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el duelo
La esgrima es un arte noble que se asemeja, a su manera y para los
espíritus románticos, a la lectura, al enfrentamiento
lector-libro. Habrá quien use el sable, quien prefiera el
florete o quien maneje con mayor pericia la espada; en cualquier
caso nadie negará que ambas disciplinas, olímpicas
de desigual manera, hacen del «tocar» cuanto más
y mejor el motivo de su goce. Dado un texto, pactadas las condiciones
del duelo, convenida la distancia y el enclave donde batirse lector
y libro tienen no pocas diferencias que dirimir, antes de dictaminar
quién arrastra a quién a la perdición y al
olvido. No pocas veces merece la pena recordar, estirar fuerte y
sin miedo desde uno y otro extremo las neuronas donde habitan sin
saberlo pasajes que los otros no leen, por muy similares que puedan
parecer unas ediciones de otras, y que no leerán de no ser
por el esfuerzo del lector en poner de relieve aquello que el libro
también dice sin éste saberlo: son las miradas que
ofrece el lector al libro, a cambio de unas monedas donde acuñar
un rostro y darle curso legal al valor así obtenido tras
la batalla. Hay ciertos libros, ciertos pasajes invisibles de ellos,
algunas de sus líneas afiladas con esmero y envenenadas a
propósito, que aguardan siempre pacientes en el enclave donde
fue fijado el duelo, y dispuestas a no dejar indiferente ya nunca
más a quien las enfrente. El motivo es lo de menos: ellas
arrojan el guante y desenvainan su arma.
¡En guardia!
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