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cartas
Estimado señor director del Museo
de Arte muy moderno:
Por favor, déjeme que me presente
de manera sucinta antes de pasar a detallarle el motivo por el que
le escribo esta carta. Me llamo Adriana y tengo una edad inconfesable,
si no es en presencia de mi abogado, un notario de confianza es
que los rumores... ¿sabe? y una buena razón
por la que darla; amamanté salvajemente a dos hijos, Rómulo
y Remo, mientras fui capaz de ello, y llevo una vida sexual traumática
e imposible con mi marido desde varios años antes de casarnos;
tal es así que nos engañamos mutuamente con alta fidelidad
y una frecuencia que no es difícil medir por el número
de dolores de cabeza y migrañas con que nos excusamos, a
media voz, entre caricia y caricia, el uno al otro, mientras retenemos
en el paladar lo bien que lo pasamos, cada uno por su lado, justo
antes de llegar a casa. Como información complementaria,
y con tal de ayudarle a que se forme una idea lo menos vaga de mí
y lo más cercana a la realidad, le diré que mi color
favorito varía según la temporada y la rumorología
del café a media tarde con que avivamos Pepa, Martín
un cielo de muchacho y una servidora los viernes después
de salir del trabajo. Por último, no estaría de más
poner en su conocimiento que estadísticamente, según
el horóscopo del teletexto de la televisión, el amor
no es mi fuerte y sufro muchísimo por ello, el dinero siempre
dice venir la semana que viene y luego la siguiente (y así
las que haga falta), mi salud no muestra excesivas variaciones aunque
beba sin moderación o salga escasita de ropa, y del trabajo,
agobiada, sí, pero no lo dejo porque el banco, al que le
pertenece más de la mitad de lo que tengo, no lo vería
con muy buenos ojos.
Dicho lo anterior, puede imaginarse que
me gusta (o me importa poco) disfrutar cualquier cosa, incluido
el arte, incluido también el cernícalo insensible
de mi marido, a quien no hay manera de convencerle de que sería
bueno que me acompañara al museo, no ya por el deleite propio
de la cultura, no ya por complacer con una pizca de amabilidad mi
deseo de que seamos mejores personas, no ya por dar ejemplo a sus
hijos de quienes me embaraza a diario por desembarazarse él,
sino sabiendo que, sola, me siento incómoda y me apuro en
los museos. Mire, si no fuera por Pepa y Martín qué
ricura, qué ricura este chico la verdad es que no sería
todo lo yo que ahora me siento mientras le escribo (le ruego que
me disculpe por extenderme tanto antes de formularle mi consulta,
pero lo creo conveniente si quiero que comprenda mínimamente
esta historia). Como le expliqué antes, Julián, mi
marido, desprecia de manera soberana todas y cada una de las propuestas
culturales que, de la agenda del diario, leo en voz alta muchos
días; no secunda ninguna con tal de mantener su virilidad
en lugar seguro y su no sé qué de la dignidad en el
club de petanca. A lo que iba, Pepa y Martín no sé
cómo lo hace: tan guapo, tan apretado como se viste...
son las únicas personas que me hacen caso, cuando no tienen
otros compromisos y mi depresión es soportable, y es con
ellos con quien más a gusto me siento hablando de estos temas;
por ello se lo cuento.
¿Sabe?, me tiene mortificada
esta suerte de frustración e inhibición del deseo
sexual más rococó y atrevido que me provoca la obstinada
actitud de Julián por no compartir nuestros intereses culturales;
porque, no es solo lo de los museos, no; o lo de las cervezas hasta
las tantas los lunes en el dichoso club de petanca, no; ni su olor
a fulana, que yo me invento para que nuestra relación sea
más amena y parecida a las películas que a él
tanto le disgustan por lo del besuqueo facilón y la música
romanticoide en los momentos cumbre, no; ya le digo, no es solo
lo anterior que también cuenta y mucho, sino
son esos comentarios con que él me humilla; comentarios llenos
de socarronería y mala uva delante de nuestros hijos diciéndoles
haber perdido la cuenta de las veces que he intentado materializar
nuestro deseo carnal a lo Bo Derek y el Bolero de Ravel,
o las veces que he intentado llevarle al cine a besarnos meterle
la lengua hasta la campanilla lo llama él mientras
daban una de llorar, como la de Los puentes de Madison o
la de Rompiendo las olas. Ellos nos miran con cara de tristeza;
pero quiero imaginar que con la tristeza de un hijo que mira a su
padre y se da cuenta de que no sabe distinguir un espermatozoide
de una angula y para el que todo es dominó, cómprame
calzoncillos nuevos y calcetines de los de ir a trabajar, películas
de Bud Spencer y Terence Hill, partido a las ocho y volveré
tarde hoy.
