Invitación al viaje

El sueño del hacedor de mapas


Viajeros

Louis Antoine de Bougainville


Itinerarios

Destino final: Cachi

Bangkok desparramado

Brasov x 7


 
 


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Aquellos locos ilustrados

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Soy viajero y marino, es decir, un embustero y un imbécil frente a esa clase de escritores perezosos y soberbios quienes, entre las sombras de su gabinete, someten despóticamente la naturaleza a su imaginación y filosofan hasta perder de vista el mundo y sus habitantes. Procedimiento harto singular, harto inconcebible por parte de personas que, sin haber observado nada por sí mismas, no hacen más que escribir y dogmatizar a partir de las observaciones que les prestan esos mismos viajeros a quienes les niegan la facultad de ver y de pensar.

Louis-Antoine de Bougainville, Viaje alrededor del mundo a bordo de la fragata real la Boudeuse y la urca Étoile, en 1766, 1767, 1768 y 1769.


Antes de que en el siglo XIX, escritores como Verne, Melville o Stevenson elevaran la novela de aventuras ultramarina hasta la cúspide literaria, hubo otros autores que les precedieron en esa tarea y que, posiblemente, animaron las tardes de lectura de éstos. Quizá uno de esos escritores y viajeros a quienes leían con interés los novelistas del XIX, fuera Louis-Antoine de Bougainville, un parisino que entre 1766 y 1769 dio la vuelta al mundo y escribió un libro sobre su viaje de circunnavegación.

Lo de Bougainville, como se ve, no iba de pintar la aldea. En absoluto. Lo suyo era tirarse al agua y navegar para ver y contar cómo eran, por ejemplo, las Malvinas o Tahití, por muy lejos que estuvieran de su París natal. De hecho, el ímpetu de este explorador, escritor y aventurero estaba a la altura de un marino y escritor más conocido, James Cook, quien por esas fechas también estaba dando la vuelta al globo terrestre en su barco.

Además de ser un excelente marino, Bougainville era un ilustrado todo terreno: frecuentaba los salones de los mosqueteros de Luis XV; practicaba esgrima; leía a Virgilio, Horacio, Tácito, Montaigne o Montesquieu, y estudiaba con D'Alambert, director junto a Diderot de la Enciclopedia. Con todo, Bougainville, más que un genuino representante de su época, era ya casi una especie en extinción; en esos años principiaba el fin del esplendor de la Francia ilustrada.

Después del Rey Sol, el brillo del país galo venía apagándose a marchas forzadas y éste no tenía pinta de poder recuperarse así como así. De hecho, en 1760, Francia había perdido Québec a manos de Inglaterra, la potencia naval, militar y comercial del momento. La rendición gala la organizó, precisamente, Bougainville, quien siempre se destacó por sus cualidades diplomáticas. Con la rendición, él y sus compañeros fueron hechos prisioneros y devueltos como tales a Francia; toda una herida para el orgullo nacional, pero casi una alegría para Voltaire, quien había calificado esta guerra como innecesaria; y a la cual le había dedicado escasas doce líneas en la Enciclopedia.

En un intento de recuperar el prestigio francés, Bougainville le propuso a Luis XV conquistar unas islas muy australes y deshabitadas, llamadas Malouines... Según este parisino inquieto, mosquetero de Su Majestad y culo de mal asiento, Francia debía permitirse algún atrevimiento naval, para que la pujanza marinera de ingleses y holandeses no terminara de eclipsar a la nación ilustrada. Y a ello consagró sus esfuerzos.

Así, en 1763, Bougainville estableció en las Malvinas una pequeña factoría privada, a nombre de Saint-Malo, su compañía naval. Tiempo después, en 1765, Bougainville regresó a las islas, a fin de reforzar la presencia gala y, con ello, convertir las Malvinas en la colonia más austral del mundo de la que se tuviese noticia. A pesar de la sigilosa diligencia con que los franceses se habían instalado en la parte oriental, su movimiento de ocupación no pasó desapercibido para Inglaterra y España. Los ingleses, vista la estrategia gala, trataron de apropiarse de la parte occidental. Por su parte, España, legítima propietaria de las islas, reclamó sus derechos ante ambas naciones.

