Editorial

Posturas disidentes frente a la (i)lógica neoliberal

Tres reflexiones sobre la levedad de ser «alternativo»

Sobre la transgresión artística en la sociedad del espectáculo

Colaboración

La edad de la inocencia,
por Pablo Chacón


Entrevista:

Jaime Pastor Verdú
«El gran problema del movimiento antiglobalización es que le falta anclaje social»


 

 

CONTRACULTURA POLÍTICA en UN MODELO INJUSTO

Posturas disidentes frente
a la (i)lógica neoliberal

 

Gran parte de la contracultura contemporánea la encarnan probablemente los movimientos que lucha contra un modelo mundial gestionado por la razón absoluta del mercado. Su existencia fortalece, para algunos, la sociedad civil, frente a los estados manejados por clases dirigentes que se muestran impotentes o indiferentes (o cómplices) para controlar las imperfecciones de las fuerzas económicas liberadas de todo control público. Esto último lo alienta la injusticia social. Sin embargo, para otros, muchos de esos discursos contraculturales no hacen sino debilitar las instituciones estatales, las cuales deberían servir para encauzar las acciones colectivas que conduzcan a un cambio. Incluso estos críticos van más allá: aseguran que son campañas comerciales que buscan vender apelando a lo alternativo. Lo cierto es que el esquema de poder tradicional ha variado con la globalización y, con ello, las instituciones gubernamentales clásicas entraron en crisis.

 

Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es

 

El totalitarismo de la economía promovido por el modelo neoliberal, apoyado en la revolución de las telecomunicaciones que conecta al instante una parte del mundo con otra, avasalla diferencias «culturales, paisajes y modos de vida» en aras de la uniformidad (1).

La globalización de los mercados genera desequilibrios sociales y ecológicos graves. Y no se trata aquí de lanzar frases con gancho; las abundantes estadísticas son elocuentes. Basta pensar en que la mitad de la población mundial, casi 3.000 millones de seres humanos, vive con sólo dos dólares diarios. La desigualdad en el mundo resulta escalofriante, no sólo entre países pobres y ricos, sino dentro de las sociedades. Asusta pensar en los efectos nocivos sobre el medio ambiente del sistema de desarrollo vigente.

Joaquín Estefanía define tres rasgos clave de la globalización realmente existente, es decir, la globalización encorsetada por el neoliberalismo: libertad absoluta de los movimientos de capitales; libertad relativa de los movimientos de mercancías y servicios, con los límites que establecen los países ricos para que no entren en ellos —sin aranceles ni barreras— los productos competitivos de las zonas pobres del planeta; limitación creciente al libre movimiento de personas, que se multiplican con el desplazamiento de las personas de los países pobres a los ricos en busca de una mejor vida (2).

¿Dónde queda aquí la justicia, la igualdad de oportunidades y la universalidad de los derechos humanos y tantos otros principios democráticos? Algo funciona mal, algo hay que cambiar, y hasta ahora las propuestas no han salido de las clases dirigentes. ¿Ello es porque no existen alternativas substanciales dentro de la política formal? ¿O porque estas instituciones no tiene fuerza para llevar adelante cambios radicales?

Las posturas al respecto son diversas. Pero en un mundo así, lo que no faltan (esto sí sería raro) son las posiciones contraculturales. Y es que, frente a esta realidad, no resulta extraño que el malestar represente una característica contemporánea. En esta línea, el terrorismo, por ejemplo, puede verse como un síntoma de ese malestar social, cultural y económico, más que como un hecho asilado, por repudiable que sea. Pero ese malestar no se agota ni mucho menos en esa forma extrema de violencia y se manifiesta también por otras vías: los movimientos que pujan por cambiar las cosas brotan por doquier, con estructuras, tácticas, propuestas, creencias y grados de compromiso diferentes, pero reales.

Su mero surgimiento indica que el neoliberalismo socava los principios democráticos y transforma el sistema político en un juego donde pocos tienen la pelota, lo cual no significa que sus métodos o propuestas sean las más acertadas. Y es que las instituciones públicas que deberían velar por el cumplimiento de esos principios se muestran incapaces —al menos en la práctica— de frenar tendencias que perjudican claramente a una gran cantidad seres humanos y que benefician sólo a una minoría acomodada. Por ello el malestar brota por distintos poros y se expresa en formatos y contenidos diversos, siempre al margen de aquellas instituciones, cuestionando incluso su papel.

