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el museo y sus formas
El funcionalismo
arquitectónico de las primeras décadas del siglo XX
le otorgó a los edificios un diseño acorde a su programación.
Con la posmodernidad, la disciplina rescata el simbolismo y el carácter
de las construcciones. La polémica en cuanto al modelo ideal
de museo parece ser tan vieja como el origen mismo de su tipo edificatorio.
por juan pablo palladino

Para el estadounidense Frank Gehry (1929),
mentor del imponente Guggenheim de Bilbao, la Arquitectura es un
arte y, como tal, a la hora de llevar a cabo un proyecto, se trata
de crear en el espacio sirviéndose de las formas, los colores,
la composición, etcétera. Los mismo elementos que
un pintor o un escultor tienen en cuenta frente a un lienzo o a
un trozo bruto de madera, respectivamente.
La concepción de Gehry, fiel al
legado de Frank Wright (arquitecto del Guggenheim de Nueva York,
fallecido en 1959), radica en que el diseño tanto interno
como externo de un museo de Arte, no debe ser neutro, ni sus salas
deben ser inmaculadas, sino, por el contrario, debe provocar. Eso
incita a los artistas de cara a sus exposiciones a tener en cuenta
el espacio donde se alojaran sus obras, ya que, inevitablemente,
éste incidirá en la muestra.
Probablemente, el hecho de convivir en
un círculo social plagado de artistas haya sido la semilla
que a su florecimiento delineara su perfil profesional. Una de sus
frases puede servir para trazarlo: «No sé dónde
se puede establecer la frontera entre arte y arquitectura».
El responsable de relaciones públicas
del Guggenheim, Scott Gutteman, lo definió de esta forma:
«Existen arquitectos a los que les gusta el diseño
puro (...) y existen otros a los que les gusta el contacto
con el mundo, quienes encuentran la armonía en el caos (...).
Frank Gehry no solo encaja en esta categoría, sino que prácticamente
le define».
En la vereda de enfrente probablemente la de varios artistas,
museólogos y conservadores- transita otra noción que
se inclina por una arquitectura menos atrevida, sumisa ante la presencia
de la propia muestra, del contenido.
Aquí podría enmarcarse, por
ejemplo, al escultor alemán Markus Lüpertz, considerado
uno de los predecesores del Neoexpresionimo germano movimiento
surgido en oposición al Arte Pop norteamericano-, quien sostiene
que la arquitectura debe poseer la grandeza de posibilitar el arte
en ella, de no apartarlo al afirmarse ella misma como arte y de
no explotarlo como decoración».
Fiel a su estilo provocador, en una entrevista,
Lüpertz calificó el consumado proyecto de Gehry como
«un símbolo del imperialismo yanki» y consideró
que el diseño es más acorde a un palacio de la música
que a un museo, para el que, apuntó además, no es
buena idea «la anulación de las paredes verticales
y las cámaras de luz».
Dos visiones antagónicas en
cuanto al tipo edificatorio acorde a un museo, y que, en su confrontación,
alimentan un debate en torno al rol de éste como monumento
público: ¿el
continente, es decir, el edificio, debe ser puramente funcional
al programa museológico u obviando esto, aunque sea en parte,
debe erigirse como obra de arte en sí?
Quizá, ni una ni la otra, y las dos al mismo tiempo.
Carmen Pérez, ex-directora
de Patrimonio Cultural de Valencia y catedrática de Restauración
de la Universidad Politécnica, al ser consultada por Teína
establece una primera clasificación donde separa entre el
museo de estilo decimonónico, que partió de colecciones
particulares conservadas en locales no construidos para tal fin
y acondicionados a posteriori, del museo nacido en el siglo
XX que «surge a partir de una idea de origen», a veces
sin colección fija, como el caso del Guggenheim. «La
construcción de estos edificios», explica, «respondió
a varios factores: la necesidad de atesorar por parte de los diferentes
estados las piezas de Arte; el aumento del nivel sociocultural en
la sociedad y, al ser un siglo de grandes catástrofes, la
idea de que el museo pudiera ser una tabla de salvación
para que las piezas no sufran los vaivenes de que fuera víctima
la sociedad en general».
La arquitecta señala que el diseño
del edificio «influye en la conservación» de
las obras de arte. Así, distingue, hay arquitecturas que
indudablemente no se acoplan a las piezas que tienen dentro, e incluso
que son perjudiciales. Pone de ejemplo el museo San Pío V
de Valencia «que tiene una de las colecciones mejores en primitivos,
pero donde la arquitectura no favorece su conservación»,
y lo contrasta con el Instituto Valenciano Arte Moderno (IVAM),
un museo de nueva creación «acondicionado al tipo de
pieza que tiene que albergar».
María Ángeles Loyuna, profesora
de Historia de la Arquitectura en la Universidad S.E.K. de Segovia
y especialista en arquitectura contemporánea y museología,
afirma a este medio que la clasificación de lo museos en
cuanto a su diseño «está determinado por la
evolución de la propia disciplina arquitectónica»,
la cual está siempre influida por factores de tipo sociológico,
estético y, en este caso concreto, museológico.
