Cada vez que se habla de contracultura, de culturas alternativas, es normal que se desplieguen imágenes y discursos ligados a la sociología, a la antropología, a la política o a la ecología. Todos ellos con una cierta pátina de seriedad, de asunto importante y culto. Asociado a la contracultura, cuando se habla de «lo alternativo», suele surgir otro concepto: el esnobismo. Explicaciones a continuación.
Todo aquél que se considera alternativo o contracultural se define, antes que nada, por ser diferente; por buscar y, sobre todo, enarbolar esa supuesta diferencia por todo lo alto, diferencia ésta que se entiende a la vez como superioridad. De ahí ese estado de pose permanente, de exhibicionismo constante, donde los símbolos adquieren una importancia enorme. La vestimenta y los accesorios, por ejemplo, resultan tan o más fundamental que aquello que se dice y se hace. Para ser alternativo no alcanza con serlo ni tampoco parecerlo; hay que decirlo.
Y lo que vale entonces es no ser como los demás, no ser uno más del montón. Aquí la diferencia es asumida como distinción. Los alternativos, los contraculturales, pueden ser numerosos,
pero jamás una cantidad excesiva; ellos se saben una minoría privilegiada. Y no podría ser de otra manera: si fueran mayoría no habría diferencia ni distinción posibles; serían simplemente parte de la masa. Y las masas no son nada cool.
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Hay montones de situaciones, por todos conocidas, donde la relación entre lo alternativo y esnobismo es evidente. Un ejemplo clásico es el de un grupo X que irrumpe en el panorama del rock-pop internacional. Los integrantes son jóvenes, rozan la treintena; antes de ganarse la vida con la música se dedicaban a sus carreras universitarias. De hecho, se conocieron en la facultad. Son, entonces, gente instruida.
Sin ser revolucionarios o la mar de diferentes, algo los distingue de los demás. Tienen un sonido propio y un puñado de melodías fáciles de recordar. El cantante tiene una voz cuidadosamente ronca que sabe alternar con un abanico de agudos quejidos y otros mohínes lastimosos que encajan a la perfección con la letra de las canciones: la soledad del hombre moderno, las infaltables promesas de amor quebradas, la áspera y anónima vida en las grandes urbes, el desconcierto generacional y, por supuesto, un poco de crítica política.
La banda es poco seria y deprimente. Pero al menos no se la pasa cantando sobre qué bueno es bailar toda la noche sin parar y en sus vídeos no aparecen rodeados de mujeres guapísimas y semidesnudas en la playa de una isla caribeña.
Con estas características y la edición de su primer cedé en un sello «independiente», se granjearon de entrada el reconocimiento en los ambientes pretendidamente underground y vanguardistas. Su presencia en las revistas musicales y de tendencias «serias» se fue haciendo habitual, lo mismo que su participación en los festivales indies más importantes. Por si fuera poco, se sumaban a causas benéficas para ayudar a los más desprotegidos, clamaban por el comercio justo internacional y la abolición de la deuda de los países del Tercer Mundo.
Efectivamente, en poco tiempo se volvieron una de esas bandas-tarjetas de presentación que los amantes del rock sensible e inteligente gustan de mencionar en las reuniones con amigos y en las fiestas en las que se conoce gente nueva y es importante dejar una buena impresión. Una de esas fiestas en las que parte de la estrategia consiste en no admitir, jamás, el gusto por ningún grupo que aparezca con asiduidad en el Top Ten de la MTV.
Todo iba bien, entonces, para la banda y, especialmente, para los informados que conformaban su público. Hasta que llegó el paso a una discográfica multinacional y la aparición de una canción —¡justo esa canción!— en un anuncio de telefonía móvil. Y por si fuera poco, el guitarrista cometió la osadía de cortarse el pelo y modificar ligeramente su vestuario.
A partir de allí, todo cambió. Los «pocos de siempre» dieron lugar a «los millones de ahora». De ser casi un secreto conocido únicamente por los consumidores de las últimas —y menos main stream— tendencias en gustos musicales, el grupo pasó a ser la nueva sensación mundial.
De más está decir que a gran parte de los primeros fans, de los «auténticos», la nueva situación no les gustó nada. De repente, vieron cómo su última banda fetiche sonaba a toda hora en el bar de enfrente, al tiempo que se multiplicaba el uso de camisetas del grupo entre adolescentes de secundaria.