EL CENTRO DEL PODER

El poder y, por supuesto, el lugar en que reside es el elemento determinante en esta trama de rechazo al modelo socioeconómico y político contemporáneo y de crisis de las instituciones públicas para defender el bien común.

El poder es inherente a la condición humana y consiste en hacer primar los deseos de uno (unos) sobre otro (otros). Es una conspiración del débil contra el fuerte, ya sea una persona contra otra como entre instituciones o países. De la política deriva el poder principal, al menos en teoría, ya que actualmente esta imagen parece refutada por el devenir de los hechos, por quién y cómo se toman las decisiones que afectan a la mayoría de los ciudadanos (3).

El sistema político es el que conecta a la sociedad civil con el Estado, explica por su parte el sociólogo Alain Tourine. Si el sistema político se inclina más por este último, se torna autoritario —ya sea burocrático, militar, etcétera—, y si lo hace por el primero, se vuelve democrático, con el riesgo de transformarse en antidemocrático en la mano de grupos oligárquicos, tecnocráticos o militares. En definitiva, señala el sociólogo francés, «la democracia exige a la vez la libertad de las elecciones políticas y la representación por los dirigentes de los intereses de la mayoría». Y ninguno de estos elementos debe primar sobre el otro (4).

Sin embargo, ¿a quién representan las opciones políticas existentes? El hecho de que haya procesos electorales formales, ¿basta para afirmar que el bien común está implícito en las ideas y, lo más importante, las decisiones que toman los elegidos? En todo caso, ¿cuál es el poder real de las instituciones democráticas en el marco de un sistema socioeconómico que deja el poder en manos del mercado? El debate, nuevamente, no es nada nuevo, pero las consecuencias del problema son cada vez más acuciantes.

Los malestares actuales, las cifras de desigualdad y pobreza demuestran que el rumbo de las políticas neoliberales no goza de suficiente legitimidad en la sociedad civil. Esto es, en todos aquellos que, organizados o no, se encuentran entre el Estado y el mercado: particulares, familias, organizaciones no económicas ni gubernamentales, fundaciones, instituciones sociales, etcétera.

Corolario: la existencia de actos electorales no implica que las sociedades estén contentas de cómo las gobiernan. Porque la celebración de elecciones democráticas no garantiza por sí misma la correspondencia entre los verdaderos intereses de los partidos políticos y los de la sociedad, es decir, la representatividad. Esto se ve constantemente en el día a día de un mundo en el que la mayoría de la gente común desconoce dónde reside exactamente el poder y cómo frenar sus designios. Así, los fundamentos democráticos exceden la mera posibilidad de elegir gobernantes; lo cual es muy importante, claro, pero constituye sólo una pata de la mesa donde todos deberían comer.

PODERES OSCUROS

«En esta etapa de la globalización está variando el concepto del poder. Éste se propaga de modo difuso, por redes en vez de jerarquías; también es bastante impersonal, por lo que muchas de las protestas contra éste tienden a diluirse en la indeterminación», sostiene Joaquín Estefanía. Pero además, explica, el poder «se ha desplazado de lo político, espacio dominante en las dos terceras partes del siglo XX, hacia otros lugares impersonales, opacos, sin rostros». La capacidad de coacción reside hoy más en determinadas máquinas ideológicas, como la publicidad, que en el clásico aparato estatal, donde se supone que, en democracia, están representadas las principales fuerzas sociales y los intereses de la mayoría.

El escenario del poder actual es la globalización neoliberal, asegura el economista Aldo Ferrer, para quien en ese tablero el juego se dispone a favor de los intereses de los más fuertes: «Las reglas del comercio internacional (...), el sistema financiero, las reglas relativas a las inversiones privadas directas, los regímenes de propiedad intelectual están hechos todos a la medida de los intereses de las potencias avanzadas, en cuyo bloque, los Estados Unidos ejercen una influencia dominante» (5).

Para este autor, la humanidad enfrenta una etapa en que debe replantearse las relaciones ancestrales de poder con el fin de lograr una sociedad planetaria más justa y confortable para todos. Pero no sólo porque esto sea éticamente deseable, sino porque las tensiones que origina el actual escenario mundial se tornan insoportables incluso para quienes ejercen el poder.