Primero los ingleses y más tarde los franceses reconocieron la soberanía española. Bougainville, entonces ya en Francia, viajó en 1766 para cerrar la devolución de las Malvinas. Reconocer que estas islas eran españolas supuso otro duro golpe para Francia como potencia mundial, que iba de mal en peor, y abrió una segunda herida en el orgullo de Bougainville. Con todo, a pesar de esta nueva rendición en la que tuvo que participar, el francés estaba decidido a devolverle algo de protagonismo a su país dentro de la escena mundial: cerrada la entrega de las Malvinas, daría la vuelta al mundo. El objetivo de Bougainville era sumar a Francia, por fin, a la exclusiva nómina de portugueses, españoles, ingleses y holandeses que ya habían circunnavegado el globo terrestre. En ese marco histórico arranca este libro de viajes.

La precisión anterior resulta necesaria: se trata de un libro de viajes del siglo XVIII, no de una novela o un ensayo del XXI. La prioridad del viaje de Bougainville es, sobre todo, científica, exploratoria y enciclopédica. Y su escritura se mueve de acuerdo a esos tres ejes. De hecho, Bougainville, por ejemplo, apenas habla del asentamiento holandés en el cabo de Buena Esperanza o del luso en Río de Janeiro, de los cuales ya había abundante literatura en su momento. Bougainville prefiere, sin embargo, escribir sobre la desconocida fauna y flora de las Malvinas, documentar la historia sobre la expulsión de los jesuitas del Paraguay —que vivió en directo—, describir los asentamientos españoles en el Río de la Plata o constatar sus encuentros con indígenas en el estrecho de Magallanes y Tahití (para rebatir a partir de ellos la teoría del buen salvaje de Rousseau).

Asimismo, como buen marino, este navegante deja constancia de su oficio, es decir, al armazón histórico y científico anterior hay que sumarle los pasajes donde Bougainville anota rumbos y vientos, observa la dirección de las corrientes, arrumba la costa, calcula la longitud respecto de París o maldice la inexactitud de las cartas con que navega por entre las islas Célebes o Java. Para quienes estén familiarizados con los cuadernos de navegación, nada nuevo; para quienes sean inexpertos en estas lides, una dificultad añadida, pero superable.

Pese a lo inextricable que resulta la bitácora de un marino en su peregrinación entre puerto y puerto, cabe recordar que en este tipo de libros los lectores, si quieren, pueden viajar en avión y leer en diagonal esos pasajes llenos de rumbos indescifrables. Y que pueden hacerlo sin desmedro del contenido. Eso sí, quienes estén familiarizados con la jerga marina disfrutarán de enredarse entre obencaduras, jimelgas o drizas; sabrán de dónde soplan los vientos frescachones, redondos o los de cascarrón; o sabrán qué hacer cuando haya que arriar un chambequín. De todos modos, para estos pasajes más técnicos, el libro cuenta con el auxilio de un amplio glosario náutico y, asimismo, incluye las cartas que dibujó Bougainville sobre los lugares navegados.

Generalmente resulta complicado sacar material como este del restringido circuito académico de los historiadores y acercárselo, sin adulterarlo, al público en general; sin embargo, esta rigurosa edición publicada por el Museo del Fin del Mundo y Eudeba cumple con ese doble objetivo, y le proporciona a cualquier lector la posibilidad de arrimarse a un libro misceláneo, entretenido, erudito, notablemente escrito, fiel reflejo del espíritu de una época y de un país, y ricamente complementado por el estudio preliminar y las notas a pie de página de Andrés G. Freijomil, su estajanovista traductor.

(Un consejo para los lectores de Buenos Aires: vayan un fin de semana al Museo Naval de Tigre y échenle un vistazo a una fragata de la época. Imagínense la vida a bordo, miren un mapa del estrecho de Magallanes, por ejemplo, y navéguenlo mentalmente. Salgan del museo y siéntensen junto al río. Entonces sí, saquen el libro y disfrútenlo mientras aprenden).

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