La cuestión es, señor director,
que hace dos semanas comencé a ponerme pesada y más
pesada, amenazando a Julián de manera sistemática
con invitar a Pepa y a Martín ¡que se aprieta
y se aprieta! a cenar las noches que hiciera falta con tal
de que nos contasen lo mucho que saben sobre los museos que han
visitado all around the world, como gusta decir Pepa. Mi
estrategia era clara: lograr imponerme a Julián en este asunto
de una vez por todas, aunque fuera por aburrimiento; y de paso poder
conversar, martini va martini viene ¡sí, sí,
que venga! a voz en grito sobre este tipo de cosas, para poder
así luego vanagloriarme delante de Merceditas, la del 7º
izquierda, que es muy suya y muy puñetera para esto de coincidir
en el ascensor, pues ha viajado lo suyo y presume sin parar de lo
cultita que es. Tras mucho insistir y no poca sal olvidada en el
cafetito de después de comer, pero sin necesidad de que Pepa
y Martín ¡ah, mi martini!cenaran
en casa, logré que tanto Julián como los niños
se comprometieran a venir conmigo a un museo el primer domingo de
mayo, que, además de ser gratis, es el día de la madre,
para luego, plenos del ígneo fuego cultural, irnos a tomar
unas cervezas y unas tapas y a comer un arrocito a un restaurante
bueno con que celebrar la ocasión.
El caso es que, muy ufana de mí,
quise rizar el rizo y sorprenderles de tal manera que no hubiera
lugar sino a repetir aquella mágica sensación que
nos esperaba tras cruzar todos juntos el umbral del museo aquel
domingo. Les pregunté a Pepa y a Martín le voy
a decir algo obsceno a este chico un día, que de museos
saben un rato, o eso me ha parecido siempre a mí, pues se
traen una camiseta, algún pisapapeles o el jarroncito tal
o cual, qué sé yo, que compran en el museo del castillo
de no sé quién o en el de la catedral de no sé
cuál, y con que acreditan que estuvieron en la ciudad; pues
bien, hablé con Pepa y Martín espléndido
ese día, por cierto, con su camisita abierta hasta mitad
del pecho y me dijeron que claro, que ¡qué me
iba a creer yo!, que esto no es London o Dablin si
es por Julián, aún estaba yo con lo del Londres y
Dublín haciendo el ridículo escribiéndole a
una eminencia como usted, que aquí no hay museos como
los de fuera, pero que mirarían si en la ciudad había
algo que pudiera ser de interés y me lo dirían «a
fin de socializar de una vez por todas a Julián e influir
positivamente en los niños, para que crezcan, además
de fuertes y sanos gracias a la verdurita y el pescado fresco con
que los alimentas, intelectualmente competentes, pudiendo así
comprender y disfrutar cuanto antes de los placeres delicados que
la vida depara solo a los paladares exquisitos». Me pone burra
Martín cuando habla así.
Pues bien, la familia al completo, aconsejados
de manera entusiasta por Pepa y Martín Julián
no lo puede ni ver; no entiende que no le toque el culo a Pepa cada
cinco minutos, acudimos el domingo pasado a su museo convencidos,
cada cual a su manera, de que sería un punto de inflexión
en nuestras vidas... Y lo fue. Lo cierto es que aún le estoy
dando vueltas a la videoinstalación donde salían diez
tipos, uno tras otro, a los que les habían pagado por masturbarse
cada uno como Dios les dio a entender según Pepa a
los hombres les cuentan también poco, pese al tono de virilidad
subida que manifiestan con frecuencia o la videoinstalación
de la mujer desnuda y con la cintura llena de heridas por bailar
en la playa con un hulahop de alambre de espinas. No dejo
de confesarle un qué sé yo muy personal, un desasosiego
de pies a cabeza, cuando me miro desnuda frente al espejo o cada
vez que miro a Julián o a mis hijos y les veo con las manos
en los bolsillos y recuerdo la cara de sorpresa y las risas, pese
a mi escándalo, al salir de la sala inmensamente oscura donde
proyectaban esas cintas. Qué quiere que le diga, después
ya nada fue lo mismo: ni el arte, ni Julián, ni los niños,
que tienen siete y nueve años respectivamente, ni mis conversaciones
con Pepa, ni la manera con que miro a Martín, ni mis intenciones
a la hora de pedirle a alguien que me acompañe al museo.
