Je vous salue, Patricio. La ricota como religión


Alon Lischinsky

Los Redonditos de Ricota suscitaron tales pasiones en su audiencia que la prensa habló de una «religión de la juventud» y de «misas paganas». ¿Qué más apropiado, entonces, para intentar explicarse el fenómeno, que narrar una parábola?

Si se mira la contracultura con un poco de perspectiva histórica —es decir, no solamente la contracultura de hoy, con sus manifestantes antiglobalización, su pasión por el comercio justo, su resistencia pasiva contra los derechos de autor y su compromiso ecologista, sino también la contracultura de ayer, hippies, beatniks y revolucionarios barbudos en la sierra boliviana, e inclusive la de anteayer, el rechazo de la opresiva sociedad decimonónica por los jóvenes románticos enamorados del pasado, de la fantasía, de Oriente y de cualquier mundo en que se pudiera vivir sin tener que implicarse en las mil relaciones mundanas de la sociedad burguesa—, no puede dejar de llamar la atención la persistente relación de ésta con la religión.

A primera vista no parece haber nada más antitético; nadie espera ver a Sigfrido esperando pacientemente su turno para comulgar en la parroquia del barrio los domingos, ni es fácil imaginar a los concurrentes a Woodstock llevando a sus hijos, futuros votantes del Partido Verde, a la escuela dominical para escuchar la amable perorata de la catequista de turno. Pero quedarse en esta innegable incompatibilidad es pecar todavía del etnocentrismo que, cada cual a su modo, todas las contraculturas quisieron denunciar; junto con el rechazo a la religión institucionalizada de sus padres —y, quizá peor, de sus maestros—, aún la más apresurada inspección de la contracultura no puede dejar de dar cuenta de una fascinación por lo espiritual que cobró forma tanto en el boom del budismo, de lo hindú y de las religiones mesoamericanas ricamente regadas de psicotrópicos en los años 60 como en el auge contemporáneo de los naturismos, de los espiritualismos orientales disfrazados de medicina, masaje o arte marcial, o de las milenarias tradiciones herméticas o gnósticas que se fundan todos los días para una clientela joven, bastante educada y completamente desesperada por un rato de contacto con lo absoluto. Ni siquiera en los héroes del siglo XIX que la historiografía moderna nos acostumbró a considerar como agentes de la era del triunfo de la ciencia, la racionalidad, el capitalismo y la dominación europea sobre el mundo faltaba esa tentación; al abandonar el laboratorio por las tardes, la misma bata blanca les servía para organizar séances en las que conjurar a los espíritus de los muertos.

Para entender la relación, basta con formularla como en términos matemáticos: para la contracultura, la sociedad en la que se vive es la máxima expresión de lo falso. A fortiori, pues, la verdad ha de estar en otra parte. De ese modo, la contracultura exige que haya otro mundo, que puede estar en otro espacio —el campo o, mejor, la selva en lugar de la ciudad, África o Egipto en lugar de Europa o América— o en otro tiempo —el pasado reluciente de los caballeros medievales, de los sabios griegos o de los gimnosofistas tibetanos en lugar del contaminado presente—. Pero el mundo se comprime con la tecnología, y la India que era remota todavía para los Beatles cuando fueron a purgarse de sus ataduras occidentales para hacer Sargent Pepper's hoy queda tan cerca, gracias a CNN y a British Airways, que hay que plantear una solución más efectiva. Para protestar contra la falsedad de la vida cotidiana, la religión de la contracultura se fabrica una realidad espiritual donde la existencia corrompida tiene su correlato inmarcesible.

Es difícil reprochar este anhelo a los creyentes. Toda la historia de la crítica intelectual en Occidente depende de la protesta contra lo establecido, sin importar que se use para explicarla la noción de falsa conciencia o se hable de la pulsión latente del id como verdad de los comportamientos manifiestos del ego. El problema de la espiritualidad contracultural es que está tan convencida de su propia realidad y de la falsedad de la sociedad que se imagina el mundo espiritual a la medida de lo único real de lo que tiene experiencia, es decir, del mismo mundo del que se escapaba. Las religiones tradicionales traicionaban su origen rudimentario y fantástico en las promesas literales de Paraísos Terrenales, ángeles de muchas alas o resurrección de la carne; la religión de la contracultura sabe ya lo inaceptable de la superstición, pero no tiene con qué reemplazarla. Cabe, por lo tanto, la sospecha de que las promesas de la New Age y su opuesto materialista no se diferencien tanto como parecía, y que entre la serenidad del nirvana y los masajes de barro en un spa de lujo la distancia sea sólo de medios.

