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el mismo amor
la misma lluvia


 



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El mismo amor la misma lluvia


ficha técnica

Dirección: Juan José Campanella.
País: Argentina.
Año: 1999.
Duración: 116 min.
Interpretación: Ricardo Darín (Jorge Pellegrini), Soledad Villamil
(Laura Ramallo), Ulises Dumont (Márquez), Eduardo Blanco (Roberto),
Alfonso de Grazia (Mastronardi), Alicia Zanca (Sonia), Graciela
Tenenbaum (Marita), Magela Zanotta (Mauge), Mariana Richaudeau
(Leticia), Rodrigo de la Serna (Micky), Melina González (Pepa).
Guión: Fenando Castets y Juan José Campanella.
Producción ejecutiva: Ricardo Freixá.
Música: Emilio Kauderer.
Fotografía: Daniel Shulman.
Montaje: Camilo Antolini.
Dirección artística y vestuario: María Julia Bertotto.

crítica
por lucio latorre

Mucho más que lluvia

Aprovechando el éxito de El hijo de la Novia, en España se ha reestrenado, por fortuna, la anterior película del director Juan José Campanella. Se trata de El mismo amor, la misma lluvia, interpretada por Ricardo Darín y Soledad Villamil

A propósito del reestreno en España de la película argentina El mismo amor, la misma lluvia, un amigo me dijo que no le entusiasmaba ir a verla «porque su nombre me suena demasiado poético, y generalmente esa clase de películas no suelo entenderlas». Pero afortunadamente, lo único presentado deliberadamente poético en este trabajo de Juan José Campanella (director también de la exitosa El hijo de la Novia) es el título. Por lo demás, se trata de una simple historia de amor entre dos personas a lo largo de los años. Tan poco y tanto a la vez.

De entrada, Campanella fija el hilo argumental de su historia, y a medida que esta se va desarrollando, va desplegando a su alrededor otras mini-historias (o historias secundarias) y aportando pequeños y sutiles detalles que arropan notablemente la narración.

La película arranca con una escena breve y sin diálogos, pero muy efectiva y cargada de los conceptos que luego se desarrollan. La escena muestra un atasco de tránsito en una lluviosa noche de invierno de 1980 en Buenos Aires, oportunidad en la que se dará el primer encuentro, de miradas y sonrisas, entre Laura y Jorge, los personajes interpretados más que acertadamente por Soledad Villamil y Ricardo Darín.

La historia, entonces, es la de Jorge Pellegrini, joven promesa literaria, y Laura, una mujer con cierto deje enigmático y a la vez idealista, en búsqueda permanente de hacer algo que le dé satisfacción.

Campanella, que además es guionista de sus películas, no deja nada librado al azar en la construcción de los personajes. Así, además de las cosas en común y toda la cuestión idílica entre los protagonistas, también dota a estos con claros opuestos que irán generando los conflictos que se suceden en la relación.

La película también puede leerse en clave política, aunque no sea este su eje principal. Con algunos guiños evidentes y otros más sutiles, Campanella nos propone también un recorrido por los últimos años de la caótica historia argentina.

Un ejemplo claro, en el que el drama sólo se insinúa pero no se concreta en esta ficción, aunque golpea con dureza por que sí se plasmó en la realidad, es el momento en que se muestra a un comando de la Policía Federal irrumpir en un bar y llevarse detenidos a todos los que no portan documentos de identidad. En la Argentina de la última dictadura militar (1976- 1982) eso bastaba como motivo para la desaparición física. Treinta mil personas desaparecidas en ese período así lo demuestran.

También la guerra de las Malvinas y la euforia por la llegada de la democracia, con la rápida constatación de que con eso sólo no alcanza para hacer un buen país (ahí aparece Darín diciendo que si la incipiente democracia argentina «es linda, joven y virgen, con nosotros mejor que se cuide»), se van reflejando en la pantalla.

Pero es la trama que transcurre en la década de los 90 donde el autor más carga sus tintas. Incluso, mientras las referencias cronológicas anteriores las hace marcando específicamente el año en que ocurrieron, este último tramo lo presenta genéricamente como «Los noventa», sinónimo de la era menemista (NdelaR: Carlos Menem fue presidente de Argentina de 1989 a 1999); es decir, la década perdida. Es acá cuando las imágenes y la ambientación logran su mayor peso narrativo.

En la escena que abre este capítulo se ve un plano americano de un café-bar (ese lugar en el cual en Argentina se definen las cosas trascendentes) aggiornado con luces de neón y, de fondo musical, una chillona cumbia que, no casualmente, está puesta a un volumen que aturde, que confunde.

Las luces estridentes nos sugieren ese fulgor, ese brillo artificial con el que en esos años se vendió la idea de que la economía argentina iba bien. Efectivamente ese economía «brillante» lo fue, pero para unos pocos.

Más que una gestión gubernamental, el menemismo significó al ascenso y la legitimación (en tanto se la toleró) de la corrupción en todos los sentidos. Por eso resulta tan común la metamorfosis del personaje de Darín, que de aquel escritor soñador del inicio de la película pasa a ser en esta parte un corrompido crítico literario que no tiene problemas en andar exigiendo, incluso a viejos conocidos, el pago de coimas como condición para publicar críticas favorables.

Este personaje no representa sólo la corrupción mediática exacerbada de esos años, sino también la que se enquistó en la justicia, en la administración pública y en tanto otros sectores. Pero muestra también, en la figura de quien recibe el pedido de la coima, el mismo desencanto y la misma sorpresa de quienes rechazaban esa corrupción generalizada.

Casualidad o no, Darín aparece caracterizado aquí con un rostro cansado cubierto por una barba rala de dos días y utilizando un teléfono móvil (todo un símbolo de la época), mostrando un sorprendente (e inquietante para quienes lo padecimos) parecido a José Luis Manzano, quien fuera Ministro del Interior de Menem y emblema de la corrupción de esos años.

Mas allá de esto, el tramo final de la película transcurre por caminos bastante previsibles, con un Jorge reconociendo y lamentándose ante Laura por sus errores del pasado, tratando así de retomar, por enésima vez, su relación en común. Además de la cuestión sentimental entre la pareja protagonista, la película es también un alegato a la amistad (con sus inevitables vaivenes), ese recurso que en la eterna Argentina de la crisis aparece siempre como auténtico salvavidas existencial.

En definitiva, que se trata de una buena película, que como toda película de amor, tiene sus momentos cursis ya que el amor es en sí inevitablemente cursi, con personajes e historias entrañables y de las otras. Campanella consigue demostrar que una buena historia de amor puede ser creíble sin que alguno de sus protagonistas se ponga a gritar como un desquiciado desde la proa de un barco que es «el rey del mundo» o cosas similares. Y ahí radica uno de los mayores méritos de esta cálida y recomendable El mismo amor, la misma lluvia.


 
Núm. 1 Octubre 2002. Teína. La compañía del té. redaccion@revistateina.com