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el tesoro
por rubén a. arribas

 

A los de la serie Testimonios (Taller de Bolsillo)

Hay algo de nosotros que no se puede vender, si se quiere que sea un tesoro; como todo tesoro, a lo sumo, se puede descubrir o ser descubierto y repartir o ser repartido; en algunos casos, no sin antes una maldición, ser robado. Si vendemos algo de nosotros, es porque le ponemos un precio; si tiene un precio, deja de formar parte al instante del tesoro, pues los tesoros han de ser siempre, por definición y según las leyes al uso sobre tesoros, de valor incalculable, es decir, que de tanto valor como poseen, necesariamente no valen nada, ya que no es posible reunir algo equivalente para pagar por ellos; a excepción de otro tesoro, claro. Aunque llegado este caso, lo único que tendría sentido es repartirse ambos tesoros y, además, habiendo tanto tesoro de por medio, sería absurdo plantearse esto de que haya un mercado negro donde se trafica con tesoros y marfil de manera vergonzosa.

Uno puede terminar de venderse; puede, digámoslo, vender todo de sí hasta que no quede nada; incluso puede cerrar la venta por un muy buen precio, quizá el mejor que nadie nunca antes haya conseguido; pero, un instante después, el vendedor en cuestión dejará de tener qué vender... salvo el tesoro, por supuesto, pues de este vendió el marfil, el valiosísimo marfil, sí, sin recordar que el tesoro es tesoro y el marfil, eso: marfil, y que además ambos, por su naturaleza, persisten en serlo, y que por tanto no puede venderse un tesoro a peso de marfil sin haber dado gato por liebre a quien lo compra, porque —y esto es de dominio público ya que en algún momento todos hemos leído cuentos infantiles— los tesoros no admiten medias tintas al respecto: o se descubren, o permanecen enterrados en algún lugar recóndito hasta que la persona adecuada, el buscador de tesoros, los encuentra.

Claro está: cualquiera no encuentra un tesoro; hay que saber primero qué es un tesoro, esto es, ser consciente de su valor incalculable —no decimos que vale mucho, sino que es incalculable, y de ahí que digamos que no vale nada; no vaya a ser que nos pidan que calculemos su valor y necesitemos una vida entera para hacerlo—. Por ello digamos sin ningún tipo de rubor a quien nos pregunte que, por ser incalculable, no es posible comprar nuestro tesoro, sino descubrirlo —evitándole así además que derroche marfil de manera innecesaria—, y que una vez encontrado, entonces admite ser repartido con el resto de buscadores que llegaron o llegarán a este polo Norte. Asimismo, invitaremos también con toda gentileza al recién o los recién llegados a que dejen espacio suficiente a la incertidumbre del valor de la parte del tesoro que han de recibir; que por ínfima que pudiera parecer, siempre será incalculable. ¿Cuánto espacio? He ahí el gran dilema que presentan los tesoros —y esto ha de repetirse hasta la saciedad ya que muchos buscadores, que ni siquiera se reconocen como tales, son incapaces de salvar este primer obstáculo por falta de disciplina en la matemática: los tesoros son de valor incalculable; y lo que es incalculable, bien puede ser infinito; y lo infinito, enorme; siendo no difícil de prever que algo de tamaño tan desmedido ocupe un lugar voluminosísimo —como todo lo que no vale nada—; tanto, que deba, aprisa, arrojarse de continuo marfil por la ventana para ir dando cabida al tesoro a medida que éste se va descubriendo, sin preocuparse lo más mínimo por los gritos desesperados de los traficantes que se irán lanzando de manera sucesiva a los pies de uno intentando recuperar el marfil despreciado en beneficio del incierto tesoro, y salvar así —eso creen ellos— su vida. Así, poco a poco, al buscador de tesoros le invade una sensación de alivio, de ligereza al ir dejando de su cuerpo escurrir el marfil y quedarse con lo puesto, y listo para llamar a sus compinches a repartirse el puro tesoro.

Advertencia: Algunos de los efectos secundarios comprobados tras el seguimiento de este tipo de conductas respecto de los tesoros son un aumento de la población de elefantes en las selvas africanas e indias, así como un incremento de la longitud de sus colmillos y bolas de marfil, una disminución del número de cazadores furtivos y un descenso espectacular en el volumen de negocio de los carísimos ornamentos que adornan las lujosas mansiones de los adinerados hombres de negocios.

 

Secreto: las líneas subrayadas en el libro fueron desenterradas de:

Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio.

Ediciones Destino, colección Destinolibro, Barcelona, 1961.

 

 
Núm. 1 Octubre 2002. Teína. La compañía del té. redaccion@revistateina.com