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Mamá, dame para un tebeo Notas sobre una selección de tebeos inolvidables y de obligada lectura. Óscar Soler P.
El tebeo, comic o manga —según el idioma que más guste— se encuentra en un segundo plano con respecto a manifestaciones artísticas como el cine o la literatura. En Occidente, éste es un arte popular que no levanta cabeza, pero con seguidores mayoritariamente jóvenes que agradecen las lecturas no escolares. Durante los años ochenta y gran parte de los noventa, los aficionados al cómic fueron fieles a su templo por excelencia: el quiosco (hogar también de las pipas, los caramelos y las revistas porno). Debido a la baja rentabilidad de los cómics, los quioscos fueron abandonando su venta poco a poco. Con ello, las tiendas especializadas se convirtieron en santuarios para los coleccionistas y en el lugar de esparcimiento favorito de cualquier freak que se preciase. Actualmente, encontrar tebeos resulta difícil porque la población occidental no les tiene mucha consideración como lectura para su mesita de luz. En general, el cómic no posee la legitimidad necesaria para difundirse lo suficiente. De todos modos, algunas series lo consiguen, pero no siempre las más interesantes. A pesar de que en Francia o Bélgica los tebeos tienen un reconocimiento mayor, en otros países como España o Alemania la afición es prácticamente inexistente. Las páginas dominicales son la excepción: las viñetas de artistas como Bill Watterson (Calvin & Hobbes), Jordi Lavanda o Maitena, siguen provocando carcajadas entre sus lectores. El desprestigio del cómic reside en el propio término; la palabra tebeo posee un matiz peyorativo que la refiere al ámbito infantil y juvenil. A quien desconozca el mundo de las viñetas le costará creer que un cómic puede hablar sobre el absurdo de la existencia o proclamar el antibelicismo, igual que una novelita de más de quinientas páginas al uso. Ante esta situación, las editoriales españolas han utilizado el concepto «novela gráfica», para ver si mejoran las ventas. Estos volúmenes suelen ser recopilatorios de tebeos —adosados en su interior e incluso con sus portadas individuales— o compilaciones con trabajos excelsos de autores importantes. Con la nueva terminología se consigue realzar las ediciones, y de paso vender en nuevos formatos como el famoso cartoné: famoso por subir el precio del volumen un 50% gracias a la dureza de sus tapas, resistentes a caídas desde estanterías o atropellos de camiones cisterna. Precisamente el precio es otro de los factores que influye en su compra, y no sólo en las novelas gráficas. Con independencia de cómo los llamemos, los tebeos son caros. Cada vez cuesta más decidir si comprarse el número quincenal, la merienda o poner saldo en el teléfono móvil. El euro ha conseguido batir marcas históricas, que en el caso de los cómics los convierte en piezas de coleccionista. Aun así, hay que tener presente que las novelas gráficas, además de modificar las ediciones y sus precios, han cambiado la concepción de sus contenidos. El término novela gráfica genera el prejuicio de que el tocho tiene gran valor, de que la historia que narra es una experiencia inexcusable. El muchacho lo ve allí en la estantería, con una ilustración de portada genial y con unas palabras de Umberto Eco en la contratapa que quitan el hipo. El libro parece que diga «paga y llévame contigo»; y así resulta complicado contenerse. Por tanto, hay un doble juego que cobra mayor sentido con los tebeos: su imagen (de venta) y su narrativa (ilustrada). Los distintos formatos de edición, las ilustraciones de portada y el merchandising —los cromos, los muñecos articulados, etc.— promueven la venta de muchos tebeos. El mundo del cómic sufre, como cualquier otro medio artístico, el interés exclusivo de las editoriales por las ventas. Como consecuencia, la industria fomenta la producción de una gran cantidad de tebeos basura, auténticos subproductos con personajes inhumanos —de tan increíbles— determinados por las características más tópicas: machismo, individualismo feroz y un largo etcétera de ismos afines a la aburrida juventud. Además, con historias que se repiten continuamente y que no escapan del convencionalismo de la ley del más fuerte, de la chica más despampanante y del malo más estúpido. Ocurre igual en el cine o en la literatura: la democratización del arte ha supuesto su prostitución, gracias a las carencias creativas de los autores y de su encariñamiento con las ganancias. Las estrategias de venta y la vocación de los artistas son los antagonistas que determinan que una devore a la otra en la mayoría de los casos. Pese a todo, el ser humano es capaz de romper las estadísticas. Existen multitud de autores que afianzan el cómic como un medio de comunicación tan importante como el resto. Es