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fetiches
"Pensar en el final comprando postales,
hojeando catálogos, bebiendo un capuchino lento frente a
un Balthus o de espaldas a un Pollock."
Mantra, Rodrigo Fresán
por lucio latorre
Lo que esta frase encierra termina siendo, para muchos, el ideal
de visita al museo. Un dato: en Canadá y Estados Unidos la
tercera parte de las personas que visitan los museos más
importantes no entra a la sala de exposiciones.
Los grandes museos son también hoy
una alternativa, cuando no un complemento, de los shopping centers
y otros grandes centros comerciales. Tanto, que los programas para
los contingentes de turistas los incluyen a ambos entre los destinos
por excelencia a la hora del ocio y el ir de shopping, ese
vicio reservado para aquellos cuyo poder adquisitivo se lo permite.
Pero en esa clase de visita al museo hay
mucho no solo de shopping sino también de fetichismo
turístico y de cierta «salvaguarda cultural».
Estos aspectos se vuelven evidentes con los turistas, que cuanto
más en grupo, más homogeneizados y homogeneizables
parecen volverse.
El de los turistas es un caso bastante
singular, ya que la mayoría de los que son capaces de dedicarles
horas y horas de sus viajes a visitar distintos museos, rara vez
van a uno en sus ciudades de origen. Este punto ya lo han advertido
las grandes capitales y los centros urbanos de gran afluente turístico,
los cuales ya no ofrecen a los visitantes únicamente sus
monumentos, barrios y demás atracciones de siempre, sino
que desde hace algunos años vienen agregándole una
serie de atracciones que está en permanente crecimiento y
entre las que los museos y los shoppings se encuentran entre
las principales.
El cuidado de la imagen no es algo privativo
de las personas, y en una época en que el imperio de la imagen
es abrumador, ni las ciudades escapan a su influjo. Como las personas,
las ciudades también se «arreglan» y preocupan
por sumar atractivos y aumentar sus dotes de seducción.
Esto se nota en el frenesí con el
que muchas ciudades se han lanzado a erigir nuevas atracciones en
sus espacios, entre las cuales los museos ocupan un lugar destacado.
Alcanza con repasar los casos de las ciudades españolas de
Bilbao y Valencia, que mediante los monumentales Guggenheim y la
Ciudad de las Artes y las Ciencias lograron respectivamente un significativo
reconocimiento internacional.
Estas dos obras son, desde el momento mismo
de su concepción imaginaria, museos-emblemas de las ciudades
en las que están y, por lo tanto, uno más (si no el
más) de los destinos obligados para quienes visiten tanto
Bilbao como Valencia. No hacerlo, no seguir la corriente y saltarse
ese paso, se consideraría como una visita «incompleta»
de acuerdo a cierta lógica social en uso. En esta misma línea,
para muchos no haber estado en el Louvre es casi como no haber estado
en París; lo mismo podría decirse de Londres y el
British Museum.
Pero más allá de su valor
arquitectónico y su imponencia física, que en la mayoría
de los casos justifica la contemplación por la contemplación
misma, estos edificios tienen también algo así como
un efecto-escenografía por el cual se convierten en el telón
de fondo ideal de fotografías y filmaciones. Explicando esa
propulsión tan extendida de sacar fotos con lugares emblemáticos
de fondo, el antropólogo francés Marc Augé
sostiene que mucha gente lo hace «para decir que ha estado
allí y para dar la prueba de ello. Se trata de una visita
al futuro, que cobra su sentido después, cuando se las muestran
a los parientes y a los amigos».
Probablemente, la prohibición del
uso de cámaras dentro de los museos (lo cual supone la eliminación
de cualquier elemento diferente al merchandising oficial
que sirva para probar que realmente se estuvo en el museo) tenga
algo (o mucho) que ver con tanta toma de imágenes de las
fachadas de los museos. Así, para que una prueba demuestre
que verdaderamente se ha estado en el museo (y, se supone, hemos
visto sus obras), para que sea genuina, debe llevar un distintivo
indiscutible. Las entradas y, sobre todo, los productos del merchandising
oficial (reproducciones de obras célebres estampadas sobre
la superficie de tazas, gorros, platos, camisetas, etcétera,
complementadas a su vez con el logo del museo en cuestión)
aparecen como irrefutables certificados de asistencia.
Los museos no solo guardan recuerdos, también
los venden. Y es entonces cuando muchas de las visitas se resumen
en aquello de «...pensar en el final comprando postales, hojeando
catálogos, bebiendo un capuchino lento frente a un Balthus
o de espaldas a un Pollock».
DESAYUNANDO CON DALÍ
Lo dicho entonces. Hoy las posibilidades
de tener en casa una réplica de un «Dalí»,
un «Van Gogh» o de cualquier otro casi son infinitas.
Hoy los objetos son los que nos significan. Ya no es la necesidad
sino el valor simbólico que aportan lo que termina decidiendo
muchas de las compras que hacemos. Y esto lo saben muy bien quienes
regentean esas tiendas dentro de los museos, que ofrecen toda esa
variedad de productos «impregnados» de arte. En definitiva,
no es otra cosa que la puesta en práctica de la vieja regla
«marketinera» de crear la necesidad para luego satisfacerla
con determinados productos.
LA DICTADURA CULTURAL
Javier Molins, Director de Comunicación
del IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno), utiliza el concepto
de «dictadura cultural» para explicar la visita casi
compulsiva de turistas a los museos. «Parece que si uno va
a París está obligado a pasar por el Louvre. Es cierto
que a veces eso la gente se lo autoimpone. O se lo autoimponen con
el pack del viaje». Pero por si pudiera quedar como
un elitista que rehuye de las masas, aclara que «tampoco es
malo que la gente vaya a los muesos porque algo siempre les queda».
En cambio, sí se muestra menos partidario
del merchandising de los museos, del cual destaca las posibilidades
que tiene para el museo de generar recursos, aunque siempre con
límites. «No somos partidarios de un merchandising
excesivo puesto que no creo que sea necesario banalizar el arte
con el fin de llegar a más público».
Por su parte, el director del también
valenciano MUVIM, Rafael Company, piensa que lo de los grandes grupos
de turistas recorriendo museos «forma parte de la industria
turística y hay que saber que es así. Y tiene un aspecto
positivo, que son los ingresos que representan y que los museos
pueden destinar a la conservación de su patrimonio».
Company también tiene claro que
buena parte de la concurrencia no tiene como móvil principal
la pasión por el Arte: «Muchísimas de esas visitas
se basan en llevar la foto y son puramente esnobs. Y en alguna medida
perjudican al museo en tanto que masifican y tal. Como aficionado
al Arte las multitudes me perjudican, pero entiendo que al Museo
del Prado, por ejemplo, le vengan muy bien los euros que le suponen
las entradas vendidas». Y, por las dudas, puntualiza: «Esto
ya forma parte del modus vivendi occidental y es imparable».
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