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La guerra moderna, Martín Caparrós
[fragmento de Brasil, el imperio de los sentidos]
(...) El Scala es una masa compacta de gentes y globos divirtiéndose mucho: los globos, sobre todo, aunque hay más gente pisando globos que globos pisando gente. Es una suerte. En la tapa del inodoro hay merca suficiente como para que Pablo Escobar retome su carrera en su mejor momento, pero no hay gente cogiendo a primera vista: todo mito tiene sus exageraciones.
—Estos creen porque se dan vuelta tres días por año son unos transgresores bárbaros.
El tipo se llama Clarice y tiene los labios más carnosos al sur del Amazonas, un slip hecho con casi tanta tela como mi pañuelo y medio kilo de siliconas en cada mama, que revolea con orgullo y denuedo:
—Yo no, yo soy así. Yo estoy disfrazado todo el año, estoy del otro lado todo el año, y no tengo vuelta atrás. ¿Éstos que son? ¿Turistas del reviente?
Clarice ha revoleado sus carnes durante horas y ahora me dice que es un buen trabajo, que se divierte, que le pagan bien y que la gente que va al baile de la Scala es gente fina, así que puede conocer algún novio, o por lo menos un par de clientes.
—Pero siempre gente seria, no algún mulato roñoso.
Es probable que no haya otro lugar donde se revolee tanta carne como en el carnaval carioca. Si el carnaval consiste en revolear carne —despojarse de cualquier idea, volverse impulso, quedar en puro cuerpo—, el Scala sería su templo berretón. Así debían ser las bacanales de los romanos: mujeres desnudas, ingleses desaforados, levantadores de pesas vestidos de odaliscas, japoneses con casi una sonrisa, brasileros pululando, y dos docenas de Tiazinhas. La Tiazinha es el personaje del año, la presentadora de un programa de televisión que aparece con antifaz, bikini, un orto inenarrable y el látigo para sentar la autoridad. Ahora en el Scala los muchachos manotean una nalga, una teta de cualquier Tiazinha para que ellas les peguen con el látigo y ellos suelten grititos de placer con los ojos en blanco.
—La Tiazinha es el símbolo de la política brasilera consagrada tras la última elección: el pueblo, cuando eligió a Fernando Henrique parece haber dicho eso, pégame que me gusta.
Escribió hace poco un sociólogo local. La banda son seis percusionistas, tres trompetas y tres cantores: entre los doce juntan poco menos de mil años y hacen más ruido que el Apocalipsis en versión Ringling Brothers. En un rincón, un inglés blanco como una novia, no mucho más que piel y hueso, cierra trato para toda la noche con un travesti de casi dos metros. Cada una de las cachas del travesti mide lo que el pecho del británico. (...)
La guerra moderna / Martín Caparrós
Editorial Norma / Buenos Aires, 1999
435 páginas / 5 pesos
Librería Lucas, Corrientes 1247
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