el caso de dibujantes y guionistas como Alan Moore, Lewis Trondheim, Sergio Aragonés, Max, Art Spiegelman o Jacques Tardi. En definitiva, un buen listado de grandes artistas entre los cuales unos han conseguido el éxito internacional y otros están condenados al olvido. La mayoría de ellos logran obras artísticas cuya calidad se asemejan a la de cualquier otro tipo de narrativa actual. A continuación, algunos autores con que todo neófito podrá aplacar sus prejuicios sobre el mundo de los tebeos. Se trata de algunos manga japoneses y de varias obras de un guionista de moda, Frank Miller. LA AMBICIÓN NIPONA Si tuviese que llevarme a una isla desierta algún tebeo de entre la inmensa publicación japonesa, intentaría por todos los medios cargar a mis espaldas los seis tomos de Akira, los cinco volúmenes de Adolf y, si me apuran, los dieciocho del Doctor Slump. Akira Una de las obras más importantes de todo el mundo (en España, por ejemplo, supuso la entrada masiva de los manga japoneses). Este cómic comenzó a publicarse en Japón en 1982 y nació de las blanquinegras manos del maestro Katsuhiro Otomo para la revista Youngmagazine (Kodansha, Ltd). En España se editó por primera vez en 1991 en una versión a color de catorce volúmenes con tapa dura, que por cierto, ahora está a precio de risa —corran a por ellos—. Su publicación en la península y en el resto de Europa vino condicionada por la versión estadounidense, previa a la europea, censurada y a color. Sobre ello hubo multitud de opiniones, que se resumen en dos: para unos el entintado fue nefasto y para otros no. En cualquier caso, casi todos estuvieron de acuerdo en que lo peor fue la desaparición de viñetas. Por fortuna, hace unos años Ediciones B publicó la versión japonesa en seis tomos enormes, en blanco y negro y por 15 € cada uno. ¿El exitoso argumento de Akira? La vida en el año 2019, tras una tercera guerra mundial. En ese contexto, el gobierno japonés destina fondos públicos para la investigación de personas con poderes psíquicos en potencia. En realidad, el gobierno busca exhaustivamente entre los japoneses y rapta a los susodichos sujetos para convertirlos en su nuevo estandarte social y militar. Tetsuo es su última adquisición: un joven miembro de una banda de motoristas —inolvidables Kaneda y sus amigos— que sufre las burlas de sus compañeros. El grupo de amigos está formado por adolescentes inadaptados que malviven por los suburbios de Neo-tokio y pasan su tiempo sobre el asfalto. En una pelea de bandas, Tetsuo sufre un accidente y los militares aprovechan la situación para capturarle y llevarle a su centro de operaciones. Allí, en un complejo hospitalario descomunal, Tetsuo se convierte en un ser de extraordinarios poderes. Tras los tratamientos, el muchacho consigue escapar de las garras gubernamentales y, con su nuevo poder, desencadena una catástrofe nuclear. Akira ha conservado con el paso del tiempo la jerarquía de obra consagrada, madura y con una carga dramática muy poco común. Así como su guión exhibe seriedad y documentación, los conocimientos de Otomo sobre arquitectura saltan a la vista en una ciudad, Neo-tokio, impresionante. Antes de finalizar la serie, el propio autor se encargó de la dirección de la película: un popurrí muy complejo que dejó pasmado a espectadores y críticos en su estreno el año 1991. Se pretendió resumir en dos horas de proyección lo ocurrido durante toda la serie. Resultó imposible. Además, el final de la película influyó decididamente en el final del tebeo; ambos diferentes pero abiertos a las posibles interpretaciones del lector. Adolf La última obra de Osamu Tezuka es más ambiciosa que la historia de Otomo. El autor se atreve con una trama que se inicia en los juegos olímpicos del año 1936, sigue el transcurso de la segunda guerra mundial y culmina con el inicio del conflicto palestino-israelí. Casi nada. Adolf narra la historia de tres personajes cuyo nexo en común es su nombre. Por un lado Adolf Hitler, quien, obviamente, es un personaje esencial en la obra, aunque apenas protagonice algunas páginas del cómic. Adolf Kamil es el segundo tocayo, un muchacho que vive en Japón y soporta el acoso de sus compañeros de colegio por su condición de judío. Por último, Adolf Kauffmann, de madre japonesa y padre alemán, que se ve obligado a abandonar Japón para ingresar en las filas de las Juventudes Hitlerianas. El narrador de la historia es Toge Sohei, un periodista japonés involucrado en un turbio asunto de Estado. Durante su estancia en las Olimpiadas celebradas durante el Tercer Reich, matan a su hermano. Toge investiga lo ocurrido y descubre en su camino un complot contra Hitler: su hermano había conseguido unos documentos oficiales que demostraban la ascendencia judía del Führer. Ahora es Toge quien tiene dichos papeles y debe huir del despliegue de