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la educación en los
museos de arte
por Allison Pomenta
Licenciada en Comunicación (Venezuela)

El concepto que se tiene de la función educativa de los
museos ha variado mucho a lo largo de las décadas, desde
la creación del Museo del Louvre hasta nuestros días.
Aunque los museos nacieron con la vocación social de ofrecer
unas maravillas a la vista del público general -bajo unos
ideales nacionalistas que, en el caso de ciertos países,
perseguían la educación del pueblo-, esto ya no es
suficiente. Si bien los museos han ampliado significativamente el
volumen de público que los visitan y esto ha sido considerado
sinónimo de éxito, ahora se le está dando más
énfasis al resultado de esa visita.
El nuevo concepto de «función
educativa» ha ido cambiando, siguiendo la evolución
de las teorías y prácticas nuevas en la educación
formal. Digo siguiendo porque, salvo en contados casos, los museos
siempre han estado un poco rezagados con respecto a las vanguardias
educativas. Al principio hablo de décadas cuando menciono
esta evolución, y es que las últimas tres décadas
del siglo XX fueron las que vieron el gran salto en el concepto
educativo de los museos, sobre todo en los museos de Arte.
Los museos de Ciencia fueron los pioneros
en materia educativa, especialmente el Exploratorium de San Francisco,
al exponer sus contenidos de manera más didáctica
y propiciar la participación del espectador en su recorrido
por la exposición. Es decir, se pasó de considerar
al visitante como un receptor pasivo a hacerlo protagonista de su
experiencia de aprendizaje. El visitante que se involucra activamente
con un componente de la exposición le dedica más tiempo
a la actividad, se abre más al contenido y tiene una mejor
disposición a seguir explorando aquello que le ha producido
curiosidad. Cuando hay una retroalimentación por parte de
algún elemento de la exposición, especialmente si
se trata de una persona que responde preguntas, pero sobre todo
que anime al individuo a hacerse más preguntas e investigar,
la experiencia de la visita es más rica y gratificante.
Lamentablemente, los museos de Arte tardaron
en aprender la lección. Durante mucho tiempo se conformaron
con «colgar los cuadros en la pared», y con suerte colocar
un rótulo al lado informando sobre el autor, el título
de la obra y la fecha de creación. Se pensó, y todavía
muchos especialistas en Historia del Arte lo piensan, que el Arte
se explicaba por sí solo y que lo único que hay que
hacer es ofrecerlo a la vista del público. Las grandes pinacotecas
tradicionales europeas siguen siendo así. Editan hermosos
catálogos y algunas imprimen hojas informativas, y con eso
piensan que zanjan el tema educativo, pues difundir estas obras
maestras de todos los tiempos es suficiente para cumplir con su
rol. La oferta educativa, todavía en una gran parte de los
museos del mundo, se limita a ofrecer unas visitas guiadas (casi
siempre un monólogo) y si acaso unos talleres infantiles,
que dependiendo del país donde se realicen tienen un enfoque
más o menos relacionado con las técnicas artísticas
(algunos no pasan de ser clases de manualidades). Esta es la triste
historia de muchos más museos de lo que nos gustaría
reconocer. Hacen menos de lo que podrían hacer, y el público
lo perdona porque realmente son fabulosas las obras que exhiben
(y los visitantes que no piensen así simplemente no tendrán
razón alguna para volver al museo).
Un creciente número de museos han
avanzado en su oferta incluyendo textos de sala con un lenguaje
fácilmente comprensible para un visitante no iniciado, a
pesar de que la mayoría siguen siendo descripciones biográficas,
estilísticas, históricas o planteamientos retóricos
filosóficos ajenos al espectador común. Lo lamentable
sigue siendo que todavía existen curadores y conservadores
que escriben para lograr la aprobación de otros colegas,
historiadores de Arte o entendidos. Todavía son escasos los
textos de sala que realmente ayuden al visitante promedio a interpretar
la obra de Arte, que den claves para la apreciación, que
inviten al espectador a cuestionarse u orienten la exploración
visual de la obra. Una preocupación generalizada hoy en día
es el diseño del espacio y la organización del contenido,
por supuesto con buenas intenciones, pero pocas basadas en estudios
previos sobre el comportamiento del público y lo que pueda
entender de lo que está viendo. Se suele hacer de manera
más intuitiva, basados en las experiencias previas del museólogo
o museógrafo responsable, y a veces influidos por otras variables
importantes como los límites de espacio, el presupuesto,
y las fechas previstas de inauguración.
