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Islandia
por rubén a. arribas

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A José Luis Lucá, quien
hubiera disfrutado casi tanto como yo.
Los países escandinavos suelen ser,
por lo general, inolvidables para los turistas venidos desde España;
ya sea por lo espectacular de la naturaleza; ya sea por lo espectacular
de unos precios para bolsillos poco acostumbrados al hurto vil y
descarado en el transitado comercio «de a pie», sin
necesidad de que medie arma blanca o de cualquier otro color igualmente
sospechoso, y estando además el «delincuente»
amparado por la Policía y bajo la tutela del Estado. Si quiere
saborear esa curiosa relación de amor y odio con el país
que visita, vaya usted a Islandia: no le defraudará, ni a
usted ni a su tarjeta de plástico. ¿Cómo pudo
Odín, Thor o quien sea crear un país donde el coste
de la vida es exactamente el doble que en España? Y cuando
digo que es el doble es que es el doble... Piense de manera aleatoria
en cualquier producto caro -en su acepción menos monetaria
por ahora-, repito, «caro» a su anhelo -un libro, un
cd, un muslo de pollo- con que este, su anhelo, le obligue a castigar
no sin cierta frecuencia la banda magnética de su acreedora
bancaria ante unos de esos vendedores que, bien con el teclado de
su maquinita o bien gracias a la visión infrarroja -de la
que están superdotados-, convierten en inolvidable dicho
momento; piense en ese precio juguetón que le mantiene en
vilo durante veinte minutos hasta que decide apechugar con los gritos
de la conciencia -The sounds of silence lo llamarían
Simon y Garfunkel- y volver mágico ese instante en que usted
pasa del estado de meditación trascendental al de acercarse
con paso apresurado hacia la caja mientras recuenta a golpe de vista
los libros o discos que dejó encima del mostrador y suspira,
a la vez que hace cábalas, sobre por cuánto tiempo
renovará los votos de pobreza e incomunicación con
el mundo exterior... a partir de esa misma tarde... para recuperarse
de una vez por todas de la crisis económica que, dice, miente
para protegerse de los gorrones y otros imprevistos, le asola de
manera constante.
Bien, concluida la parafernalia que le
es propia a todo ritual conducente al satánico acto de compra,
anote los parámetros de la operación, multiplique
por un coeficiente corrector de dos y recalcule con boli y papel
los nuevos valores que obtiene en su tabla de parámetros
para conversiones de divisas europeas. ¿Adivina ya qué
es lo que pasa? Pues eso, eso es lo que pasa, que al multiplicar
por dos el precio en coronas islandesas del artículo en cuestión
para hacerlo entendible en pesetas -porque en euros, mejor no; para
no saborear los rigores de una mala aproximación-, necesariamente
el tiempo que uno se mantiene en vilo con un libro o un cd en una
tienda cualquiera de Reykjavík, dejándolo y volviéndolo
a tomar, girándolo, poniéndolo boca abajo, ora el
objeto, ora usted, ora intentando poner boca abajo a la vikinga
de marras que se atrinchera en el fortín de la caja, es exactamente
el doble que antes; pues a uno le entra el tembleque en las piernas
y un principio de hipertensión seguido de contracciones genito-faciales
varias cuando la dependienta del lugar pasa a ritmo vertiginoso
-que da, da vértigo pero del malo- la tarjeta de plástico
datáfono adelante, sin ni siquiera prestar atención
al estado telequinético mediante el cual, por alteración
de los campos magnéticos circundantes, más de uno
sueña ser Uri Geller, loco como está por influir con
todos los medios a su alcance en el destino cruel que le aguarda:
«Pasa, pasa mi niña por esa cuerda floja si no hay
más remedio; pero poquito, ¿eh? Que si me sacas un
diez por ciento, no sabes cómo te lo va a agradecer tu dueño».
Y, sin embargo, es curioso que donde el
dinero compra «lo poco que puede comprar», gobierne
la naturaleza por mayoría absoluta y con mano firme; que
los elfos sean primeros ministros del reino de lo invisible y los
enanos lean cuentos terribles a la «infantería»
islandesa; que las hadas tengan los cabellos dorados por el azufre
y los pies cálidos por las aguas termales; que los trolls
se vistan de piedra y musgo y se metan en el mar hasta las rodillas
para emprender un largo viaje a ninguna parte. ¿Cómo,
a pesar del dinero, va a quedarse uno sin emprenderla a golpes con
la visión poética y no decir que este país
maravilla? Y sin embargo, ¡qué caro -ya en ambos sentidos
de la palabra-! Esto ha de ser, sin duda, lo que se conoce por «un
país de contrastes», según se dice por ahí
en ciertos círculos bien informados que hablan de un presumible
cambio de nombre para el país o al menos para su capital...
