Regreso a casa (fragmento)

Marcos Rosenzvaig
mrosen54@yahoo.com

 

 

OBRA EN UN ACTO

El escenario debe dar la impresión de una casa deshabitada. Retratos grandes y vacíos cuelgan de las paredes. Los muebles están cubiertos con tela color crudo. A proscenio hay una ventana y a foro una puerta de vidrio esfumada, puerta que estará ubicada en el extremo izquierdo, es un espacio que delimita el tránsito de los muertos. Puede que en el otro extremo se halle un zaguán profundo, apenas iluminado.

Dos objetos están descubiertos: el sillón de dos cuerpos y un reloj carrillón de tres pesas.

En el costado izquierdo hay una pequeña tarima con dos sillas de patio blancas. En ese espacio se desarrollan escenas de los padres.

Se escucha la voz de Enrique, un texto en off en la oscuridad de la sala.

Hace diez años murió papá y hace apenas uno encontré esta obra inconclusa entre los papeles de mi hermano. El dejó sin concluir lo que a mí me costó la mitad de mi vida cicatrizar. Una obra de teatro es un buen espacio no para cerrar las puertas al olvido, sino para recuperar lo que permanece como una frágil raíz sujetada a la tierra, a pesar de una larga suma de vientos otoñales. Un paraíso lejano como todos los paraísos, y demasiado presente a la hora de la muerte.

Luz sobre el retrato del padre, la luz puede ir posándose en los distintos objetos que fueron parte de su vida. El padre en la escena detrás de la única ventana de la casa.

Hoy dejé de existir. Fue la última de las separaciones... la más dolorosa.

Lentamente, como a lo lejos, se escucha un murmullo suave de gente retirándose de la casa.

Uno se acostumbra tanto a uno mismo que hasta le parece impropio desaparecer. Puede que todo sea como evaporarnos en lluvia pasajera, las lluvias de verano suelen ser tan tormentosas como efímeras. Borran todas las huellas hasta convertirse uno en alcantarilla recogiendo las aguas del olvido.

El murmullo se transforma en gente que se retira de la casa. David y Germán entran como quienes acaban de despedir familiares y amigos.

DAVID- ¿Cuando es el entierro?

GERMAN-
Mañana a primera hora.

DAVID - ¿Podías haberme avisado antes?

GERMAN- Yo mismo no acababa por convencerme. Se entregó con tanta suavidad... parecía empeñado en no molestar, en no alterar el orden del día.

DAVID- ¿Pero él estaba enfermo?

GERMAN- De tristeza.

DAVID- Cuando vino a vernos... (Germán lo interrumpe).

GERMAN-
Regresó peor. (Pausa). Estaba obsesionado en repetir el sufrimiento de mamá. Dos días antes me preguntó que iba a ser de él cuando tuviera que depender de las manos de una enfermera. Traté de tranquilizarlo diciéndole que sus manos y las de mamá fueron las que nos cuidaron cuando éramos niños. Por qué no devolverle algo le dije - aunque más no sea una partecita de lo que nos diste...

DAVID- Debería haber estado.

GERMAN- Después me pidió que le llevara un té a la cama. Nombró a mamá y con cada sorbo mencionó el nombre de cada uno de nosotros, dejó para el último el nombre de Mariana. Se aferró a mi mano como si yo fuese el único madero de su barco...

El padre aparece detrás de una ventana que da a la platea.

PADRE- Nada de médicos ni de hospitales. Bastante amarga es la despedida como para soportar que lo anden curioseando a uno. Me acosté sabiendo que era el día. El colchón estaba un tanto más frío que de costumbre. Me aferré de los barrales como deseando reposar en la tierra y no en el cielo. Esperé con paciencia el segundo del corte. Les pedí a mis enfermeras que durmieran en la habitación contigua. Por nada del mundo estuve dispuesto a compartir mi muerte. Una serpiente húmeda se fue deslizando desde mi pierna derecha hasta el corazón. Al llegar allí, abrió grande su boca, mostró el filo ardiente de sus colmillos. No me ocasionó el mínimo temor. Como si la hubiese visto durante toda la vida. Sentí un pinchazo agudo, después vi el rostro sereno de mi madre, su mano apretó la mía. Movió los labios como si cantara. Un exceso de energía humana se agitaba alrededor de mi cuerpo. Trataban de ayudarme, cuando se convencieron de la inutilidad, guardaron sus enseres, apagaron las máquinas y cubrieron mi rostro con una sábana. Escuché el agua correr y el jabón escurrirse entre sus dedos. Supe que había muerto en el momento en que taparon el ataúd, mi hijo Germán lloró. Seguramente los otros se enteraron tarde. Después, fue acostumbrarme al silencio.

La luz se extingue lentamente. La mirada del padre se pierde en la bruma al mismo tiempo que la acción continúa con David y Germán.

GERMAN- Mi futuro... Se estaba muriendo y le preocupaba mi futuro. Dijo que se sentía feliz de haber compartido toda una vida con mamá. Después pidió que cerrara las ventanas, que aunque no le gustaba prefería ir acostumbrándose a la oscuridad. Fue entonces que preguntó por vos, le dije que estabas en camino. Entonces se preocupó por los accidentes en la carretera. Se tranquilizó cuando le dije que llegabas en tren. Cerró los ojos, apretó mi mano y me dijo...

PADRE- Ya comienzo a habituarme a la oscuridad, hijo... te voy a extrañar, tanto como a los colores.

GERMAN- Y se apagó al mismo tiempo que se encendían las luces de los barcos en la playa. (Pausa).

¿Marta?

DAVID- Manejé a tanta velocidad que preferí dejarla en Dolores.