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alón lischinsky, licenciado
en filosofía
«El museo da una formación, pero adecuada a la situación
de mercado»
Alón Lischinsky, licenciado en
filosofía, describe en esta entrevista el cambio que sufrió
el arte con el modo de producción industrial dentro del contexto
de la modernidad. Se refiere a la institucionalización artística.
Y critica la forma en que se llevó a cabo la «democratización
de la cultura».
por juan pablo palladino
En el momento de plantear este documento
acerca de los museos como instituciones culturales con un sentido
y una política determinada según cada caso, se desplegaron
sobre el tapete varios enfoques de análisis. Surgió
la idea de parte de Alón Lischinsky, Licenciado en Filosofía
por la Universidad Católica de Buenos Aires, Argentina, de
escribir acerca de las relaciones entre cultura y mercado
dentro del contexto de la Modernidad. Dicho y hecho, Alón
presentó su interesante material con tiempo suficiente para
incorporarlo al dossier general.
Su escrito, sin embargo, suscitó
otras inquietudes incluso más específicas, si se quiere,
al tema central, lo que dio lugar a esta entrevista (en la que se
presenta un enlace hacia el ensayo inicial). En este diálogo,
enmarcado desde luego en la relación entre mercado y cultura,
Lischinsky se refiere a los cambios sufridos por la concepción
artística con el despegue de la modernidad a partir del siglo
XVII.
Así como se dio en el campo de la
política la necesidad de homogenización social para
hacer posible el proyecto de Estado-nación, de la misma manera
los mecanismos de burocratización implementados con
este sentido homogenizador se dieron en el campo del arte, entendido,
al fin y al cabo, como un estamento más dentro del espectro
cultura.
Los museos, digámoslo de una vez
para ligar prontamente el objeto de la entrevista al tópico
de este dossier, aparece como un artefacto de la institución-arte;
un eslabón en la cadena del mercado artístico exponiendo
bienes culturales legitimados, dentro de los que esta misma institución
consigna como patrimonio cultural.
La entrevista siguiente pretende, ambiciosamente,
hurgar en el terreno de trasfondo de la concepción artística
surgida con la modernidad y con la industrialización, y,
en este contexto, analizar el rol del museo como lo que es: una
institución moderna que, por consiguiente, responde a la
lógica y (sus variantes) de esta época.
POSTALES DE LA MODERNIDAD
¿De qué manera inciden
las ideas modernas, el sujeto separado del objeto y a su vez como
indagador de éste en la búsqueda de la verdad, en
la concepción y espacio del arte?
El arte nunca es del todo un sector separado,
una actividad completamente autónoma, aunque en la modernidad
ese carácter de autonomía empieza a acentuarse de
una manera sin precedentes. Uno de los factores más importante
en esto fue el modo en que se dio su separación de la función
de culto, que no fue absoluta, no se llevó a cabo del todo,
pero pasó a funcionar a través de lo que podría
llamarse simbolismo. Es decir, la obra artística, que en
el medioevo era eminentemente la catedral o el retablo que representaba
la vida de santos, deja de ser una manifestación directa
en una enseñanza de la grandeza divina para pasar a representarla.
Este modo de pensar, en que las cosas no se ligan directamente,
sino por relaciones abstractas, es una de las formas esenciales
del comportamiento moderno.
Al mismo tiempo, esto estuvo vinculado
con una concepción mucho más fuerte de la especificidad
individual. Este proceso de abstracción, por el cual se separa
la manifestación concreta del principio general, es de algún
modo análogo al procedimiento por el cual el individuo se
separa de su pertenencia inmediata al grupo social, y empieza a
desarrollar cierta capacidad crítica en la manera específica
de que esa capacidad crítica se da en la sociedad moderna,
la capacidad de pensar contra las costumbres.
¿Se podrían trazar perfiles
diferenciadores entre el artista moderno y el premoderno?
Depende mucho de qué es lo que se
entienda por moderno. Yo hablaba de ese período historiográfico
que fue la modernidad, que no es lo mismo que interpretar la palabra
moderno como queriendo decir contemporáneo. El artista moderno,
propiamente hablando, es algo que hoy está bastante obsoleto
Me refiero al artista moderno situado
en el despegue de la modernidad.
