Texto inédito de Federico Jeanmaire,
perteneciente a su próxima novela, Europa

Malasaña era una fiesta aquel abril de mi llegada al paraíso. La gente era una fiesta. Y yo también, claro. El barrio se iba llenando desde la tarde y corrían las cañas y los vinos y los porros y se hablaba a los gritos o se escuchaba una guitarra, que sonaba desafinada desde algún rincón, muy lejos, en el más perfecto de los silencios. Y también se bailaba y se saltaba y había un momento, justo al principio de la noche, en el que invariablemente toda esa libertad no alcanzaba, parecía poca cosa, una nada, y entonces algunos chicos o algunas chicas no podían soportarlo y se desnudaban y se trepaban desnudos al monumento a la liberación de la ocupación napoleónica que se erguía en el centro de la plaza y se quedaban ahí arriba durante horas y el monumento cobraba vida y también creo que, de esa desnuda manera, tomaban cuerpo conceptos tan imposibles de definir como independencia o libertad.

Se festejaban las palabras.

Se las festejaba con los cuerpos. Y con todo el cuerpo, al mismo tiempo.

La libertad.

Malasaña era el centro del mundo durante esos días, durante esas semanas. O el origen del mundo, quizá. Pero no por eso el barrio se clausuraba en sí mismo. No. De ninguna manera. Sabía expandirse a partir de la ternura de sus circunstanciales habitantes hacia otros barrios del universo. La plaza Colón. El Retiro. Vallecas. El Batán. Casa de campo. Chamartín. Los jardines infinitos del Palacio de Oriente. Porque si bien es cierto que sobraban muchas cosas, muchas, es igualmente cierto que algunas otras escaseaban. Las pelas, por ejemplo. Y como escaseaba el dinero y sobraba el deseo y las ganas y los sexos no podían esperar a que llegaran tiempos de mayor bonanza, cualquier espacio verde más o menos deshabitado y con poca vigilancia, se convertía por esos días en un improvisado y perfectamente espontáneo homenaje al amor humano.

La libertad.

Malasaña, o mejor dicho Madrid en su totalidad, era la libertad por esos días. La palabra se las había ingeniado para tomar la forma de una ciudad. O para tomar la ciudad, nomás.

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Lola estaba llena de ilusiones. Había nacido en Santiago de Compostela y soñaba con la independencia de Galicia. No le alcanzaba con la autonomía que le prometían. La autonomía le parecía una nada, una insignificancia. Una porquería inventada desde las oficinas madrileñas, la autonomía. Y también soñaba con hacer muchas cosas de su vida y con ser feliz mientras hacía esas muchas cosas, creo. Era fuerte. Muy fuerte. Robusta. Poderosa. Y la primera de mis noches de libertad, en Malasaña, me tomó de un brazo y me llevó por una de las varias calles angostas que salían de la plaza del Dos de Mayo hacia alguna parte.

Estaba repleta de ganas, Lola.

Y yo, claro.

Entonces anduvimos por ahí y al rato las calles empezaron a ensancharse y las ganas no paraban de aumentar a medida que caminábamos y las calles se hacían cada vez más anchas. No paraban de aumentar y de multiplicarse en manos y en cuerpos que no podían ni querían dejar de rozarse. Eso hasta que en algún momento detuvo sus manos y me preguntó, con una sonrisa absolutamente gallega dibujada en la cara, si yo ya conocía la Plaza Colón.

No.

Le dije que no.

Le tuve que contestar que no, que no la conocía, que había llegado hacía muy pocos días de la Argentina, que. Esta noche la vas a conocer, bonito, me interrumpió con un beso interminable y muy cargado de su lengua. Después hizo un breve silencio, me miró profundo a los ojos y me juró que también iba a conocerla a ella en la Plaza Colón. Y pasó así. Tal cual. Como me lo había jurado. Pasó que las conocí a las dos juntas, casi al mismo tiempo. Y también pasó que nunca más las pude ver o imaginar o recordar como geografías separadas.

Nunca más.

Ni siquiera hoy, esta noche, acá, después de tantas noches.

Lola y la Plaza Colón.

