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Una incursión por las minas bolivianas.
Los hombres-topo
por juan pablo palladino

 

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Venía de Villazón, primer distrito boliviano en la frontera con Argentina. El primer destino en mi solitaria travesía era Potosí.

Aún recordaba la cara del milico que se me acercó raudamente ˆmientras paseaba haciendo hora para subir al autobús- para advertirme que no sacara fotografías del ritual que un pequeño escuadrón realizaba al pie de la bandera frente a la plaza principal del pueblo, en tanto que le ordenaba agresivamente a un lugareño que detuviera el paso hasta que finalizara la silenciosa izada de la insignia patria. Era fiesta nacional y ˆes bien sabido- la cultura militar es muy sensible a esas fechas.

Dos cosas se me ponían de relieve en aquella situación: el poder social y político ˆfundado en el monopolio de administración del miedo- de la imagen del militar en algunos parajes latinoamericanos (de hecho, en aquel momento en Bolivia el gobierno estaba en manos de un ex general) y la imposición a «adorar el fetichismo nacional» como forma de acentuar en una población empobrecida y descendiente de una cultura alejada del concepto de Estado-nación instaurado en Latinoamérica a principios del siglo XIX como influencia europea- y, al mismo tiempo, reflejar el amor a la patria, eso tan abstracto, también muy inherente al mundillo militar.

En el tortuoso (aunque apasionante) viaje de dieciocho horas para cruzar los trescientos kilómetros de distancia entre la frontera y Potosí ˆfuertes olores y tres averías de motor de por medio, sin olvidar el irregular camino de tierra que a veces desaparecía para convertirse en lechos de río seco por donde debía circular el destartalado colectivo, esquivando irónicamente ruinas de puentes de hormigón- había sumado a dos compañeros de ruta (también ellos argentinos) con quienes compartí las peripecias del casi intolerable itinerario y la belleza del árido y montañoso paisaje del altiplano.

Habíamos partido muy temprano y arribábamos ya entrada la noche a Potosí, cansados, malolientes y un tanto alienados (tanto que me olvidé la cartera con documentos y dinero incluido en el taxi que nos llevó hasta el hotel, al que debí salir a buscar desesperado en medio de la noche, hallándolo afortunadamente).

Potosí atestiguaba la influencia colonial en sus construcciones que, hacia las afueras, se mezclaba con edificios más funcionales y la pobreza de los barrios marginales, resultado de la expansión de la ciudad. Ocupaba, asimismo, un lugar preponderante en la historia: en la época del Virreinato del Río de la Plata ˆterritorio formado por los actuales Argentina, Bolivia, Paraguay, Uruguay y parte de Brasil y Chile- era allí donde funcionaba la única casa de la moneda que imprimía el metálico para toda la región.

De su famoso Cerro Rico (montaña pedregosa que se erige a un costado del casco urbano) se extraía, y aún se extrae aunque no en las mismas proporciones, minerales como el cobre y la plata, en su época con irrefutable destino español.

Visitar una mina parecía ser un destino casi obligado en aquellas tierras y para eso las empresas privadas que gestionan las excavaciones no perdían de vista esta beta económica del emprendimiento.
Introducirnos en este mundo subterráneo se convirtió en una experiencia verdaderamente reveladora e inolvidable. Aunque, en este último sentido, no puedo omitir la borrachera adquirida con un fuerte destilado del vino llamado zingane en un pub céntrico, para terminar con su dueño ˆque auspició de guía nocturno- bailando todos juntos en un desconocido boliche con suelo luminoso, música de rock argentino de los 80 y karaoke. El corolario fue el baño de la habitación del hotel al que accedíamos en turno para vomitar los inconmensurablemente grandes cacahuetes ingeridos para engañar el estómago.

Para ir a la mina tomamos un taxi que nos dejó al pie del Cerro Rico. Mientras subíamos dimos con un niño de unos diez años, procedente de una familia de mineros ˆmuchas de estas familias habitaban en pequeñas chozas cúbicas de madera del tamaño de una habitación pequeña (téngase en cuenta el hacinamiento) que se encuentran distribuidas en la misma montaña camufladas por la tierra que las tiñe, junto a sus residentes, de un gris mugre- quien nos invitó a conocer una excavación.

Por él nos enteramos de que las excursiones organizadas por las privadas sólo sirven para conocer lo que debería ser el común denominador en las minas. Pero la realidad es muy distinta: la mayoría son cuevas pertenecientes a cooperativas de mineros que apenas subsisten con las míseras retribuciones que consiguen en el mercado por los metales que extraen, y en las cuales no se dan en lo más mínimo medidas de seguridad, y ni siquiera son reconocidas como existentes las palabras legislación laboral (de costumbre ausentes en cualquier otro rubro de trabajo en estos países).

La mayoría de los turistas son guiados a las minas privadas, quizá también porque prefieren ellos mismos no correr riesgos, por cierto, abundantes.

El niño nos llevó donde su hermano mayor, un joven sucio que aparentaba mucha más edad de la que tenía. El polvo formaba parte de su epidermis, y su timidez propia de una vida de ultratumba alejada del contacto con desconocidos le hacían develar su maltrecha dentadura.