Para la posteridad, en términos históricos la situación acerca de los manejos de los asuntos públicos, los que afectan a todos, quedaría reflejada más o menos así: «A finales de siglo el Estado-nación estaba a la defensiva contra una economía mundial que no podía controlar; contra las instituciones que construyó para remediar su propia debilidad internacional, como la Unión Europea; contra su incapacidad financiera para mantener los servicios de sus ciudadanos (...); contra su incapacidad real para mantener su función principal: la conservación de la ley y el orden públicos». Y, sin embargo «el estado, o cualquier otra forma de autoridad pública que representase el interés público, resultaba ahora más indispensable que nunca, si habían de remediarse las injusticias sociales y ambientales causadas por la economía de mercado» (6).

Claro que, como indica al mismo tiempo el historiador Eric Hobsbawn, los problemas pasan por dilucidar la naturaleza de esas instituciones —supranacionales, nacionales, regionales, locales— y su relación con la gente corriente.

El sociólogo Daniel Bell opina que los gobiernos nacionales son hoy «demasiados pequeños para responder a ciertas preguntas», como los daños medioambientales del sistema de desarrollo neoliberal. Y, al mismo tiempo, «demasiado grandes para ocuparse de las cuestiones pequeñas», relativas a una ciudad o región. Se muestran, a su juicio, como impotentes ante los procesos propios de la economía mundial (7).

MÁS ESTADO, NO MENOS

¿Pero esto significa que el Estado es hoy obsoleto? De ninguna manera. Para el sociólogo británico Anthony Giddens, por ejemplo, está claro que en un mundo demasiado liberalizado hace falta más gobierno y no menos.

La cuestión vuelve a ser, entonces, qué mecanismos políticos democráticos permitirán concretar los intereses de la mayoría, sobre todo, en un contexto donde para muchos el proceso político es algo «irrelevante» y donde «la riqueza, la privatización de la vida y de los espectáculos y el egoísmo consumista hizo que la política fuese menos importante y atractiva». En definitiva, un tiempo donde los partidos políticos de masa organizados entraron en decadencia y con ellos el mecanismo social por el cual las personas pueden convertirse en ciudadanos políticos activos (8).

Así, el Estado nacional como institución de poder clásica se encuentra en una encrucijada, y con él el bienestar de las sociedades. Porque, guste o no, el Estado sigue siendo el aparato de coerción que toma las decisiones que afectan a los ciudadanos. En todo caso, el que lo haga forzado por fuerzas económicas, su incapacidad —al menos aparente— para manejarlas o revertir sus daños, ¿no es una consecuencia del problema de fondo: la lógica de la globalización neoliberal?

Y es que parece haber penetrado hondo en la cultura occidental, para beneficio de algunos, la idea de que en las democracias liberales es el consumidor y no el ciudadano el que ejerce su soberanía política en el seno impoluto del mercado, y no a través de las corruptibles instituciones democráticas. Esta ética del capitalismo suscribe que «el consumo es (...) tanto la expresión más acabada de la democracia económica como la más clara exteriorización de la autonomía personal». Según esta teoría, el cliente deposita su voto-dólar en un producto y, por tanto, si la sociedad aumenta su oferta está aumentando las opciones de libertad individual (9).

Pero como indica la catedrática española de filosofía, Adela Cortina, esta postura ética olvida dos principios esenciales. Primero, que tiene que ser universalizable para ser justa -lo cual no resulta factible en una modelo que alienta el lucro ilimitado y un mercado imperfecto con alarmantes desigualdades y concentración de riqueza. Y segundo que, la mayoría de las veces, por más que el consumidor no siempre sea estúpido, elige sin poseer la información necesaria sobre esas opciones, como lo exige el ejercicio de la libertad.

ANTIGLOBALIZACIÓN (NEOLIBERAL)

Para Giddens, el evidente distanciamiento entre «autoridades políticas y la vida de la mayoría de los ciudadanos» no significa que exista desinterés por la democracia y la política, sino que el interés no se canaliza por mecanismos tradicionales, como son los partidos políticos.

Aquí entran a escena actores sociales que forman parte de la sociedad civil y que se oponen a la idea de una globalización neoliberal. En rigor, Joaquín Estefanía sostiene que el término antiglobalización está, en realidad, mal asignado, ya que estos movimientos no se oponen a la globalización en sí, sino a una que se limita sólo al campo económico y desestima el resto de dimensiones de una comunidad: política, social, judicial.

