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Destino final: Cachi
María Taltavull
mtaltavull@ciudad.com.ar 
I
Cuando llegué a Salta no tenía muchas expectativas. Venía de la imponencia de la Patagonia y pensaba que nada que tuviera que ver con la naturaleza podría impactarme. El aeropuerto me resultó desolado aunque no más que otros aeropuertos de provincia. Y en el camino hacia el hotel ningún detalle me pareció prometedor: bastante aridez, algunos cerros aislados. Pero sí me gustó la tonada cálida de los salteños al pronunciar las «elles» y las «ceaches» que descubrí al escuchar al taxista.
Sólo una noche pasaría en Salta capital antes de partir a Cachi. Así que con la avidez del que está de paso y lo quiere ver todo —mandato ridículo que debe de estar en los genes— salí a recorrer la ciudad en una aplastante y típica tarde de verano del norte argentino.
De a poco me fui despojando de la aceleración urbana y me mimeticé con el ritmo local: acorté la longitud de los pasos y me paré en cada rincón donde predominara la sombra. Iba controlando con religiosidad el esquema del centro histórico —no llegaba a ser un plano— que había caído en mis manos junto al folleto de un protector solar. Inevitablemente todas las calles llevaban a la plaza. Y ahí terminé —como no podía ser de otra manera—: rodeada del Cabildo, la Catedral y la Recova. El paisaje colonial asomaba tras los reciclados que intentaban opacarlo, la presencia indígena también luchaba por un sitio protagónico con sus artesanías a veces artesanales, a veces chinas. Mientras McDonald's, el Banco de Boston y otras modernidades se jactaban de lugares en primera fila entre las arcadas recién pintadas de la Recova. Sin duda la ciudad se disfrutaba mejor por las calles angostas y frescas de los alrededores.
De vuelta hacia el hotel comencé con la investigación sobre Cachi: supe que la interminable subida al pueblo no guardaba relación directa con los 160 Km. que la separan de la ciudad de Salta. Hice una minuciosa recopilación de datos. El farmacéutico, la vendedora de alfajores, la chica de la casa de artesanías y el recepcionista del hotel —y alguien más que ahora no recuerdo— coincidían en que ascender hasta el altísimo y escondido pueblo de Cachi demandaba poco más de cuatro horas.
II
Por suerte, o por desgracia, el ómnibus logró el record de tres horas y media: surfeando los caminos de cornisa que por la zona insisten en llamar rutas. Al principio los precipicios me generaron un vértigo similar al de la montaña rusa, pero pronto caí en la realidad: aquel no era un juego con pruebas de seguridad y no me hallaba precisamente en un parque de diversiones.
Me reconfortó saber que no era la única alterada. Muchos de los pasajeros habían apelado a distintas drogas para calmar la sensación de náusea y desesperación; varios incluso ofrecían ansiolíticos e hipnóticos como en una última cena donde ya todo se comparte. Hubo una expedición, por parte de algunos que se autoproclamaron voceros del bien común, para increpar al conductor a reducir la velocidad. Nunca supimos si este buen hombre hablaba algún idioma, hacia gestos con la cabeza y seguía en su ritmo, inmune al pánico generalizado. Ya todos drogados o calmados porque los precipicios no se veían —estábamos rodeados de nubes—, nos entregamos juntos a las oraciones o maldiciones según las respectivas creencias personales —en el murmullo general resultaban casi indistinguibles unas de otras—.
El paisaje, si hubiera podido disfrutarlo, era insólito. Cada vez que la pegajosa masa de nubes se deshilachaba, podía ver desde oasis verdes con cabras en las laderas, enormes rocas que simulaban un paraje lunar, hasta la señorial presencia de cardones que custodiaban los valles como grandes espantapájaros. Según los nombres del mapa, se trataba de la Cuesta del Obispo, el Valle Encantado y el Parque Nacional los Cardones.