La realidad se volvió tan insoportable que muchos decidieron abandonarlos. Poco les importó que el nuevo cedé hubiera contado con una producción brillante y que ésta le hubiera permitido a la banda, además de un sonido notable, plasmar todo lo bueno que venía insinuado desde su primer disco. Para los defraudados seguidores, lo trascendente era que el grupo se había vuelto masivo, que éste había pasado a ser de dominio del gran público y, en consecuencia, que dejaba de ser cool citarlo en las fiestas. Ahora, su otrora «banda de culto» los ponía al nivel de los demás, en lugar de aportarles la distinción deseada; a partir de ese momento carecía de «valor agregado» (como diría un empresario del main stream).
¿Qué hacer con la depre? Lanzarse nomás a las revistas especializadas e investigar lo último en tendencias, para descubrir cuanto antes al siguiente «nuevo grupo o solista» cool. Por suerte, estas decepciones no dan lugar a la desesperación, puesto que el mercado nunca tarda en ofrecer y colocar sucesores.
Si alguien creía que lo esencial para juzgar a una banda de rock era la música, estaba equivocada; ésta carece casi de importancia. La falta de lógica y de sentido común abundan en todos los ámbitos, incluidos los «alternativos»; y en todos ellos la imagen y las apariencias sí que importan. De hecho, lo accesorio, lo secundario, se impone con frecuencia a lo principal.
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Algo parecido suele ocurrir con otras manifestaciones artísticas. En la literatura ya es un lugar común escuchar de boca de avezados lectores que determinados escritores reconocidos son patéticos. El mérito de esas personas reside muchas veces en ni siquiera haberse tomado el trabajo de leerlos para calificarlos así. Les alcanza con esgrimir que aparecen demasiado seguido en los suplementos culturales de los periódicos, que tienen contrato con alguna editorial importante y que sus libros se venden por millones. Como es sabido, esto es incompatible con el talento.
De los consagrados, leen sólo, o casi solo, a los que están muertos. A esos sí se les acepta que sus libros sean editados por multinacionales. Por el contrario, sienten debilidad —¡oh sorpresa!— por escritores muy pocos conocidos, poetas «malditos» y todo aquel o aquella que desarrolle una escritura «rompedora», con aquello que tal adjetivo quiera significar.
Ser un poco huraño, dar entrevistas a medios literarios y repetir una y otra vez que «no me gustan las entrevistas», contar que no ves televisión, que no te importa la tecnología y que lees poesía escandinava del siglo XV (en versión original si es posible), hará sin duda que tus libros sean mejor valorados. De seguir por ese camino, pronto serás un escritor de culto, a menos que tengas la desgracia de vender demasiado. Si eso ocurriera, de poco servirá que sigas diciendo que vives en la montaña, elaboras tu propio pan, detestas a Bush y que no tienes televisión digital. Igual tus días como referente alternativo habrán pasado y tu lugar será ocupado por un verdadero worst-seller.
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A esta altura ya habrá quedado suficientemente claro que en éstas líneas la cuestión de las culturas alternativas se ha abordado de forma parcial, que se ha insistido básicamente en una de las muchas aristas que presenta el asunto. Claramente, ello responde a una intención premeditada.
En el amplio universo cultural (como en el político y en el social), es casi una obviedad que lo más interesante, destacable y estimulante ocurra en el marco de los circuitos alternativos. Hay muchísima gente con talento, con iniciativas y propuestas sorprendentes que merecen la pena.
No todos son una simple pose. No todos son unos simples esnobistas irredentos. Aunque muchos sí que lo son. Después de todo lo alternativo, lo contracultural, viene dando desde hace décadas muestras de ser —aunque no únicamente— una efectiva herramienta de marketing. Tal como los profesores Andrew Potter y Joseph Heath manifiestan en su libro, The rebel sell (Lo rebelde vende).
Las críticas que desde estos ámbitos se hacen a lo masivo son, en significativa medida, incontestables. Negarlo sería de necios. Cómo también pretender que lo único válido ocurre exclusivamente por fuera de los circuitos oficiales.
Idealizar lo alternativo (o cualquier otra cosa) de por sí no tiene ningún sentido, por bien que pueda sonar.
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