Muchos de estos actores, los que interesan al menos aquí, se organizan y alinean en torno a la consigna: otro mundo es posible. Y el Foro Social mundial de Porto Alegre –que luego se repitió en otras ciudades del mundo- constituye su punto de encuentro para buscar alternativas al mundo definido en términos neoliberales. ¿No son estos los actores contraculturales del siglo XXI que se oponen a los valores establecidos por el difuso poder internacional? En la vereda ideológica de enfrente, la cumbre de Davos reúne a personalidades de las finanzas, el capital, los medios y los gobiernos poderosos. Durante esos días se tejen acuerdos de gran alcance económico y, por supuesto, social.

En los últimos tiempos se ha publicado una cuantiosa literatura sobre estos movimientos. Y No Logo, de Naomi Klein, quizá sea la Biblia de los antiglobalización: «Si observamos más de cerca nos daremos cuenta de que estos pequeños movimientos unidireccionales, en realidad, están combatiendo contra las mismas fuerzas (...) Los zapatistas insistieron en que la pobreza y la desesperación de Chiapas eran simplemente una versión más avanzada de algo que estaba pasando en todo el mundo y que había empezado con los primeros actos del colonialismo», indica Klein (10). (¿Ironía?: el colonialismo no es más que una de las fases de la globalización que arrancó hace siglos con el viaje de conquista, que no descubrimiento, de Colón a América).

«Si el neoliberalismo es un objetivo común», apunta la autora, «también está surgiendo un consenso de que la democracia de participación en el ámbito local —ya sea mediante sindicatos, vecindarios, granjas pueblos, colectivos anarquistas o autogobierno aborigen— es un punto de partida para empezar a construir alternativas al mismo».

UNA VISIÓN ANTI NO LOGO

Recientemente fue publicado el libro Rebelarse vende, de Joseph Heath y Andrew Potter, un profesor de filosofía y un investigador canadienses, que va camino a convertirse en un best-seller. En sus páginas, este libro confronta radicalmente con la obra de Klein.

«La razón de que No Logo haya tenido un éxito tan enorme, es que sirve como manual de uso para el comprador rabiosamente moderno pero concienciado (...). El libro se basa en las campañas de concienciación corporativa, boicots al consumidor, protestas callejeras y bloqueo cultural, pero ignora por completo el papel que hacen los ciudadanos que trabajan a través del gobierno» (11).

La visión de la democracia participativa de Klein es utópica, para Heath y Potter, y los problemas más graves que sufre la humanidad requieren de decisiones a gran escala y no en niveles locales, como la política descentralizada en municipios que se promulga en No logo. Democracia que, si funcionara, haría innecesaria la existencia de gobiernos, añaden.

De hecho, esa propuesta utópica de democracia participativa de los antiglobalización, se complementa con una «concepción hostil» hacia las instituciones democráticas de representación nacional e internacional, sostienen. Y por eso, no sólo debe terminarse con el mito del gobierno débil, sino que además es claro que éste no está en vías de desaparición y constituye el único instrumento capaz de «enderezar la situación».

La tesis central de Rebelarse arguye que las décadas de rebeldía antisistema no han conducido a nada, sencillamente, porque la teoría social en que se asienta la contracultura «es falsa». No existe un sistema único que reprima al individuo, tal como propondrían los teóricos contraculturales, ni el hedonismo, el acto trasgresor, que proponen para escapar de ese supuesta mordaza es positivo para solucionar las injusticias sociales. Al contrario, desvían las energías hacia iniciativas que no mejoran la vida de las personas, entorpecen la labor de los movimientos sociales y hacen «menos atractivos los sacrificios en nombre de la justicia social».  Heath y Potter se oponen a la filosofía del «actúa localmente, piensa globalmente» que dicen típica de los contraculturales.

Lo que se necesita es identificar los males del capitalismo y «buscar la forma creativa de resolverlos», sugieren. En este sentido, el Estado del bienestar no fue una lucha contra el capitalismo sino un triunfo de éste. En su opinión, «el sistema de precios inherente al mercado parece una respuesta necesaria a la incapacidad que tiene la sociedad de juzgar cuáles son los proyectos más o menos importantes». Los males que los críticos de izquierda atribuyen al capitalismo son, entonces, «fallos del mercado y no consecuencia de su buen funcionamiento».