Finalmente el camino desistió con sus curvas y contra curvas y llegamos a la recta de Tin-Tin: un paraíso rectilíneo frente a la precordillera de los Andes. Y allí, con una nitidez inequívoca, sin darnos tiempo siquiera a acomodarnos en los asientos, aparecía el blanquísimo pueblo de Cachi enmarcado por algunas plantaciones de vides.
Con una mezcla entre colonial e indígena, Cachi emergió con una pulcritud de poblado de cuento en medio de cerros y montañas que abarcaban toda la gama de tonos rojizos. Bajo un azul intenso se recortaba la iglesia presidiendo el paisaje. No sólo como centro geográfico del pueblo, sino como el sitio en el que decantaban la totalidad de los acontecimientos de la vida de sus pobladores.
Calles empedradas, silencio. Todo evocaba a otra época y uno ya no podía distinguir entre ficción o realidad. Un reducto aún sin contaminar, en apariencia, por la vida moderna. Y digo en apariencia porque tras la fachada se lograba disfrutar de una Coca-cola, conseguir tampones y hasta encontrar el último protector labial de Lancome. Pero esto a simple vista no se notaba, y uno podía jugar a que se había producido un viaje en el tiempo.
La gente también era de otra época o de otro mundo. Con su color de piel del mismo matiz que los cerros y su tonada cálida y pausadísima parecían acompañar los compases del pueblo. Sin lugar a dudas el tiempo allí tenía otro ritmo: las agujas del reloj ya no giraban vertiginosas sobre el cuadrante, fluían pacientes e incluso retrocedían cuando se les antojaba oportuno.
Creí que Cachi significaría paz o quietud pero al rastrear la etimología de la palabra descubrí innumerables versiones, aunque la veracidad de las teorías no tenía mucha importancia. El mozo del barcito frente a la plaza me dijo que Cachi era un vocablo atacameño que significaba «valle hermoso». Un chico, sentado sobre una bolsa enorme de pimientos, me contó que en idioma quechua «cachi» era «río de sal», posiblemente porque la zona había sido un depósito de este mineral en épocas prehispánicas. Me conformó bastante la respuesta, este pueblo de los Valles Calchaquíes tenía en sus construcciones una blancura salobre. En la feria, una mujer indígena que ofrecía ponchos y tapices me relató que el nombre del pueblo derivaba de la antigua voz diaguita «kak» que significa roca y «chi» que quiere decir soledad. Y me gustó aún mas esta explicación: concordaba con la primera impresión que había tenido del pueblo.
El párroco de la iglesia antes de la misa —el evento social de la semana— señaló que, en el dialecto indígena más antiguo, cachi significaba sal; probablemente los aborígenes habían confundido las nieves eternas del «Nevado de Cachi» con una salina. A esa altura desistí de buscar la verdad porque me di cuenta que todas las teorías tenían algo de cierto y mucho de mentira. Si seguía preguntando me encontraría con tantas versiones como habitantes.
Bajo luces amarillas, la iglesia de Cachi brillaba en colores y música: el pueblo se había reunido para la misa. Pero más que una misa tradicional fue una fiesta popular: se bautizaron dos niños, se celebró un matrimonio y se festejó el cumpleaños número 100 de doña Pascuala. En su honor hablaron algunos de sus doce hijos mientras aplaudían mas de 40 nietos. Un verdadero espectáculo donde las guitarras intentaban seguir las voces de los fieles que engarzaban canciones autóctonas una tras otra. A la salida, la gente se fundió en una masa de abrazos que mansamente se fue dispersando.
Luego de dos días, que duraron algo más de una semana, estuve lista para emprender el regreso; no sin antes hacer acopio en la farmacia del pueblo de Dramamine, Dormicum y Valium. Sabiendo de qué se trataba y poniendo a prueba mi valentía no usé ninguno de estos medicamentos durante la bajada: aún no conocía la estadística de accidentes de la zona.
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