Fuera de las salas expositivas, los talleres
infantiles han pasado de una corriente en la que simplemente se
buscaba darle «rienda suelta a la creatividad infantil»,
según los postulados de Read y Lowenfeld, a tratar de que
los niños asimilen elementos como el lenguaje plástico,
los contenidos, los estilos o los procesos de creación de
las obras de Arte (¡Aunque todavía quedan muchos dinosaurios
escondidos por allí!). En cuanto a las actividades educativas
fuera del museo, desde los años 60 se empezaron a crear programas
de extensión a la comunidad, bajo la filosofía de
«llevar el Arte a aquellos que no visitan el museo»,
y educar a los ciudadanos que tienen menos oportunidades. Estos
programas también se han ido refinando con el tiempo, tanto
en sus ideologías como en sus actividades, y en ciertos casos
han logrado verdaderas transformaciones en sus comunidades. Todo
esto ya forma parte desde hace tiempo de las estrategias comúnmente
aplicadas en los museos relativamente dinámicos. Las publicaciones
educativas son algo irregular: mientras en algunos museos son inexistentes,
en otros se realizan periódicamente con mayor o menor éxito,
según la creatividad de los autores y la profundidad de los
objetivos trazados.
Algunos museos hoy en día incorporan
recursos gráficos como mapas de ubicación, ilustraciones
y líneas cronológicas, maquetas y diapositivas a sus
exposiciones. En un esfuerzo por modernizarse y hacerse más
atractivos al público, algunos museos que cuentan con más
presupuesto utilizan recursos audiovisuales, como guías explicativas
que se escuchan en dispositivos fijos o portátiles, vídeos
narrativos, multimedia... Y sin embargo muchos se quedan cortos,
no dan en el blanco. Los desaciertos nos hacen pensar que lamentablemente
el medio no hace al mensaje. Y el mensaje depende de los supuestos
mentales que abriguen los emisores (los curadores o conservadores).
Lo importante sigue siendo el enfoque que se tenga de lo que es
educar al público, el punto de vista sobre qué es
lo que se debe enseñar sobre el Arte y, sobre todo, el conocimiento
de cómo aprende el ser humano. Solo los museos que realmente
están al tanto de estos nuevos estudios en materia educativa
y que hacen todo lo posible por diseñar estrategias y mecanismos
de acercamiento al público acordes con ellos, pueden ufanarse
de estar a la vanguardia en materia educativa a nivel mundial.
Para los museos de Arte esto implica estar
al tanto de los diferentes estilos de aprendizaje que puedan poseer
o usar sus visitantes, según privilegien uno u otro de sus
sentidos (las centrales receptoras de los mensajes que percibimos)
y la manera en que procesen la información recibida (secuencial,
simultánea, deductiva, inductiva, analítica o sintéticamente)
. También implica crear experiencias para cada una de las
diferentes inteligencias, según las que ha definido hasta
ahora Howard Gardner: visual-espacial, verbal-linguística,
lógica-matemática, corporal-kinestésica, musical,
interpersonal, intrapersonal, y la más reciente: naturalista
(la que distingue características y encuentra patrones entre
las cosas).
Lamentablemente, solo podemos decir que
los museos de los países de habla anglosajona: Estados Unidos,
Canadá, Inglaterra y Australia, son los que han estado a
la cabeza de la innovación educativa en materia de museos,
seguidos de cerca por iniciativas concretas en Francia, como la
del Centro Georges Pompidou. El cambio es lento, pero gracias a
la circulación de la información de nuestra comunidad
global en esta era de Internet, cada vez aumentan las iniciativas
individuales en los diferentes países, inclusos aquellos
tildados por su situación económica como «en
vías de desarrollo».
¿Partir del emisor o del receptor?