Con la religión pasa así lo que una crítica supuestamente progresista y lúcida le reprocha siempre a la contracultura: que se convierte en su propio opuesto, fenómeno industrial de masas en lugar de forma de protesta liberadora. Como dicen Joseph Heath y Andrew Potter en el título de una obra reciente, Rebelarse Vende, protestar sería, de ese modo, un recurso más de marketing; la crítica de la contracultura al sistema imperante sería otra de las estrategias que usa ese sistema para reproducirse. Hay lugar para los matices en este pesimismo: para los autores más cínicos, los líderes contraculturales son astutos gurúes de la mercadotecnia, y el Che hizo la revolución en Cuba frotándose anticipadamente las manos ante la expectativa de los incontables royalties que reportaría su efigie; para los más desesperados, se trata de una cultura opresiva y de la que no se puede escapar, donde la fuerza de la organización social aplasta desde su base los intentos de evasión. En todo caso, la suerte está echada; y el mercado ha triunfado.

El lector, sorprendido o confuso, se preguntará qué lugar ocupa en reflexiones como éstas Patricio Rey. La respuesta, por ponerla de un modo provocativo, es que Patricio Rey es importante para la contracultura, precisamente porque no existe. Lo más rebelde de los Redonditos es haber carecido siempre, y sin concesiones, de Patricio Rey.

Me explico. Los fans versados en la historia del grupo saben que, en los tiempos remotos, antes de editar su primer disco, mucho de la mitología de los Redonditos era literal. En el espectáculo carnavalesco que ofrecían en los pubs de La Plata, los monólogos y los números de danza se intercalaban con la música; la negra Poli se disfrazaba, efectivamente, de polilla, y un personaje disfrazado de sultán repartía entre el azorado público verdaderos redonditos de ricota en un momento del show. Mucho de lo que, desde entonces, se ha transformado en simbólico era material en ese momento. Y, sin embargo, Patricio Rey nunca hizo acto de presencia.

De acuerdo a las versiones que dieron distintos miembros de la banda, Patricio Rey es la energía que se produce cuando tocan, la estructura que organiza el evento (aunque, siempre según el Indio Solari, Patricio Rey puede estar presente aunque haya una sola persona, aunque no estén los Redonditos). Permítanme usar una paráfrasis para explicarlo: como hubiera dicho Immanuel Kant, es una idea reguladora: algo que sabemos que no conocemos y que no podemos afirmar, porque simplemente se escapa al modo de funcionamiento de nuestra comprensión, pero que de todos modos sirve para ordenar de la manera más racional nuestras ideas. De una idea reguladora no podemos decir que tenemos certeza, porque se nos escapa, pero sin embargo no podemos pensar sin ella.

Pensándolo en retrospectiva, es sorprendente que en esa época tan material de los Redonditos, los redonditos estuviesen de verdad, pero Patricio no. La tentación de darle una forma material, de afirmar definitivamente «Patricio es este, es así» o «Patricio dice tal o cual cosa» debe haber sido muy grande; hubiera simplificado mucho la organización, porque ¡qué esforzado es ser seguidor de algo que no alcanza a materializarse! En el segundo disco de los Redonditos, por ejemplo, en cuya contratapa una figura tendinosa y angustiada agita cadenas anunciando la revolución, recuerdo haber creído identificar a Patricio Rey, líder de la revolución proletaria. Pero eso fue un error mío, una interpretación desmesurada por parte del lector; para los Redonditos, ése era un seguidor más, no Patricio.

La filosofía del siglo XX se planteó el problema entero de la civilización en esos términos: la monstruosidad de la razón, el punto en que lo humano descarría, sería el momento aquél en que, por necesidad de seguridad y de consuelo, afirmamos lo desconocido como cierto. Con la inseguridad erradicamos el miedo, pero también imponemos una construcción mental en el lugar de la cosa y abandonamos el propósito original de la razón: poder entender de qué tratan realmente las cosas. Ese desvarío hace que el sujeto, monstruosamente inflado, se tome a sí mismo por lo objetivo. En la contracultura, la sustitución es clara: la negativa radical a tratar con el más acá hace que nos imaginemos el más allá exactamente de la misma manera. Quizás la mejor explicación del potencial revolucionario de los Redonditos, una banda de música y letras difíciles que, sin embargo, movilizó como ninguna a los argentinos, estuviera en la decisión obstinada y consecuente de no darle una forma tangible a la idea. Hay que pensar que, si Patricio Rey hubiera existido, quizás nunca los Redondos hubieran sido los Redondos.