Pero claro, a Islandia lo que es de Islandia y a Björk lo que
es de Björk, porque a este ritmo ella, aunque viva en New York
-dice la rumorología sin confirmar con fuentes de buena tinta-
va a terminar por suplantar a los dioses vikingos en el subconsciente
colectivo de los islandeses. Misión que ya ha empezado en
las estanterías de las tiendas de regalos con «los
otros dioses»; donde, junto a la quincallería que se
oferta para deleite de los turistas amantes del coleccionismo más
ramplón, han apilado los discos de su niña terrible,
a modo de souvenir para quien quiera vanagloriarse luego
frente a sus amistades de las adquisiciones realizadas en este país
del que nunca dan la temperatura en el telediario europeo. No sabemos
qué piensa Björk de esto, pero es un hecho comprobado
científicamente que, a pesar de que uno pueda encontrar los
discos a la vuelta del viaje por la mitad de precio -y de remordimientos-,
el valor de los símbolos se impone y nunca falta quien, para
justificar su inversión, ameniza el asombro general con un
«Es que no, no suena igual...».
Pues nada, si coge el avión y decide
llegar hasta Islandia, prepárase bien usted y prepare a conciencia
la maleta ante la variabilidad impredecible con que le recibirá
la climatología del lugar; pero por supuesto no olvide enfundar
y desenfundar su tarjeta, a modo de entrenamiento, al menos diez
veces al día antes de salir para allá; aprenda a dejar
la mente en blanco y a prescindir de las pocas matemáticas
que recuerda mientras hace cosas tan cotidianas como subir al autobús
-bajar es lo de menos: ya se habrá desmayado-, o como intentar
comer algo a media mañana para devolverle la paz y tranquilidad
a la fauna y flora del intestino, o adquirir algún regalo
para esa parte de la familia que nunca da un viaje por bien empleado
si no obtiene una recompensa que les permita datar sin necesidad
del carbono-14 las fechas en que anduvieron «padeciendo»
por lo lejos que estaba usted del aeropuerto más cercano.
Y sin embargo, ya digo, ¡qué
bonito es Islandia! Porque una cosa es cierta: las manos del hombre
aún no han sido tan torpes como para enmendarle la plana
a la naturaleza, y allí ella es la dueña y señora
del territorio y no admite más nacionalismo que el de los
campos de lava joven sustituyendo en esplendor a los de la vieja
guardia -que se adornan de un musgo suave y esperanzado para no
dejar de ser coquetos-; ella no escatima energía en lanzar
agua a mansalva por entre las columnas de basalto, agua que deja
helarse en el glaciar hasta la lengua y desfallecer ante el candor
del magma, que la empuja a dejarse nadar por los icebergs
como cisnes en su lago y saberse deseada por la ceniza negra y los
cantos abandonados en las playas, mientras su rumor habla de la
inminencia de un nuevo fiordo; agua «tibia» y desmayada
al borde de lagunas con vestidos de sílice, azufre en flor
y óxido de hierro; ella, un desierto donde ofrecer tablas
al contrincante en dos movimientos para poder combatir así
los rigores de esa «otra agua» que sí que moja
y hiela, para combatir esas otras propiedades menos confortables
de un elemento que cala y desgasta los abrigos cuando se hace acompañar
del viento, de la niebla baja; agua hirviendo con vocación
de astronauta, saliendo desde Strokkur, distrito de Geysir, hacia
el cielo, camino de la Luna de Verne, desde uno de los posibles
«centros de la Tierra» y despidiéndose de los
turistas con fuegos artificiales...
Islandia guarda todos los destinos posibles
de cuantos soñaron en alguna de sus otras vidas ser vikingos
sin tener claro qué era ser aquello; por guardar, guarda
más de tres Ases en la manga para que la nostalgia
no sean solo las riolitas de las montañas, el vértigo
de las cascadas o los cráteres poco aptos para el objetivo
de los fotógrafos aficionados. Los arquetipos nunca pierden
una partida, y la banca retira el efectivo de los ingenuos que apuestan
en su contra porque la fina lluvia, porque la mañana, porque
el barro, dicen, hace casi inviable la posibilidad de salir al encuentro...