Cuando una exposición se crea con
un fin específicamente educativo, lo lógico es preguntarse
si ese objetivo se está alcanzando. Ah... pero ahí
empieza el picor. Evaluar resultados. Algo que provoca casi alergia
entre el personal de un museo. Y es que evaluar resultados en un
ambiente de educación informal, y con una única visita
del individuo a la institución, no es tarea fácil.
Incluso teniendo una disposición favorable hacia ello, los
instrumentos de evaluación con que cuentan, sean cuantitativos
o cualitativos, a menudo resultan inadecuados, tanto por los inmensos
costos y titánicos esfuerzos que conllevan, como por la relatividad
de los resultados.
Cuando se evalúa aprendizajes hay
que tener muy presente cuál es el concepto de enseñanza-aprendizaje
que se tiene en la cabeza. Como dice George Hein, si el modelo de
enseñanza-aprendizaje está visto desde la perspectiva
de un profesor que prepara unos contenidos y determina qué
se debe enseñar, la tarea del educador será simplemente
organizar de la mejor manera posible el material y presentarlo de
manera que pueda ser comprendido por el alumno. Y en este sentido
los museos de Ciencias crearon un modelo que funcionó muy
bien y abrió el camino a las exhibiciones interactivas.
Pero desde que la teoría constructivista
o constructiva empezó a calar en el medio de la educación
formal, el enfoque varió (A pesar de todo, ¿en cuántos
países del mundo se practica hoy en sus aulas?). El punto
central ahora no es «¿Qué queremos enseñar?»,
sino «¿Qué están aprendiendo los individuos?».
Y en los museos esto quiere decir: ¿qué sentido le
están dando a lo que ven? El enfoque constructivista en los
museos implica preguntarse: ¿qué entiende el público
de la exposición y qué significado personal le da?
La manera en que los visitantes a un museo
de Arte aprenden está íntimamente ligada con las conexiones
personales que puedan establecer con la obra. Estas conexiones están
directamente relacionadas con la información previa que tenga
el individuo, las actitudes, creencias y motivaciones que traiga
a su encuentro con la obra, las cuales influyen sobre el modo en
que el visitante percibe e interactúa con la exposición.
Las relaciones que podemos establecer entre un objeto y una idea,
tiene que ver con esas referencias personales que cada visitante
trae al encuentro con la obra. Estas son el resultado de sus sentimientos,
conocimientos y experiencias previas, incluyendo la cantidad y calidad
de contactos anteriores con otras obras de arte.
A menudo, los autores de una exposición
establecen complejas relaciones entre objetos e ideas que escapan
a la comprensión del visitante común o son malinterpretadas,
pues se está partiendo de presuposiciones sobre lo que el
público puede o debe entender. No todas las experiencias
serán asimiladas de la misma manera, debido a esta necesaria
conexión entre la información previa y la que está
recibiendo el individuo en su contacto con la exposición;
mientras una experiencia no haya sido internalizada y guardada en
el cerebro, no se puede hablar de aprendizaje. Resulta imposible
asimilar algo que no se ha comprendido; si acaso, se internalizará
la sensación de disgusto por no haber entendido. Y ese será
el recuerdo que el individuo conserve. Por eso los museos deben
abocarse a estudiar qué significado están contruyendo
mentalmente los visitantes en sus exposiciones y el carácter
de esa experiencia estética. La calidad del recuerdo que
el visitante pueda tener como resultado del contacto con la obra,
si se trata de una experiencia personalmente significativa o no,
y cómo influirá en sus futuras experiencias estéticas,
es la razón de ser de los museos de Arte.
Ardua labor a futuro
Las dos perspectivas mencionadas anteriormente,
el museo visto como «profesor» o visto como un «lugar
para aprender», son aparentemente irreconciliables. Puesto
que quien acepte la teoría constructiva debe aceptar que
no hay necesariamente una conexión entre lo que se enseña,
y lo que en realidad se aprende. Incluso optimizando al máximo
las condiciones en las cuales se da la enseñanza, el resultado
de lo que cada individuo aprenderá es impredecible. Las causas
empiezan por la variedad de visitantes que tienen los museos, cada
uno con sus propias referencias personales, conocimientos , estilos
de aprendizaje, inteligencias, etc., pasando por las condiciones
variantes del momento del contacto con la exposición (si
había un grupo ruidoso en la sala, si el sol estaba incidiendo
en tal ángulo, si faltaban diez minutos para cerrar la sala...).