Lanza un concepto para adentrarse más
concretamente en el tema y fijar posición: «No hay
que olvidar que un museo es ante todo una obra arquitectónica
de su época, y debe reflejar el debate intelectual no solo
sobre el museo, sino sobre la propia arquitectura», advierte.
La tipología museística no
parece afectar solo en lo relativo a la conservación de las
obras, sino también al campo estético.
Para Layuno Rosas, esta discusión
debe terminar en una conclusión centrada que aliente ambos
sentidos: «Sin olvidar el cumplimiento de las funciones museológicas
apropiadas en cada caso, la arquitectura del museo debe lograr una
síntesis con los aspectos más creativos de la disciplina,
ser el lugar de disfrute de una experiencia espacial y estética
integral», afirma.
¿METÁFORA VS. FUNCIÓN
O CONJUNCIÓN DE AMBAS?
«El funcionalismo en Arquitectura
detesta el simbolismo. Despreciando la significación, se
atiene a la función», define el psicoanalista Eric
Laurent en un reportaje donde hace referencia al poder simbólico
de las hoy derruidas Torres Gemelas de Nueva York.
El movimiento funcionalista nace de la
Bauhaus y se interesa sobre todo por «armonizar» la
función y la construcción. Su principal exponente
es el arquitecto suizo Eduardo Jeanneret, más conocido como
Le Corbusier (El Cuervo), quien reconcibe la construcción
y emplea la noción de máquina como pilar
fundamental de su estilo: para él la casa es una «máquina
de habitar». De esta manera, el trazo del edificio se basa
en la función que va a cumplir.
Y es precisamente en esta noción
arquitectónica funcionalista, surgida en la primera mitad
del siglo XX, donde radica la idea de que la forma del museo debe
adaptarse indefectiblemente al programa museológico y hacer
de éste el punto de apoyo del edificio. Así lo señala
a esta publicación Emilio Giménez Julián, arquitecto
del IVAM. «A pesar de que el funcionalismo en arquitectura
es tan antiguo como la arquitectura misma» explica-,
«en aquella época se legitimaba que el contenido funcional
del edificio debía ser explícito y por lo tanto fácilmente
reconocible». Añade que esta doctrina fue criticada
como «ingenua y moralista».
Contrariamente, en la actualidad «el
mensaje de los edificios se produce de forma más inmediata
a través de las imágenes procedentes de las artes
plásticas en su afán de aprovechar la ficción,
lo imaginario y lo fantástico a favor de abrir la arquitectura
a un mundo altamente tecnificado en cuya base se encuentran
los medios de comunicación que constantemente exigen nuevas
imágenes para retroalimentarse».
Esta etapa post-funcionalista impulsa una
recuperación del valor simbólico, representativo
y monumental en los edificios públicos, en este caso, los
museos.
Para Layuno Rosas, esto responde a múltiples
causas: «Desde la recuperación de aspectos ligados
a la tradición, a la historia de los edificios públicos,
y sobre cómo deben actuar estos edificios en la escena
urbana».
Giménez, por su parte, coincide
en que tal tendencia proviene de las transformaciones experimentadas
por la arquitectura en el último tercio del siglo XX, y que
produjeron una «trivialización de los estilos históricos».
Ejemplos no faltan, asegura: «Las ampliaciones de la Statsgalerie
de Stuttgart (James Stirling, 1926-1992) o de la National Gallery
de Londres (Robert Venturi, 1924) marcaron la senda que desembocaría
en las propuestas actuales por lo que a valor simbólico se
refiere».
El papel que tanto las sociedades actuales
como los poderes políticos asignan a determinadas instituciones
ligadas con la cultura «valor o significado sociológico
o político que finalmente se refleja en la arquitectura de
la institución», dice- es esencial para Layuno Rosas
a la hora de entender este aspecto.
CONTINENTE Y CONTENIDO
Amelia Arenas, quien durante una década
fue la encargada del Departamento de Educación del Museo
de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), escribió en un artículo
publicado hace algunos años en la revista de la Asociación
Española de Museólogos, lo siguiente: «El edificio
del museo se ha convertido en un fin por sí mismo, tal y
como se evidencia, por ejemplo, en el Guggenheim de Bilbao o en
el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA). Son
marcas formidablemente intrusas en el paisaje -esculturas espectaculares
concebidas para ser admiradas desde la lejanía o construidas
para sorprender. Sin duda estos edificios son mucho más importantes
que el arte que contienen o que cualquier actividad que ocurra dentro
de ellas- enormes recintos en los que se gasta una cantidad obscena
de dinero para convertir al museo en un monumento en sí mismo,
donde, sin ir más lejos, un Richard Serra termina
pareciendo un Origami y la participación del público
se reduce a un colectivo ¡ah!».