Ahora follemos, follemos aquí mismo, chaval, me gritó al oído no más cruzar el Paseo de la Castellana. Y entonces follamos. Follamos de pie, con furia, medio salvajemente, apoyados contra uno de los monolitos de piedra que estaban esparcidos por la plaza. Follamos a pesar de la mucha luz y a pesar de la vigilancia, también. O sin pensar en eso. No sé. Sin pensar en casi nada. Dejándonos llevar por las impostergables necesidades de nuestros cuerpos. Follamos hasta que caímos al piso de piedra y entonces nos quedamos ahí sentados, hablando de cualquier cosa, de nosotros, de los grabados españoles que, sobre la cara del monolito en el que hacía apenas un rato nos habíamos apoyado tan salvajemente para follar, imitaban o mejor falsificaban dibujos indígenas americanos. Y también hablamos de la Argentina y de sus militares de mierda, de Galicia y de su atraso y de los varios culpables de ese atraso. Hablamos y hablamos hasta que se hizo de día y con el día volvimos a follar, pero esta vez lo hicimos desde una ternura infinita, sin tantas necesidades desesperadas, llenos de paz, con la alegría de sabernos parte de un mundo que irremediablemente iba a cambiar con la ayuda de nuestros sexos tan juntos.

Desayunamos en Aluche, el barrio en donde ella vivía. Desayunamos esperando a que abriera un centro libertario. Y esperando también a sus amigos que todavía no habían vuelto del Dos de Mayo o de algún otro sitio adonde se los habría llevado la noche o el amor. Estaba fresco, recuerdo, y abrazados compartimos el único carajillo de la mañana. No necesitábamos más para ser libres. Nada más que ese carajillo bien caliente.

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Casi dos años más tarde, exactamente el veinticuatro de marzo de mil novecientos ochenta y uno, volví de noche a la Plaza Colón.

Sin Lola.

Volví para participar en un acto de repudio a la dictadura militar que justo ese día cumplía cinco años de oscuridad y de muerte. Cinco años larguísimos, interminables.

El sitio en el que se hacía el acto era una especie de anfiteatro subterráneo que estaba ubicado debajo de los monolitos de piedra. El Centro Cultural de la Villa de Madrid, creo que ése era su nombre. Y se entraba a él esquivando por el costado derecho unas cataratas muy civilizadas. Unas cataratas muy poco americanas, quiero decir. Ahí nomás, a escasos metros del ruido infernal que hacía el agua al caer, lo vi a Julio Cortázar por primera vez en mi vida. Era un gigante barbudo y risueño. Un chico disfrazado de adulto, en algún sentido. Con un traje negro que parecía quedarle grande y toda la paz en los ojos. Me gustó mucho su cara y también me gustaron mucho sus movimientos lentos, pausados, armónicos. Y, sobre todo, me gustó conocerlo en esa plaza que era tan mía y de Lola, tan libre y tan llena de cuerpos cogiendo.

Luego entré.

Había una multitud.

Y los discursos y las canciones no hacían más que potenciar la exaltación de cada uno de los que poblábamos el lugar. De cada uno de nosotros. Hasta que, de repente, se apagaron todas las luces del escenario y apareció Cortázar, solo en medio de la oscuridad, con apenas una luz mínima que le enfocaba la cabeza y muy poco más. Se quedó un rato en silencio mirando alternativamente al público y al piso. Esta vez como un chico al que lo habían empujado a un espacio de grandes, a un espacio desconocido y en el que le costaba encontrar los juguetes. Se quedó escuchando los gritos de la multitud quizá sin animarse a interrumpirlos. Era la segunda vez que lo veía en mi vida, la primera había sido apenas un rato antes, muy cerca de las cataratas madrileñas. Y claro, no lo sabía, pero también iba a ser la última.

Arrancó en un tono de voz muy bajo y siguió en ese mismo tono a lo largo de los quince o veinte minutos en los que habló. Ninguna palabra más fuerte que la otra. Ninguna. Y eso muy a pesar de que al principio nadie parecía escucharlo y yo temí que se cansara de nosotros y se escapara para siempre por algún costado del escenario. Pero no. De a poco la multitud se fue apaciguando y empezó a escucharlo. Hablaba de la oquedad de algunas palabras, del vaciamiento de significación que habían sufrido en boca de los militares. Palabras como patria o revolución, por ejemplo. Finalmente llegó a la palabra libertad. Y ahí se quedó un rato. Se quedó reflexionando sobre la libertad en el mismo tono de voz que al principio, hasta que en un momento pareció preguntarse a sí mismo, ahí tan solo y tan rodeado de gente, si del vaciamiento de significación de la palabra libertad o de la palabra liberación, no habíamos también participado un poco todos.

Todos.

Habló de que la vida era un asunto único, sin compartimentos, que no había una vida pública y otra más privada, no, sólo había una y, en esa única vida, si gritábamos por la liberación desde una tribuna cualquiera, no podíamos, al volver a nuestras casas, tratar a nuestras parejas o a nuestros amigos como esclavos. No podíamos hacerlo sino a riesgo de participar en el vaciamiento de significación de las palabras. Y a mí me pareció que la Plaza Colón era mía y de Lola. Más que nunca. Pero que, a partir de esa noche, también era un poco de Julio.