Es imposible controlar todas las variables. Y esa falta de certeza
es muy difícil de manejar para un trabajador o directivo
de museo, sobre todo cuando se están gastando millones en
realizar una exposición. Por eso, la solución más
fácil es desentenderse del dilema y no evaluar los resultados
de estas visitas. Y pensar a priori, sin realmente hacer
un esfuerzo, que se está haciendo lo mejor posible, y que
más no se puede pedir.
Olvidarse del público a quien están
destinados nuestros esfuerzos y recursos -el gran público,
no el especialista- es peligroso. Solo puede desembocar en una reducción
paulatina del número de visitantes, y finalmente en la reducción
de los patrocinios y subsidios a estas instituciones. Por eso algunos
museos han optado por ampliar la oferta de sus exposiciones para
incluir aquellos temas o artistas más populares o atractivos,
con recursos de apoyo de fácil comprensión, y en Estados
Unidos ha resultado el fenómeno de las exposiciones blockbuster
(taquilleras). Término que en países de América
Latina y Europa se ha utilizado de manera peyorativa para descalificar
esas estrategias de mercadeo de los museos norteamericanos. Casi
con asco y con tono de burla se menciona la palabra entre académicos
y curadores tradicionales de museos. ¿Miedo a la novedad,
a la función cambiante del museo, a los nuevos usos que le
da el público general a estos centros culturales? ¿Miedo
a que se vulgarice, se degrade o se pierda el conocimiento teórico
de unas elites intelectuales?
De nuevo, quien sale perdiendo es el público.
En lugar de aprovechar este renovado interés por las masas
ahora más educadas que visitan cada vez más los museos
(y no solo con motivos turísticos) se quiere preservar una
idea que solo remarca las distancias entre el curador o conservador
y el espectador.
Si el público general no está
«entrenado» o educado a priori para aproximarse
a una obra de arte, eso no es culpa del museo, según piensan
muchos curadores o conservadores tradicionales que se niegan a asumir
esta función y relegan la tarea al maestro o a los padres.
Es bien sabido que un maestro o padre sensibilizado y con conocimientos
mínimos en la materia es la excepción de la regla.
El museo debe ser capaz de ofrecer diferentes
niveles de lectura que lleguen a los diferentes niveles de conocimiento
y capacidades de comprensión que tienen sus visitantes. Y
debe atacar esta tarea de educación desde diferentes frentes,
con variadas actividades y estrategias. Asumir que el público
mayoritario de un museo son solo los jubilados o los estudiantes
universitarios de Arte, por ejemplo, y olvidarse del resto, es un
error.
Esta actividad educativa debería
empezar por las exposiciones mismas (justamente el área más
olvidada en materia educativa), pasando por programas de formación
del público de diferentes edades, y por supuesto por formar
a los maestros de escuela. Lamentablemente las visitas guiadas tradicionales,
las hojas de sala informativas llenas de datos biográficos
e históricos, y los talleres de actividades manuales se quedan
cortos. No dan la talla. Cuántas veces he visto una guía
didáctica elaborada sin la menor idea de qué puede
captar la atención de un niño, qué puede resultar
entretenido, cómo aprende un individuo. Erróneamente
se cree que con unas ilustraciones simpáticas y un folleto
lleno de colorido se subsana cualquier contenido aburrido semejante
al de la escuela (¡pero además la escuela de veinte
o treinta años atrás!).
Sé que es una labor titánica
el devanarse los sesos para inventar algo creativo que responda
a las verdaderas necesidades y gustos del público a que va
dirigido el material, pero tampoco se puede dejar de intentarlo.
Si todos fueran conformistas, los museos no se habrían transformado
(y estaríamos todavía viendo un sinfín de cuadros
colgados en una sala, unos encima de otros hasta el techo). Si bien
es cierto que la experiencia estética directa es algo mágico,
único e irrepetible, que habla directamente a los sentimientos,
a la intuición y a nuestras referencias personales, como
defienden muchos curadores y conservadores de museos, también
podemos decir que solo resulta ser así para unos cuantos
afortunados... mientras que otros visitantes ni se enteran. Y eso
es una lamentable pérdida.
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