Y ya es hora de decirlo con voz clara y contundente: La mitología
es verídica, nadie inventa nada, las visiones en el desierto
entre glaciares -Hofsjökull y Tungnafellsjökul- son extáticas
y ciertas hasta la evidencia: allí, tras haber subido a aquella
pequeña cima adonde nadie te acompañó, por
entre la niebla, apartando los harapos del impermeable roto por
el viento, siguiendo unos metros más allá el entreverado
cauce del río sobre una tierra fértil a los sentimientos
y otros tubérculos, sin abandonar en ningún momento
el valle, allí, junto a las rocas un pálpito inundó
el «otro» cauce del que apenas oías su paso cerca
del jardín, del que intuías su existencia cerca del
diafragma, pared con pared con el miocardio, enlazado por vasos
comunicantes con el centro límbico, y del que hoy no puedes
delimitar sus orillas sino tan sólo decir que ahora lleva
agua, arrastra piedras, esparce barro, procedente todo de un deshielo
del que nada saben quienes no levantan la epidermis para buscar
qué llaves se guardan bajo las alfombras, cuando uno sale
de casa y deja encargado a su vecino de regar las plantas. Allí
estaban ellos, en Nýdalur, ocultos salvo para la vista de
los iniciados en las artes de la magia celeste y versados en los
cuentos nórdicos y atentos a las runas aparecidas en libros
que rescatan mapas de la Tierra Media; allí, como centellas,
indicaban el camino por donde desaparecer de este mundo para llegar
a olvidarlo y comenzar a recordar otro soñado. Aquella era
la puerta abierta desde la que decir adiós e internarse en
un mundo en el que las tarjetas de crédito no fueran tan
definitivas. Ni siquiera, te dices, el Skálafellsjökull
o el Jökulsárlón se mostraron tan vehementes
como aquel valle a la hora de ofrecer una puerta estelar por la
que comunicarse con las más altas instancias de la mecánica
celeste, que tanto disimulan de manera hábil entre la frondosidad
de las imágenes reales y el dictado literal con que sus amanuenses
nos engañan y nos ocultan las visiones. Lástima maldices-
que nos dejaran en la estacada unas auroras boreales algo esquivas
por lo encapotado de los cielos hechos crepúsculo a unas
horas a las que uno, ya cenado y con la digestión hecha desde
hace rato, tan sólo piensa en avivar las brasas de la vigilia
para que la cama sea destino final por agotamiento de las otras
posibilidades.
Ir a Islandia es recolectar un itinerario
de nombres imposibles, de impronunciables sorpresas solo aptas para
escandinavos o para jóvenes con vocación de papagayo
capaces de andar por entre los abedules plateados -y también
los de corteza oscura- del Hjódaklettarhingur hasta conseguir
pronunciar correctamente la frase con que la guía quiere
que se premie esta noche el buen hacer de las cocineras, quienes
no pueden parar de reír ante la súbita «aparición»
de un enclencle íbero farfullando «Tengo hambre, hembra»,
en un islandés venido a menos, mítico y con ecos también
menos lejanos al atravesar con lo puesto la bóveda del paladar
de un insensato aprendiz. Gente amable y simpática estos
islandeses, que comen golosinas con una celeridad que es el regocijo
de los dentistas; que cantan -Ridum, ridum, rekum yfir sandinn...-
de sol a sol -mucho, vaya- para espantar sus males y ahuyentar el
pesimismo con que amenaza la lluvia dormida en las nubes; que tienen
que pedir un crédito en el banco y presentar la nómina
del último mes si quieren echar unos tragos de cuarenta grados;
que son conscientes de que los volcanes son dueños y señores,
y ellos sus vasallos; que procuran no atropellar ninguna oveja de
las que se cruzan por la carretera para que el seguro no les retire
la confianza; que son capaces de comer tiburón y tráqueas
de quién sabe qué cordero en sus jugos gástricos
sin inmutarse, mientras una pléyade de españoles retuerce
sus intestinos como si fueran toallas para deshacerse de tanto amoníaco
en sangre, y pide auxilio e invoca a los dioses de la tortilla de
patata; que hablan en una lengua tan sorprendente que solo puede
ser mágica, que únicamente puede venir directamente
de los dioses. Porque en Islandia, a pesar de tanto incordio cristiano
durante años y años, viven aún los dioses,
al menos los paganos, esto es, los que son de pago... o más
bien los que son y fueron de estos pagos; tan solo hay que hacerse
el ánimo, ahorrar un poco y visitarlos. Ellos son agradecidos
e interceden ante el tedio laboral y curan los malos hábitos
a que conduce la pereza de lo cotidiano; incluso se dejan invocar
por un módico precio para mejorar de las dolencias de las
que la savia de la naturaleza conoce el remedio.
Rubén A. Arribas
Valencia, septiembre de 2002
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