En esta línea, la contracultura es «un negocio para vender productos normales y corrientes», un discurso de venta encubierto que actúa sobre la dinámica de la diferenciación, del status alcanzado por consumir productos —materiales e ideológicos— diferentes. «Si queremos librarnos de su influencia debemos aceptar que el orden social consiste en un sistema de normas que, necesariamente, se imponen mediante la coacción. Naturalmente, las normas requieren legitimidad y el sistema no funcionará sin la rotunda conformidad popular», aclaran. Por lo que, en ese marco, el rechazo de algunas minorías a las normas constituye una desviación social y no una simple disensión.

«Hay que cambiar las normas, no abolirlas. Transformar las instituciones servirá para modificar las conciencias», explicaban los autores en una entrevista sobre el libro. En la misma, consideran que Tony Blair en el Reino Unido o Paul Martin en Canadá «acometen reformas estructurales necesarias para garantizar» la existencia del Estado del bienestar y no su desmantelamiento. Los movimientos sociales y ONG desempeñan un papel político primordial en tanto se distancien del «negocio de la contracultura», advierten (12).

SOCIEDAD CIVIL DESPIERTA

Quizá sea necesario diferenciar la paja del trigo. Es cierto que la rebeldía del discurso contracultural puede agotarse en eso: una mera postura estética que pasa a engrosar las filas de la sociedad del espectáculo. Sobre todo, en un terreno fértil para la búsqueda de identidades y la individualidad, como el mundo actual. Pero no todos son maniquíes de escaparate, aunque sea difícil escapar de las garras de ese mercado que todo lo envuelve y convierte en mercancía, y que hace posible demostrar la adhesión a las ideas del Che Guevara poniéndose una camiseta con su rostro impreso.

Así, desde la sociedad civil surgen voces que reclaman por una salida urgente a tanta injusticia social. Que ponen sobre el tapete la necesidad de acciones colectivas y, a la vez, la asfixia representativa de las instituciones democráticas clásicas ahorcadas por el dogma neoliberal que alienta «el sueño de la gratificación individual y el consumo privado» (12). Manifestaciones de una sociedad civil fuerte y despierta que, en todo caso, exhorta a la rehabilitación (¿recreación?) de las instituciones públicas, para que en ellas resida verdaderamente el poder.

 

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Notas 

(1) José Manuel Naredo. Sobre el rumbo del mundo (a propósito del libro de Ignacio Ramonet Un mundo sin Rumbo), en Pensamiento crítico vs Pensamiento único. Le monde Diplomatique. Temas de Debate, 2000.

(2) Joaquín Estefanía, La cara oculta de la prosperidad. Economía para todos. Taurus, 2003.

(3) Ibíd.

(4) Alain Tourine. ¿Qué es la democracia? Fondo de Cultura Económica, 2004.

(5) Aldo Ferrer. Vivir con lo nuestro. Nosotros y la globalización. Fondo de cultura económica, 2002.

(6) Eric Hobsbawn. Historia del Siglo XX. Crítica, 1998.

(7) Anthony Giddens. Sociología. 4ª edición. Alianza, 2001.

(8) Eric Hobsbawn. Ibíd.

(9) Adela Cortina. Ética del consumo. Por un consumo justo y de calidad. Claves de la razón práctica Nº97.

(10) Naomi Klein. No Logo. El poder de las marcas. Paidós, Barcelona, 2001.

(11) Joseph Heath y Andrew Potter. Rebelarse vende. Taurus, 2005.

(12) Entrevista a Joseph Heath y Andrew Potter de Andrés Padilla. Cultura. El País, Madrid. 18-05-2005.

(13) Gemma Galdom. Cinco años después (El estado de la cuestión: Movimientos sociales), en El viejo Topo nº200, diciembre de 2004.

Enlaces para ampliar el tema

Nuevos movimientos globales. Tiempos de reflujo y sedimentación

Cultura y Antropología cultural

¿Rebelarse "vende"?

¿Rebelarse "vende"? 2

Attac (otro mundo es posible)

Foro Social Mundial

Los Movimientos Antiglobalización Neoliberal, por Jaime Pastor

Sitio web sobre globalización

Rebelión (sitio web)

Kaos en la red (sitio web)

Guerra Global Permanente: La nueva cultura de la inseguridad

Los polémicos límites del arte