Una de las figuras esenciales de la modernidad
es la del hombre de letras, la sensibilidad culta y refinada que
se opone de una manera muy tajante, con o sin razón, a la
figura del teólogo escolástico. El hombre de letras
de la modernidad no encuentra su paralelo en los artistas medievales
sobre todo, quizá, porque en aquel arte no se hizo
demasiado hincapié en la palabra sino que se considera
un pensador. Justamente es muy típico de la modernidad que
el verdadero pensamiento, la manera de captar las realidades humanas,
las relaciones sociales y la estructura de la naturaleza, no puede
darse del todo a partir de un modo estrictamente analítico,
silogístico y discursivo, sino mediante una cierta dosis
de sensibilidad, que es lo que se considera propia del arte, del
literato, del hombre culto. Esa clase de obra de pensamiento, rigurosa
y científica, pero que no se deja obligar por los cánones
de la ciencia establecida, hasta ese momento fundamentalmente la
teología y la jurisprudencia que compartía muchos
de sus principios es la forma específica de comportarse
culturalmente del moderno (...) El músico o el pintor moderno
son los que descubren el concepto de originalidad, que estaba ausente
de las formulaciones medievales y clásicas.
¿Esto podría tener que
ver con la manipulación que se daba por parte de los príncipes
y de los eclesiásticos del sentido del arte, del trabajo
del artista?
No sé si se puede hablar estrictamente
de manipulación. Creo que una de las tendencias más
gravemente ingenuas cuando se hace historia de la cultura es suponer
conjuras o complots; lo que hay no es exactamente una manipulación,
sino que la actividad, artística o de otro tipo, se ajusta
necesariamente a lo que son los modos de producción y las
relaciones de producción por utilizar un vocabulario
un tanto marxista existentes en el momento. Indudablemente
el arte medieval iba a estar vinculado a la iglesia o al príncipe,
que eran quienes tenían el poderío económico
para mantener a un artista. En el fondo no se trataba de una obligación
conscientemente impuesta por el mecenas, sino de una agrupación
natural del artista con su contexto productivo. Salvo fenómenos
aislados, como algunos poetas romanos que anticipan de una manera
muy peculiar el movimiento de la modernidad pero porque creo
que en la Roma imperial se desarrolló un clima que en muchos
aspectos era muy parecido a la Francia del siglo XVIII, no
se puede hablar de la originalidad de la técnica artística;
se buscaba más bien recuperar de la manera más plástica
posible las técnicas naturales. Por hablar de un ejemplo
relacionado, pero no idéntico, lo mismo se da en la teoría
política: la idea es que el gobernante debe manejar el Estado
como el hombre a su cuerpo o como el padre a su familia o como Dios
la organización del mundo, siendo que en la modernidad va
a aparecer una teoría específica del Estado y del
gobierno del Estado que lo distingue de todo otro tipo de relación
de poder. Del mismo modo van a empezar a aparecer con la modernidad
técnicas artísticas que no pretenden imitar los procesos
naturales, que desarrollan un mecanismo específico.
¿Esta consigna de originalidad
que aparece con la modernidad tuvo algo que ver con el despliegue
de enfrentamientos interrumpidos con relación a las concepciones
estéticas, a lo establecido, a las tradiciones?
Indudablemente, la idea de originalidad,
que trae aparejada la idea de que la verdad en el arte o en la teoría
aún no se ha conseguido del todo sino que está en
proceso de conseguirse, tuvo mucho que ver con la velocidad cada
vez creciente del desarrollo de técnicas y corrientes artísticas
y del pensamiento.
Pero habría que estudiar con mucho
detenimiento cómo se vinculó la aplicación
de técnicas industriales al arte; creo que no se puede entender
del mismo modo las corrientes que pretendieron ser originales en
el siglo XVIII y XIX, e inclusive las vanguardias de comienzos del
XX, con la abrumadoramente veloz pero al mismo tiempo invariable
sustitución de una corriente por otra que se da en la cultura
ya casi completamente mercerizada, manejada según el modelo
de la industria, que aparece en la entreguerra del siglo XX, que
se desarrolla cada vez más claramente en los años
80 y 90 y a cuyo incremento seguimos asistiendo. La marca de la
diferencia es que con la aparición de las modas artísticas
industrialmente desarrolladas se pierde la relación entre
el antecedente y el consecuente: no es que la moda de hoy esté
concebida como una superación de la de ayer, sino que simplemente
la sustituye, no hay una relación de progreso entre ambas.
Sin embargo, los pensadores y artistas del siglo XVIII, XIX y principios
del XX se movieron muy claramente según una noción
de progreso; cada corriente buscaba reemplazar a la anterior en
virtud de ser mejor, de representar más adecuadamente sus
objetos. Este fenómeno de lo siempre distinto pero siempre
igual es muy específico de la cultura global industrial,
y es lo que dio origen a la idea de posmodernidad; aquello de que
la idea de progreso había sido simplemente un relato sin
mayor fundamento en los hechos, y que podríamos deshacernos
de él.
A la vez que se habla de autonomía
en el campo artístico también se habla de institucionalización
del arte, proceso en el que intervienen tanto el mercado como el
academicismo ¿Hasta qué punto esta autonomía
es real si lo que se pondera como obra de arte al final es un producto
legitimado por el mercado?