agentes que pretende liquidarle. Con esta premisa, Tezuka consigue hilar de manera magistral la historia del periodista con las de los tres tocayos. Osamu Tezuka fue el creador del manga, y por tanto de la concepción que actualmente se tiene de éste. Quizás por ello en Japón se le conoce como «Manga no Kamisama» (Dios del manga), lo cual dice mucho. Adolf fue su último trabajo —murió poco después— y ha sido publicado en España por Planeta De-Agostini en cinco tomos (9 € cada uno). Entre sus obras más importantes destacan también Black Jack, Buda, Astroboy o Fénix. La mayoría han sido publicadas en España en los últimos años. Dr. Slump En 1980, Akira Toriyama revolucionó el sentido del humor con su obra el Doctor Slump. En enero de ese mismo año comenzó su publicación para el semanario japonés Shônen Jump. Nadie pensó que se convertiría en una historia de 18 volúmenes de 200 páginas cada uno. La serie concluyó en 1985 y tuvo su correspondiente serie televisiva apenas un año después de su inicio. En España, Doctor Slump se dio a conocer con la emisión de la serie en TV3 —el canal autonómico catalán— y que pudo verse en gran parte de la zona levantina de la península. El Doctor Slump quizás sea uno de los tebeos infantiles de mayor complejidad artística. Quienes lo conozcan pensarán que bromeo; en absoluto. La sencillez de sus dibujos y, a la vez, la impresionante caracterización de los personajes ayudan a recrear historias sin tópicos, repletas de situaciones surrealistas y entrañables. Las historias se desarrollan en una pequeña aldea, La Villa del Pingüino, donde los lugareños viven toda clase de situaciones absurdas, siempre llenas de humor. La aldea es una región ajena al resto del planeta, donde los sorprendentes inventos del doctor Sembei, las excursiones escolares y las visitas de motoristas o mafiosos de la gran ciudad, consiguen la sonrisa de cualquier lector. El personaje principal es Arale, una niña robot de fuerza sobrehumana creada por el doctor Sembei. Parece que la intención del doctor era construir una criada que supiese cocinar, hacer punto de cruz y adularle todo el día; sin embargo, le salió una cría contestona con muchas ganas de tomarle el pelo. El apartado psicológico de los personajes es sobresaliente. La mayoría de vecinos de la aldea son unos hipócritas. La excepción es Arale, icono de la inocencia, ya que los demás se distinguen por sus miedos, su egoísmo y sus rarezas. Además, algunos son caricaturas de personajes del mundo del cine como por ejemplo, el peluquero —en realidad, Harry el sucio—. La lista de protagonistas es interminable; pero algo los caracteriza: su presencia suele ser ridícula o incluso trágica: Un buen ejemplo es el motorista que para mantenerse con vida no debe bajar nunca de su moto, y mucho menos pararla. Por supuesto, Toriyama previó que el personaje llevase la entrepierna al aire, para que pudiera hacer sus necesidades en marcha. Otro caso clínico es el del doctor Sembei: su amor por la señorita Midori Yamabuki —y la obsesión por sus braguitas— le provoca gran sufrimiento durante la mayor parte de la obra. FRANK MILLER El mejor guionista del cómic estadounidense se llama Frank Miller. Éste debe su prestigio a su colaboración para uno de los superhéroes de menor éxito a principios de los ochenta: Daredevil, el hombre sin miedo. Los cinco números que escribió Miller en 1983 para Daredevil y la media docena del año 1987 le valieron el reconocimiento internacional. Dichos cómics están recopilados por Comics Forum en dos volúmenes imprescindibles: Acabado y Born Again. Poco más tarde, Miller consolidó su trono con Batman: el regreso del caballero nocturno y su útima gran obra, Sin City. Ambas también publicadas en España. Daredevil Daredevil es en realidad Matt Murdock, un abogado vocacional que por accidente queda expuesto a la radiación de unos materiales químicos. Dicha radiación le deja ciego pero también amplifica el potencial del resto de sus sentidos. Murdock cree profundamente en la ley y en las sentencias jurídicas, pero en sus ratos libres se toma la libertad de enfundarse el disfraz de superhéroe y agiliza los trámites judiciales a mamporrazos. Esta contradicción sirvió en bandeja a Miller la posibilidad de hundir al personaje en la locura. En Acabado, Daredevil lucha contra los malos de turno, pero fundamentalmente se enfrenta a sí mismo. Sabe que no puede esforzarse en la abogacía y al mismo tiempo ser un penoso modelo ante la sociedad. De ahí que en el último número del álbum, Ruleta, se la juegue con un revólver en una sala de hospital junto a un enemigo lisiado. A pesar del final trágico de la historia, Daredevil volvió a las andadas de manos de otros guionistas. Que Daredevil perdiera el sentido como superhéroe vengador, no quitaba para que fuera un éxito de ventas y que Marvel Comics lo