Desconozco cómo va a reaccionar
ante mis palabras, usted que es un hombre refinado y de mundo; pero,
si no es molestia y sus quehaceres se lo permiten, le agradecería
recibir algún tipo de orientación con que encauzar
este río de emociones que me desborda desde que visité
su museo la semana pasada.
Suya y afectuosa,
Adriana Loiza
Muy Sra. mía:
permítame decirle, en primer lugar,
lo confundido que su epístola me deja. Como hombre en primer
lugar, no alcanzo a ver sino una gran incoherencia en sus palabras.
Por tanto, en sus sentimientos, lo que bien podría calificar
como síntoma de que algo en su interior no acaba de marchar
como debe. Ese amigo al que menciona -Martín, si la memoria
no me engaña-, es para Ud. un joven tan celestial como los
mismos ángeles de Murillo. Ese muchacho que la turba y la
perturba con sus camisitas desabotonadas, con su voz viril, con
su mirada penetrante, con su aroma de macho, con sus prendas prietas,
Sra. mía, ese debería ser su marido, y no el energúmeno
(y créame que se lo digo con todo respeto hacia Ud.), ese
mulo de bar y mostrenco de petanca que sin duda es Julián
(sea tan amable de presentarle mis respetos también).
La hablaré ahora como profesional
del Arte. Por este edificio (esta institución) que regento
desde hace más de dos lustros, como podrá comprender,
han pasado cientos de artistas de muy diversos pelajes, desde los
noveles, cargados de ilusiones y de la creatividad y empuje que
caracterizan a la juventud, hasta los más prestigiosos artistas
plásticos internacionales, que, ajeno a una falsa modestia
de la que no soy dueño, tampoco he de callar que se prestigiaron
mediante su paso por estas nuestras salas expositoras.
Creo que hago bien en recordarle, mi querida
Sra., que corre actualmente el año 2002 de nuestro calendario
gregoriano, y quedan muy, muy lejanas, las fechas en que nuestros
antepasados hicieron constar en las paredes de sus moradas, a la
sazón cuevas, sus costumbres de caza, por sobre todas las
demás actividades, si bien es cierto que tampoco eran muchas
más sus ocupaciones. Es posible que las mujeres fueran quienes
adornaban sus paredes, así como hoy eligen el color del estuco
(como el papel pintado tan solo dos décadas atrás)
mientras los hombres salían para procurar el pan a
su prole. Es esta, como le digo, mera suposición. Aquellos
antepasados suyos, aquellos míos, tapados cuando el frío
con pieles, desnudos cuando el calor así lo dictaba, eran
acaso más fieros que nosotros, más rudos, más
impulsivos... pero eran, Sra. mía, humanos como nosotros.
Sí, Adriana, como Ud. también. Ellas no pintaban sus
labios ni maquillaban su faz con productos Margaret Astor,
ellos no metían las piernas en unos Calvin Klein,
no trashumaban todos juntos en un Berlingo... pero eran tan
humanos. Tanto, que no dudaban en satisfacer su libido (espero,
Sra. mía, que esta palabra no la turbe en demasía)
en la manera que estos aprendieron de sus padres de generación
en generación, desde el principio de los tiempos.
Nada, créame, ha cambiado en cuanto
a auto-satisfacción en solitario se refiere, desde que el
hombre es hombre, desde que la mujer es mujer. ¿Y pretende
usted que exista una tradición más ancestral que esta,
y que se nos niegue su exhibición? Estaba dudando si obviar
esa otra costumbre del pueblo saharaui, tan cercano a nosotros,
ya ve, y que tal vez desconozca, en que las mujeres masturban a
sus pequeñas niñas para liberarlas de la tensión
emocional cuando sobrevienen las tormentas de arena. Fíjese
en las palabras que menciono: niñas, tensión, masturbación...