Creo que el período de la modernidad,
los fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, fueron momentos de
muy significativo aumento en la autonomía del individuo,
al que se había dotado de un bagaje técnico y cultural
que no tenía precedentes. Realmente el avance de la escolarización
y de la difusión del conocimiento y el aumento en la velocidad
de producción del mismo tuvieron una brusca aceleración.
Al mismo tiempo, las técnicas burocráticas de homogeneización
que se establecieron a partir de la necesidad de organización
estatal, el desarrollo racional del Estado (su organización
técnica) y que van a someter cada vez más a
los individuos a la necesidad de operar de maneras fijadas y
preestablecidas externamente estaban aún en ciernes,
hasta tal punto que puede sostenerse que en el siglo XX se da una
involución realmente objetiva de la capacidad individual
de autonomía por la extensión de estos medios burocráticos
a todos los campos.
Es una muestra de esto el proceso de la
industrialización del arte y de su transformación
en moda: llega un momento que el mecanismo social incorpora lo que
pretende oponérsele. Es decir, la innovación en arte,
ciencia o cultura, apuntan a decir que lo que institucionalmente
está fijado como correcto no lo es; llega un momento, sin
embargo, en que la sociedad misma se apropia institucionalmente
de ese discurso y entonces aparece el fenómeno de la moda,
de simple sustitución de una cosa por otra sin idea objetiva
de progreso. Y al mismo tiempo que se apropia de ello lo neutraliza,
porque la moda al no pretender realmente superar, sino sustituir
carece por completo de potencial crítico; no puede decir
«aquello está mal, esto es mejor». Puede decir
solo «esto es lo último». El temperamento posmoderno
es la trasposición a otras categorías de esa misma
idea, o sea, no hay una cultura mejor que la otra, no hay una idea
mejor que la otra.
ARTEFACTOS DE LEGITIMACIÓN
¿El concepto de mercado del arte
es un concepto moderno?
El concepto de mercado del arte es un concepto
contemporáneo; de todos modos, indudablemente ya están
sus huellas en los comienzos de la modernidad, porque el desarrollo
de esta es al mismo tiempo el del capitalismo como forma racional,
de mercado.
¿Y el museo es una institución
moderna?
El museo es moderno, es un artefacto del
siglo XIX.
¿Y qué rol ocupa este
«artefacto» en el esquema de institucionalización
del arte y ponderación de «lo que es» y «no
es» arte?
El museo tiene una ruptura muy importante
justamente con el surgimiento de la industrialización y de
la mercerización del arte. En el siglo XVII y XIX el museo
fue la extensión natural al conjunto de la población
de lo que había sido el privilegio de las capas superiores:
el gozo de la historia y de la producción artística
en mucha menor medida que la ciencia, que tenía un
tonillo excesivamente práctico que no iba del todo con la
idea decimonónica de espíritu. Pero en función
de vincular a toda la humanidad con esa producción artística
y con ese desarrollo de la investigación histórica
se produjeron varios cambios que tienen que ver con la entronización
de la obra de arte como un producto verdaderamente universal y eterno,
atemporal, puesto que el museo intenta hacerla accesible a todo
el mundo. Detrás de la formación del museo está
toda esa corriente intelectual que dice «la capacidad para
el arte y la cultura es una propiedad de todo ser humano y lo ha
sido siempre; lo único que hace falta es darlas a conocer,
pero en principio todos son capaces de arte, de belleza.»
Es un poco el igualitarismo de los derechos humanos, ente los cuales
se entendía la producción espiritual.
¿Qué críticas se
le podría hacer al museo dentro de este proceso de democratización
de la cultura?
Quizá lo que hay que criticar no
es la forma museo, sino cómo se llevó a cabo esa democratización.
Del mismo modo que los procesos de burocratización del Estado
y de racionalización del mercado expropiaron de la riqueza
y de la libertad a los individuos para entregárselas a las
formas abstractas, a la sociedad como Estado y como mercado, el
museo expropió la cultura a las clases pudientes, pero no
para dárselas a todos realmente, sino para cederlas a una
idea global de humanidad; por eso mismo se dio esa desconexión
de lo particular, de lo concreto, de lo específico, de la
que hablo. Es decir: no se le dio la cultura a la gente la
posibilidad de disfrutar en su vida concreta, cotidiana y real de
la libertad que significa para el artista la producción artística
sino que se le entregó un cierto número de bienes
clasificados y catalogados como patrimonio cultural y se les dijo
«esto es cultura»: cultura es conocer a la Venus de
Milo, es haber leído a Horacio, a Ovidio o a Homero. En realidad,
en esta perspectiva se está tomando el efecto por la causa;
la lectura de Horacio, Ovidio u Homero, o la contemplación
de la Venus, en realidad posibilita la libertad, la cultura; no
son ellas la cultura misma, sino que tomadas de cierta manera, por
su carácter de producción sumamente rica, matizada
y compleja, ayudan a generar la capacidad de diferenciación
intelectual que es propia de aquella. Se dio entonces una inversión
de lo que podría ser el proceso real.
