Invitación al viaje

El sueño del hacedor de mapas


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Louis Antoine de Bougainville


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Destino final: Cachi

Bangkok desparramado

Brasov x 7


 
 

 

viaje por rumanía

Brasov x 7

 

Alberto Torres Blandina
albertukituk@yahoo.es


 

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palinka. baserica neagra. toni gatlif: gadjo dilo. vlad tepes. tampa. polenta. p-ta unitii. lei. johannes honterus. transilvania. cioran: la tentation d'exister. bran.

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La ciudad ha amanecido nevada. La observas desde la ventana del hostal. Las colinas blancas. Los tejados blancos. Las calles blancas todavía no ensuciadas por coches y caminantes. Sales emocionado al exterior. Nadie parece sorprendido por la nevisca. Con botas de nieve y gorros han continuado su ritmo cotidiano. Los mayores llevan sombreros de piel típicos de las repúblicas ex soviéticas. Los más jóvenes gorros de algodón. Un hombre saca del bolsillo interior de su abrigo una pequeña botella de vodka y echa un trago. Una gitana va de tienda en tienda vendiendo escobas hechas con ramas. Entras en un restaurante y desayunas viendo nevar. Ayer el camarero fue muy amable. Por eso has vuelto. Hoy te trata con brusquedad. Ya te estás acostumbrando a los modales de este país, así que te lo tomas con estoicismo. Te preguntas si se debe a que no le dejaste propina. Decides no volver. Cuando vas a salir unos niños entran empujándose y se ponen a cantar delante de ti. Mientras cantan te golpean con ramas de olivo. Es Navidad. Les das lo que tienes suelto y riéndose buscan a otro cliente a quien pedir el aguinaldo. Sales. El camarero ha comprado una de esas escobas y barre la nieve de la puerta. No te dice adiós.

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Piata Sfatului. Corazón de la ciudad. Te detienes en su centro a tomar algunas fotos. Notas que te observan al pasar. Recuerdas que no has visto a ningún turista en la ciudad. Miras a tu alrededor. Primera foto: el círculo de casas bajas que rodea la plaza, de todos los colores: rosa, amarillo, naranja, verde. Segunda foto: las altas montañas que se elevan imponentes sobre la ciudad. Caminas hacia la Iglesia Negra. Te detienes. Tercera foto. Se llama así por el incendio que le imprimió ese color oscuro. Sigues más allá. Hacia piata Unitii. Un perro te sigue. Las calles se hacen empinadas. Cuarta foto: la ciudad sigue en las colinas. Se mezcla con los abetos y las hayas. Asciendes por la ladera del monte Tampa. En la cima unas letras gigantescas: BRASOV. Pero no llegarás a la cima. El perro camina a unos metros por detrás de ti. Vuestras huellas son las únicas sobre la nieve. Un parque bordea la falda de la montaña. Quinta foto: una panorámica de la blanca ciudad con un perro desenfocado.

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Las afueras de Brasov tienen la fisonomía propia de la Europa comunista, y más concretamente de la época del dictador Ceausescu. Moles de edificios grises sin encanto alguno. Ventanas pequeñas. Ni siquiera balcones. Calles anchas y rectas. Colores que van desde el asfalto satinado hasta el hormigón couché. Construcciones proletarias, pragmáticas, que hoy en día parecen una metáfora de la deshumanización de la sociedad moderna. Te preguntas si serías capaz de vivir en un lugar así. Coges el bus para volver al centro de Brasov. Te sorprende un grupo de turistas. Van con ropa de esquiar. Para ellos Brasov es un lugar de paso antes de llegar a las estaciones de esquí de los Cárpatos. Aparece ante ti el Parque Central. Respiras aliviado porque esta ciudad haya conservado su centro histórico intacto. Bucarest no tuvo tanta suerte, te dices. Por eso saliste tan rápido de allí.

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Es nochevieja. Revelion. Compras un ticket para una fiesta en un típico restaurante bajo tierra. Llegas puntual. Todos son rumanos. Eres un extraño. Te lo hacen saber. Te miran y se preguntan: ¿qué hace este extranjero en esta fiesta? No saben que los entiendes, que el rumano se parece mucho al español... Si al menos te lo preguntaran a ti, piensas... Pero adivinas que eso no va a pasar. Descubres una pareja de italianos al fondo. Están tan aislados como tú. Cruzáis sonrisas de complicidad pero estáis demasiado lejos. Las horas pasan y los camareros sólo han sacado aperitivos y bebida. Tú no has conseguido hablar con nadie. Sólo bebes vino y observas aburrido y cada vez más borracho. Los clientes también están borrachos y bailan entre las mesas. Te encanta cómo bailan. Mezclando la modernidad con sus pasos tradicionales. Llega la hora. La gente coge una copa de champagne y sale a la calle a festejar el año nuevo. Crees que te han tomado el pelo. Demasiado dinero por unos aperitivos y un par de botellas. Las Doce. Petardos. Fuegos artificiales. Copas contra el suelo. Alguien te quita la copa y la estrella a tus pies. Le gritas. A tu alrededor todos lo hacen. Es su forma de felicitación. Has gritado a la única persona que te ha mostrado un gesto amable. Vuelves al restaurante. Piensas en coger tus cosas y volver al hostal. Descubres que es ahora cuando empiezan a servir el primer plato. Sonríes. No tienes hambre. 