Con él negociamos el precio de la visita y una vez acordado nos llevó hasta la boca de la mina y nos hizo entrega de botas y cascos con linterna que pertenecían a otros mineros que se encontraban fuera de servicio. Mientras nos colocábamos la pobre indumentaria, el avejentado muchacho nos explicaba que en la época de la colonia el cerro había llegado a albergar alrededor de seiscientas minas, un número seis veces mayor que en la actualidad. También nos narró una leyenda ocurrida en esa misma montaña, acerca de una contienda bélica entre los habitantes nativos de la zona -de la cual él, como la mayoría de la población de ese país, era descendiente- y los colonizadores recién llegados. Se cuenta que en medio de la lucha los dioses hicieron al cielo disparar rayos que incineraron a los invasores como respuesta a las súplicas de sus devotos.

Sin señales previas, emergió súbitamente del interior de la montaña un pequeño hombre que impulsaba una pesada carretilla. Tenía los ojos achinados seguramente por la cantidad de tierra que lo cubría. Volcó el contenido (ochenta kilos de piedra) en un montón y volvió a zambullirse en las entrañas del cerro.

Una vez listos nos adentramos en esa especie de garganta profunda. Por una cuestión fortuita quedé último en la fila. Mientras avanzábamos, la oscuridad nos iba digiriendo y el túnel se volvía cada vez más estrecho hasta que me encontré caminando de cuclillas y con el casco chocando contra el techo. Me invadió una sensación de claustrofobia y cuando miré hacia atrás y observé que, por la distancia, la boca de la mina tenía el tamaño de un anillo luminoso, dudé en seguir adelante. Estaba prisionero del miedo, pero por un absurdo sentimiento machista no me permití echarme atrás.

Al ver las dimensiones de aquel canal, de pronto se me vino a la mente el minero que había visto hace algunos instantes, y no entendía cómo podían desplazarse con esa velocidad y con una carga tan pesada por las apretadas e incómodas rutas. El desgaste físico debería ser terrible, y lo era: La vida laboral de un minero no excedía los quince años y el promedio de vida en sí era bajísimo; todo ello producto de los problemas de salud que sobrevenían a una rutina de doce horas diarias aspirando polvo y transportando pesos en posiciones incómodas.

De pronto el pasadizo se abrió y pudimos incorporarnos. Allí nos detuvimos unos minutos. Pude verles las caras a mis compañeros, y reflejaban el mismo temor que yo sentía. Escuchamos algunos temblores y el muchacho nos comentó que eran explosiones en minas aledañas. Le pregunté inmediatamente si existía peligro de derrumbe, quería saber si en ese momento podíamos quedar sepultados. Con una fría (pero no menos lógica) naturalidad me respondió que sí, y que ese tipo de accidentes eran comunes. A veces las victimas conseguían salvarse, la mayoría con alguna invalidez, concluyó.

Nos invitó a continuar. Dudamos, no sé con qué excusa. Nos convenció al decirnos que iríamos a conocer al patrón de la mina y que luego retornaríamos. Aceptamos.

En el camino tuvimos que sortear varios agujeros que se abrían en el suelo. Eran comunicaciones con otros niveles. Por allí ascendían o descendían con las carretillas utilizando una madera como rampa. Era increíble cómo conseguían desplazarse con agilidad allí dentro.

Me imaginé que el patrón de la mina sería algún familiar del joven. Repentinamente tomamos otro camino que nos condujo a una gruta adornada con velas encendidas y una tenebrosa figura en su interior. Era el patrón; así le llamaban al mismísimo diablo, a Lucifer, a quien consideraban el dios de los mineros, su protector, y a quién pedían todos los días por su integridad. Me invadió el pánico y también el asombro, la admiración, todo aquello pertenecía a un mundo completamente desconocido, fuera de la lógica a la que yo estaba acostumbrado. Intenté sacar una foto, pero la baja iluminación y mi precario equipo me lo impidieron.

Quisimos salir. El guía pareció identificar el temor en nuestras miradas y esto le divertía, lo demostraba con una sutil sonrisa, quizá también producto del orgullo devenido del acto mismo de dar a conocer su mundo a extraños que no evitaban demostrar su total perplejidad ante ello.

El éxodo de aquel laberinto que carcomía el interior del cerro fue rápido, como si estuviéramos impulsados por una fuerza irracional. Necesitaba ver la luz del sol y aspirar profundamente el aire. Una vez afuera reinó la calma en mí, ya estaba a salvo.

Nos despedimos y descendimos cabizbajos. Nos costaba comprender la existencia de esa calidad de vida. Probablemente habíamos leído o visto informes mediáticos, pero otra cosa era estar allí y verificarlo. Empero, con seguridad, nunca sabríamos lo que es existir de esa forma, éramos simples turistas con una dinámica occidental, asombrados y dolidos ante una cruel realidad que, sin embargo, nos hacía, inconscientemente, sentirnos más seguros y conformes de nuestra condición de visitantes, de transeúntes por la realidad de aquellos hombres-topo.

 

 

 

Núm. 1 Octubre 2002. Teína. La compañía del té. redaccion@revistateina.com