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Bangkok desparramado
Alberto Olmos
escritorfantasma@latinmail.com

Cuando se va de viaje uno siempre lleva dos cosas: maletas y prejuicios; y normalmente las maletas suelen ocupar mucho menos espacio que los prejuicios. El prejuicio de curso legal sobre Tailandia es que este país constituye básicamente un caladero sexual, un paraíso del placer físico donde los europeos y estadounidenses aprovechan su ventaja económica para disfrutar de sexo barato y, a menudo, ilegal. Bajo este prisma, algunas de las cosas que pueden verse en Bangkok, y que en otros países quizá no despertarían suspicacias (o ni siquiera serían percibidas), resultan ciertamente desasosegantes. Por ejemplo, se ve a mucho varón maduro (entrado en los cincuenta) hablando con las adolescentes que atienden las tiendas de suvenirs. Por supuesto, pueden estar charlando sobre la manufactura tailandesa tradicional, sobre el descuento que necesariamente ha de aplicarse a un precio ya de por si irrisorio o del clima; pero hay algo en la mirada de ese señor de Ohio, de ese hombre de Copenhage, que hace pensar en intenciones zalameras más que comerciales; o quizá es mi forma de mirar la que está corrompida.
También se ven muchas parejas mixtas, formadas por un chico rubio venido de California y una joven tailandesa. La joven tailandesa sonríe porque en Asia (sí, en toda Asia) no parece haber nada mejor para una mujer que mantener un noviazgo (y no digamos ya casarse) con un súbdito de los Estados Unidos. Pero esta situación, en Tailandia, puede malinterpretarse, llenarse de barro y llevar al turista pío a volver a casa hablando de cuántas putas ha visto en Bangkok.
Lo que yo he visto en Bangkok, sin embargo, ha sido una cantidad casi insoportable de vida. Y pienso que la sensación de estar asistiendo a este carnaval de pasiones y libertad deriva precisamente de la pobreza del país y, sobre todo, de su falta de civilidad. El trafico, por ejemplo, es satánico en la capital tailandesa. No sólo los taxis y motocarros circulan por las calles de la ciudad como bolas en un petaco, ofreciéndose a los turistas; además, los autobuses y coches particulares tienen una deslenguada necesidad de hacerse presentes mediante bocinazos, frenazos en seco y acelerones improcedentes. El ruido urbano que tanto despeina a los occidentales (y que hasta les hace manifestarse por la calles con una indignación que ni Robespierre) aquí da igual. Y también importa poco adelantar por el arcén, estrechar una acera ya de por sí angosta con decenas de puestos de comida, cocinar rodeado de moscas, convivir cotidianamente con cientos de perros abandonados, con cucarachas, con ratas. Y es de esta promiscuidad con lo infecto, de esta (en definitiva) apuesta por la muerte, de donde procede la sensación fundamental que al menos yo me he traído de Bangkok: la vida está en la calle. Sí, mientras en Madrid o Tokio todo está cada vez más ordenado y, por lo tanto, nadie parece un ser humano sino más bien una función andante, en Bangkok se desparrama la libertad por el camino de la ausencia de reglas, porque en la mente de toda esa gente sólo parece haber una idea: sobrevivir.
EL TURISTA FELIZ
Otro prejuicio que me acompañó a Tailandia fue el del turista como idiota integral. De hecho, Tailandia puede que sea el lugar del mundo con más turistas íntegramente idiotas. Sin embargo, por una vez, me dejé turistear, me puse pasivo y fui el turista más idiota del universo. Y me encantó. Bangkok está tan preparada para recibir turistas que, si te descuidas, no das uno sólo paso fuera de las zonas recomendadas. Lo cual no es mala idea, porque las zonas recomendadas son fascinantes. El famoso Palacio Imperial, áureo y espinado, un poco confuso de corredores, puede reconciliar a más de uno con la arquitectura, disciplina artística cada vez más plúmbea e insoportable. El mercado acuático, a una hora en autobús de Bangkok, a pesar de alojar más fotógrafos aficionados que vendedores de comida, resulta una experiencia casi actoral, como si de repente Francis Ford Coppola le hubiera empujado a uno a interpretar un papel de extra en la escena de ambientación más trabajada de su película. Por no hablar de los elefantes, esas bestias domadas para servir de porteadores de sonrisas, que aunque uno sabe que no está bien subirse a ellos, que no es cool, que es un poco paleto y que encima el elefante parece triste y caquéctico, pues no deja de ser divertido.
Estoy convencido de que no he visto Bangkok, de que no conozco esta ciudad y de que hablo de la epidermis de un país. Bajo la piel quizá haya tumores, sangre negra, huesos rotos. Seguro que los hay. Yo sólo sé que, después de 24 horas en Bangkok, ya había decidido que quería volver.
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