El Guggenheim de Wrigth, explica Giménez,
fue el primer museo en el que se propuso que el continente «trascendiera
al contenido» con diseños de espacios interiores tan
variados e imponentes que «terminan anulando» las obras
expuestas Y recuerda que Eugenio Sempere odiaba este museo por varias
razones: «el espectador está sobre un plano inclinado;
la distancia entre el espectador y el cuadro es excesiva; la iluminación
incontrolable».
Para Giménez, tal vez obras de gran
formato como la navaja-barco de Oldenburg, por ejemplo, pueden competir
con esta arquitectura. En esta línea menciona también
el Centro Pompidou y su arquitectura heredera de Archigram, cuya
continuidad se concretaría en los productos high tech,
que respiraba el aire pop de la época: «La celebración
de lo accesorio, el deficiente diseño de las salas que fueron
remozadas a los diez años de su inauguración configuraría
el objeto artístico de la sociedad del espectáculo»,
define.
Carmen Pérez parece diferir en principio.
No cree que la imponencia del marco arquitectónico vaya en
detrimento de la exposición que alberga: «En absoluto»,
asegura, «por ejemplo el Guggenheim o el centro Pompidou en
París, atraen primero por el continente, pero luego, según
las exposiciones, está demostrado que tienen mayor afluencia
(que otras exposiciones)». Si bien es cierto que en un primer
momento puede influir en la atracción el contenedor, a la
larga es el contenido el que lo hace que, a su juicio, es lo que
verdaderamente debe ocurrir.
La peligrosidad de que el edificio anule
la muestra depende de cada museo en particular, según Layuno
Rosas, que se muestra así contraria a la generalización.
«La Arquitectura debe saber expresarse en cada momento y espacio
adecuado», aconseja determinante.
Concuerda en que el Guggenheim de Nueva
York «es un ejemplo radical de la supremacía de la
Arquitectura sobre el resto de las Artes». No se puede dudar
que representa una «fabulosa obra arquitectónica de
vanguardia», pero tampoco de que es «bastante inviable
desde el punto de vista expositivo».
El de Lüpertz no debe ser el único
caso en el que se muestra desacuerdo con lo que se podría
denominar un despunte o descollamiento de la museografía.
Según Giménez Julián,
las críticas a este tipo de museos críticas
que, por otra parte, provienen en su mayoría de los conservadores
amantes de la pintura, aclara tienen justificación,
aquella de que «los artistas desean que su obra se contemple
en las mejores condiciones de visibilidad y que el protagonismo
de los muros del museo sea el tradicional». Ofrece aquí
otro ejemplo: El mismo Frank Ghery introdujo cambios en su proyecto
a petición de Thomas Krens, director de la Fundación
Guggenheim, para poder exhibir los fondos de la filial de Nueva
York.
La polémica museólogos-artistas
versus arquitectos, desmitifica Layuno Rosas, «ha existido
desde el origen mismo del museo como tipo edificatorio en los primeros
años del siglo XIX». A su juicio, la neutralidad máxima
es un ideal que actualmente se encuentra «bastante superado
e, incluso, rebatido por muchos artistas».
No huelga comentar aquí el surgimiento
de la tendencia, iniciada a comienzos de los 70, de escapar hacia
espacios marginales que se dieron a llamar más tarde
antimuseo. Layuno Rosas explica que este término fue
empleado por especialistas como Douglas Davis, y responde al «deseo
de ruptura con los canales oficiales de difusión artística»
por parte de grupos de artistas, coleccionistas o galeristas de
arte contemporáneo, una especie de «huida del museo
tradicional» que, aclara, se produce a causa de sus limitaciones
no solo físicas, sino también «ideológicas».
Esta actitud devino en la ocupación
de espacios abandonados, generalmente industriales, como fábricas,
talleres, almacenes, escuelas, etcétera, situados, en origen,
en los suburbios neoyorquinos o londinenses, con el fin de exponer
informalmente la producción de determinados artistas que
planteaban «opciones radicales».
La arquitecta los describe como sitios
«desacralizados, sin ningún tipo de intervención
arquitectónica o museográfica». Y son, precisamente,
sus condiciones de «flexibilidad, amplitud, resistencia»,
indica, los que los han constituidos en una opción
para el trabajo de muchos artistas.
Más allá del debate acerca
del tipo de arquitectónico conveniente, Giménez Julián
rescata la recuperación del carácter de los edificios
como «uno de los pocos logros» que la posmodernidad
imprimió a la disciplina, y que le hace tomar distancia del
rumbo practicado en la etapa moderna donde, a la inversa, «se
rechazaba los valores simbólicos».
Y probablemente lo más conveniente
para posibilitar la expresión arquitectónica corolario,
como quedó visto, de la confluencia de múltiples factores
tan legítimos como indomables - sin que esto menoscabe el
fin del museo como lugar expositivo, sea rechazar las posturas radicales.
Un concepto expresado por Layuno Rosas en el marco de este reportaje
es útil para entender esto: «Hay que saber trabajar
con el arte y darle a cada artista o tendencia su espacio adecuado».
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