aprovechase. Años más tarde, con Born again, Miller consiguió la que quizás sea su obra más interesante hasta la fecha. Murdock volvió a convertirse en un ser de carne y hueso, con una historia terrible donde el personaje es aplastado por su archienemigo Kingpin. En sus páginas, Miller narra la caída y la resurrección del héroe en clave católica: una ex novia de Murdock ejerce la función de Judas cuando vende la identidad secreta del superhéroe por un poco de heroína. Pronto la información llega a oídos de Kingpin, quien mediante el chantaje y los sobornos consigue que bloqueen las cuentas bancarias de Murdock y que éste pierda su puesto de trabajo. Como es lógico, la carrera y la vida de Murdock se van al carajo: pierde su hogar, su identidad y su raciocinio —prácticamente loco de atar—. Kingpin le lleva a la ruina personal más absoluta, hasta hundirle, literalmente, en el East River. El protagonista queda derrotado y desposeído de todo, excepto de la paranoia. Sin embargo, al fin, el héroe renace de sus cenizas: Daredevil muere, pero Murdock resucita. Batman Daredevil no fue el único intento de asesinato de Miller. En Batman: el regreso del caballero nocturno, casi lo consigue de nuevo. En esta ocasión fue DC Comics la editorial que publicó esta obra genial, en 1986. En España tardó un poco más en llegar y hoy día aún resulta complicado encontrar esta novela gráfica: se descatalogó a los cinco meses de su primera edición, en 2001, y desde entonces se ha editado en varias ocasiones. La edición corre a cargo de Norma Comics, que la presentó en un tomo de 224 páginas con tapa dura, ilustraciones del autor y un final inédito. En esta ocasión la historia se centra en Bruce Wayne, un viejo retirado que se encuentra en el aprieto de volver a las andadas con la capa y el antifaz. La trama se desarrolla en medio de una ola de calor y con la llegada a Gotham de una banda callejera que responde al nombre de Los Mutantes. Mientras Batman investiga, Reagan gobierna el país obsesionado por el frente rojo y la mayoría de superhéroes han desaparecido. Se trata de un contexto donde la figura de Batman es la de un criminal: el gobierno estadounidense enfrenta a él por considerarle un enemigo público, peligroso y contrario a sus ideales. De hecho, es increíble lo interesante que resulta ver a Batman con un corazón al borde del infarto, deambulando por las calles y las azoteas de Gotham. Una de las escenas cumbres de dicho surrealismo es la lucha de Batman contra Superman, defensor del neoliberalismo, guardaespaldas personal del presidente y del régimen estatal. Evidentemente Batman no tiene nada que hacer contra el superhombre de Criptón, pero la escena contiene una carga de tragedia pocas veces vista en un cómic de superhéroes. Sin City Este año, Robert Rodríguez ha estrenado la película, con un guión fiel al tebeo. Miller publicó el cómic original en 1992, y éste supuso otra vuelta de tuerca a su siniestro mundo. En este caso, el dibujo y el guión son obra suya y se nota la libertad que tuvo para elaborarlos. Las páginas de Sin City cuentan historias turbulentas dibujadas en una escala de blancos y negros absolutos, sin medias tintas. Todas las historias se desarrollan en la Ciudad del Pecado y tienen como protagonistas a criminales o policías hastiados por la corrupción. Sin City y Sin City: ese cobarde bastardo son las obras fundamentales. El resto son entretenidas, pero no aportan más que nuevas maneras de matar, morir o incluso suicidarse. En el cómic original se narra la historia de Marv, un tipo de enorme constitución a quien se acusa de asesinar a una prostituta. La mataron junto a él, en la cama, bajo un silencio terrorífico. Marv despertó junto al cadáver, y con la policía a punto de asaltar el motel para atraparle. Tras escapar, el protagonista decide averiguar quién está detrás de aquello y ajustarle las cuentas. Cuando se da cuenta de lo lejos que ha llegado, ya es demasiado tarde. En Sin City: ese cobarde bastardo, la historia tiene los mismos tintes dramáticos: Hartigan, un policía a punto de retirarse y enfermo del corazón, mata al hijo de un importante senador cuando éste pretendía violar a una niña pequeña. Desde ese momento, la vida de Hartigan se convierte en un calvario: tras ser torturado, le encierran en la cárcel acusado falsamente de pederastia, lo cual provoca que los suyos le repulsen. Por si fuera poco, sabe que el violador no murió en el tiroteo y que tratará de encontrar a la joven de la que no pudo abusar. Es evidente la predilección de Frank Miller por las historias policíacas, los ambientes sórdidos y los personajes acabados. Enemigo de los finales felices, el autor ha reflejado durante toda su trayectoria un escepticismo que ha creado un universo único dentro del mundo del cómic.
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