Tuvo, por supuesto, su efecto benéfico:
indudablemente el patrimonio cultural entendido de ese modo ha servido
para refinar, diferenciar y estimular las capacidades individuales,
pero al precio terrible de quitarles la idea de la cultura como
algo vivo, como algo cambiante y sujeto a posibles desapariciones.
En el museo la obra de arte está tan separada del tiempo
y del espacio que ya no puede cambiar; habría que decir que
esa capacidad de cambiar, de establecer diversas relaciones con
sujetos distintos, es una de las condiciones esenciales de la libertad.
Al obligarse a los sujetos a actuar siempre del mismo modo con respecto
a algo se los está privando de la posibilidad de evolucionar.
La manera real de activar el potencial de libertad de la cultura
es justamente hacer hincapié en que eso que parece siempre
idéntico en realidad ha llegado históricamente a ser
lo que es, y por eso mismo pueden desaparecer para dejar lugar a
algo mejor. Hay que desmontar la idea de las invariantes de la naturaleza
humana, porque esas invariantes solo son tales bajo un cierto modo
de producción; eternizan las esclavitudes que ese modo de
producción impone.
Las vanguardias de principios del XX
han cuestionado duramente la institucionalización del arte,
de cómo el mercado y el academicismo se apoderan de él
(y lo superlativizan) rompiendo los lazos directos que tiene con
la sociedad, y ponderando sus frutos como la verdadera expresión
artística. Justamente en ese sentido, de mano de las vanguardias
se empezaron a exponer, a modo de protesta, elementos de la vida
cotidiana (un mingitorio por ejemplo) pero que, al fin y al cabo,
eran absorbidos por el mercado, presentándolos como obras
de arte solo por haber sido escogidos por el ojo de un artista ¿Qué
relación hay entre esas vanguardias y la crítica actual
que pregona que el arte no puede ser un bien de mercado?
Las vanguardias se propusieron muy decididamente
defender la identidad de lo artístico contra el mercado,
pero creo que a esta altura es evidente que lo hicieron de una manera
equivocada. El problema de muchos intentos fue rechazar al mercado
en bloque, sin entender su propia inserción en sus procesos
sociales y económicos. Es decir: la posibilidad de que Marcel
Duchamp colgase una pala en la pared de un museo o un mingitorio
tiene que ver con ciertas relaciones sociales: con la existencia
de un público dispuesto a aceptarlo, el desarrollo de una
cultura museográfica en la que ello pudiera tener lugar,
la inserción del artista independiente en el ambiente institucional,
etc. No se puede separar este clima de la cultura de mercado, o
solo al precio de ignorar lo profundamente que influye en la propia
obra. El resultado es el fracaso: seguir declamando sus males con
mucha razón muchas veces pero sin ser capaz realmente
de oponerse a ello. Las vanguardias han terminado siendo ellas mismas
fenómenos de mercado.
¿Cómo se entiende la convivencia
del museo como institución educativa en una sociedad donde
el mercado es, al fin y al cabo, el mecanismo legitimador?
Creo que no se pueden separar del todo
la función educativa del museo y su función de mercado.
Veamos el caso de la institución educativa por antonomasia,
la escuela: nunca sirvió solamente al propósito de
difundir el estudio de las artes y ciencias, sino también
para imponer ciertos patrones de cultura ritmos, hábitos,
costumbres de tal manera que la forma social de la que dependía,
el estado burocrático, pudiera desarrollarse sin inconvenientes.
El museo, del mismo modo, no deja de tener función educativa
y formativa por estar íntimamente ligado a categorías
de mercado; sucede, lógicamente, que da una formación
adecuada a la situación de mercado. Parte de su efecto es
enseñar a apreciar las cosas por donde están, por
estar ubicadas en el museo: un mecanismo apto para homogeneizar
el consumo de lo expuesto en las vitrinas. No me parece que se pueda
distinguir del todo estas dos funciones; sería más
fructífero trazar su historia para ver cómo se encadenan
entre sí. En la génesis del mecanismo pueden observarse
muchos de los problemas que ahora suscita; ver a qué obedecieron
en ese momento puede servir a entender mucho mejor cómo contrarrestarlos
hoy.
Reportaje:
"Sobre Mercado y Cultura"
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