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En Transilvania no hay vampiros. No hay souvenirs ni camisetas ni pins para la nevera con la imagen del conde Drácula. La ruta de los vampiros la inventaron las agencias de viajes del extranjero. Visitas la zona. Las aldeas de los Cárpatos. El encantador pueblo donde nació Vlad Tepes. Totalmente medieval. El castillo de Bran donde nunca estuvo Drácula y que curiosamente es el único lugar que explota este mito. Supones que más de uno se habrá llevado un chasco viajando a la legendaria Transilvania. Vuelves a Brasov en un viejo autobús. Comienza a anochecer. La silueta fantasmagórica de los robles se recorta contra el cielo rojizo. Un carro tirado por caballos asciende una colina. Cuando llegas ya ha anochecido. Tu hostal está junto al cementerio al lado de la iglesia de San Nicolás. Una gran cruz de piedra. Detrás la luna. Hay luna llena y algunas nubes la cruzan como en una mala película de terror. ¿Qué importan los pins y los ceniceros? Tal vez nadie se vaya defraudado a fin de cuentas.

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La estación está abarrotada de gente. Las colas van haciéndose confusas a medida que te acercas a la ventanilla. Si tardas demasiado en avanzar alguien se coloca delante. Si llegas a la ventanilla y te entretienes en pedir alguien te aparta de un empujón o pide gritando por encima de tus hombros. A veces ambas cosas. La vendedora les atiende. Te ignora sin ningún pudor. No hablas rumano. Es razón suficiente para ignorarte. Intentas explicarle lo que quieres en inglés. Te mira. Atiende a una señora que aparece a tu lado. Sigues intentándolo. Te pide que te apartes para dejar pasar a la gente. Le dices que necesitas comprar el billete. No te entiende. Tampoco lo intenta. Pone mala cara. Te hace sentir incómodo. Cambias de ventanilla. Sabes que será lo mismo.

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El tren se aleja de Brasov. Tu destino está cerca, pero sabes que tardarás varias horas en llegar. Los trenes no superan nunca los 25 km/h. No importa. Observas por la ventana los campos de maíz desiertos, las colinas amarillentas, los árboles pelados, las aldeas de tejas oscuras. En primavera será una vista preciosa, pero ahora es un poco desoladora. Pierdes la vista por los caminos que se alejan entre colinas. En estos días has andado mucho por ellos. No se conoce Rumanía si no se pierde uno por esos caminos. Una familia de gitanos atraviesa el vagón. Es fácil reconocerlos por la ropa: por sus faldas a flores rojas y sus pañuelos en la cabeza. Pero sobre todo por el olor. Parece que no son muy amigos del agua. Sé que buscan un vagón vacío para ocuparlo. Saben que nadie se sentará ya en él cuando lo hagan. Después pasearán por el tren pidiendo dinero. Los niños cantarán. Las mujeres mostrarán a sus bebés lamentándose. Adolescentes cejijuntos pasarán la gorra con mirada intimidatoria. Y al final se bajarán en cualquier estación a esperar otro tren. Un joven a tu lado te pregunta algo. Le dices que no eres rumano. Ríe. Se dirige a ti en inglés. Se llama Patricio. Te alegras de tener al fin una conversación con alguien. Él también está deseoso por hablar contigo: fútbol, cine, música, ciudades que no puedes perderte. Cree que eres muy valiente por viajar fuera de tu país. Le dices que Rumanía está muy cerca de España. Cerca en kilómetros, en lengua y en cultura. Somos europeos, ¿no? Después lo piensas mejor. Es curioso. Nunca te sentiste tan aislado y perdido en América ni en África ni en Asia. Tal vez no son los kilómetros ni la lengua ni la cultura lo importante para sentirte como en casa. Te despides. Patricio ya ha llegado a su destino. Te he dicho que va a pasar unos días en casa de una amiga de la Universidad. Intuyes que no es sólo una amiga.

 

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