¿Podemos culparlas de algo a estas mujeres? ¿Tildarlas
acaso de pecadoras? ¿O son, como sin duda ya estará
Ud. vislumbrando, unas verdaderas madres que velan por el bienestar
de sus pequeñas en una tierra inhóspita?
Si hubiera Ud. viajado tanto y con tanto
entusiasmo como sus amigos Pepa y Martín, habría tal
vez reparado en la preponderancia de la sexualidad y de los atributos
con los que la madre naturaleza nos ha dotado; habría constatado
cómo las representaciones artísticas de culturas antiquísimas
ceden gran protagonismo a esos falos enormes y pétreos que
parecen inquietarla, mi estimada Adriana. Gozan asimismo los hinduistas,
por poner un ejemplo de todos conocido, de una cultura sexual que
nada tiene que ver, por su mayor calidad e intensidad en cuanto
a placer, con los hábitos de la mayoría de nosotros,
occidentales, cristianos en gran parte, limitados, sexualmente incultos
pese a nuestra sexología aparentemente avanzada y moderna.
Querida Sra., lo que Ud. vio en una sala
de este prestigioso museo que dirijo no es más que humanidad.
Pretendamos separar humanidad de arte y habremos conseguido dejar
para los anales (perdón, de verdad que esta palabra no ha
sido premeditada) todo sentimiento inspirador de bellísimas
obras, habremos echado por tierra gran parte del patrimonio artístico-cultural,
concebido a lo largo de siglos, de milenios, de la misma Historia
de la Humanidad.
Déjeme decirle que Ud. se halla
atemorizada por sus creencias, por una educación que, o bastante
me equivoco, o debió ser de lo más victoriana.
Piense entonces que esa tradición que no ha acompañado
a su familia durante más de un siglo, habrá pasado,
si pudiéramos hacer memoria histórica (y líbrenos
Dios de la amnesia histérica, o quizá no) por otras
muchísimas tradiciones más o menos pasajeras, donde
esa exhibición que a Ud. le amedrentó fue tan natural
como la vida misma, como la respiración, como andar sobre
dos piernas, sobre dos pies, con dos... testículos, sí,
Sra. mía, porque también espero que esta palabra no
la turbe, y la utilice Ud. con la misma facilidad con la que puede
utilizar la palabra guerra, o desfile de moda, o comisión
bancaria, o cualquier otra de la que pueda Ud. hacer uso a diario
sin turbarse lo más mínimo.
Estimada Adriana, no me dice Ud. su edad
ni yo la voy a importunar con ello, pues la imagino joven y con
una vida por delante, pero voy a prestarle un consejo; mejor, se
lo regalo, sin interés ni comisión alguna, voy a aconsejarle
contra lo que es mi costumbre. La invito a informarse a fondo acerca
del tantra, y le aseguro que su vida ya no será igual. Caso
de que la pereza o desconfianza le dicten no hacerlo, le sugiero
algo más fácil y cómodo: que, en esa su relación
de pareja, tome por un momento las riendas y, poniendo cada uno
de su parte, cediendo ambos cónyuges un tanto, intente disfrutar
junto a su marido de Spencer y Hill, de su petanca, lleve consigo
a los niños para iniciarlos en ese deporte que a buen seguro
ha de resultar apasionante vencidas las primeras inseguridades,
que se entusiasmen todos con ello, vayan los sábados a jugar
en familia, y con Pepa y Martín, claro que sí, y cuando
concluyan puede Ud., querida Sra., reunirse con todos ellos en el
salón de casa, Uds., matrimonio, Martín, ceñido
y celestial, Pepa, me pregunto cuál será el aspecto
físico de su amiga Pepa, con sus dos hijos de Ud., y en la
mejor compañía que puede Ud. concebir, desnúdense
poco a poco, mirándose unos a otros, y olvídense de
convenciones y represiones, practiquen su sexualidad, el erotismo
individual, sin tocarse al principio unos a otros, agrupándose
después aleatoriamente, y pose después la cabeza en
el hombro de su Martín, por ejemplo, el de las camisas prietas
y la sonrisa de fauno priápico, y deje hacer al resto según
sus deseos, y verá que ya, nunca más, se turba Ud.
ni es el hazmerreír en las galerías de este museo
ni de cualquier otro, por muy pero que muy moderno que sea.
Siempre suyo,
Marino J. García-Quesada
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