiner recogidas también
en un libro (Taller de Mario Muchnik, 1999) hizo que mantuviera
mi desautorizada opinión de que Steiner parece ciertamente
un tipo aburrido, es decir, que prefiero cualquier cosa que digan
los dos primeros. Y así podríamos seguir con la lista.
Sin tantas pretensiones e imposibilitado
en lo oral de momento por las distancias, Tintalabios trata
tan solo de recoger el interés de algunos por hablar con
los autores y compartir con ellos algunas miradas sobre sus obras,
sin más objetivo que pasar el rato y, por qué no,
darle carnaza fresca a la curiosidad. Para esta ocasión los
entrevistados son cuatro: Alejandra Pultrone, Héctor Urruspuru,
Jesús Zomeño y Sergio Algora. Evitando extenderme
demasiado en el porqué de cada uno, aclararé que con
los dos primeros, Alejandra y Héctor, argentinos, fue la
red de redes la que, no sé si por azar o por azar objetivo,
a través de las listas de correo y los foros de literatura
me puso en contacto con ellos ya hace unos tres años, ahí
es nada; con los otros dos tuve que vencer algunas reservas -timidez
o vergüenza, no sé cómo se llama- por mi parte
y proponerles con el mayor descaro del que fui capaz que fueran
partícipes de algo que inexistía y que tampoco tenía
nombre. Tanto Sergio como Jesús, gentilhombres que se caracterizan
por una amabilidad exquisita, accedieron a cumplir uno de esos pequeños
caprichos que uno gusta concederse al menos una vez en la vida,
como si se tratase de un programa de la tele: Sergio, el cantante
de un grupo ya extinto pero que dudo que pueda dejar de ser mi favorito,
El Niño Gusano, pero también autor de un poemario
excelente, Paulus e Irene; Jesús, una suerte de prestidigitador
que logró, sin saberlo, que su libro se abriera por la página
exacta un día que yo pasaba por donde él presentaba
su libro 34 poemas y que durante la lectura de poemas lograra
asentir poema tras poema con un callado «Joder, qué
bueno. Voy a comprarme el libro.» entre los labios.
En fin, las cartas están boca arriba
sobre la mesa, es decir, puede que el preámbulo incluso sobrara,
pues a lo mejor es el capricho lo único que explica bien
por qué decidí elaborar y poner tanto empeño
en sacar adelante esta sección con estas cuatro personas.
En cualquier caso me es imposible concluir sin mostrarme agradecido
por los siglos de los siglos a los cuatro: a Héctor y Alejandra,
por la extorsión que supone en ocasiones la amistad y porque
sé que, dada la situación allá en Argentina,
hay tiempo de todo menos de ponerse a los mandos de un ordenador
y acceder a las peticiones interesadas de quien escribe estas líneas;
a Sergio y Jesús, por el allanamiento de su paz rutinaria
y por la paciencia con que me atendieron, y por haber accedido a
ser conejillos de indias para las dos primeras entrevistas con que
me estrené en esto de ser un preguntón. A todos ellos:
gracias de nuevo.
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