Muerte diabólica y brutal

Una película imposible

Torremolinos y Bergman


 


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TORREMOLINOS 73

ZINEMA

 

 

 

Torremolinos y Bergman


Pablo Berger, Candela Peña, Javier Cámara, y acción.

 

Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

El cine porno gusta. Gusta mucho. En España, desde siempre y comenzando por la cúspide social: en los años veinte, el Borbón Alfonso XIII ya disfrutaba con su colección particular de cortometrajes pornográficos, rodados por los hermanos Baños. Aun así, la afición por el destape en pantalla grande no llegó a la plebe hasta los años setenta, con el famoso landismo, nombre que se le atribuyó al género en honor a su máxima gloria, Alfredo Landa. Este fenómeno catapultó a la fama a señoritas como Nadiuska o Agata Lys, y le permitió a Mariano Ozores acrecentar su filmografía junto al tándem Pajares-Esteso. Sin embargo, a pesar de tanto pelo en pecho y tanto vello genital, la mayoría de los correteos y destapes se justificaron con argumentos huecos, que a fin de cuentas legitimaban el moralismo conservador del momento.

Un ejemplo de tanto vicio sin fundamento es la película Torremolinos 73 (Pablo Berger, 2003). En esta cinta en tono de parodia, son los suecos quienes disfrutan de una colección de fascículos donde un matrimonio español, castizo y desilusionado, fornica en su hogar con la cámara de vídeo en marcha.

Alfredo (Javier Cámara) y Carmen (Candela Peña) encarnan a esta pareja desamparada: ella, ama de casa; él, vendedor de enciclopedias. De por sí, ya viven una precaria situación económica, la cual empeora cuando el negocio de la venta ambulante enciclopédica cae en picado, y la empresa editorial está por cerrar. Carlos (Juan Diego), el director, les da un ultimátum a sus empleados: o aceptan un cambio de contrato o a la calle.

En realidad, más que modificar el contrato, Carlos quiere que sus vendedores de enciclopedias se dediquen a un nuevo negocio: dirigir, producir, escribir e incluso protagonizar películas educativas. En principio, a los amenazados por el despido laboral, el proyecto de su director les parece prometedor: además de seguir teniendo empleo, el nuevo trabajito incluye videocámara último modelo y un buen adelanto. Un chollo, vamos. Sin embargo, la decisión entre seguir trabajando para Carlos o irse al paro no resulta tan sencilla: la temática de las películas será el apareamiento sexual.

Tal cual. Las filmaciones que propone Carlos deben mostrar los rituales de fornicación típicos de España, incluyendo asimismo las vestimentas más apropiadas, como el traje de butanero o el de enfermera. La idea es publicar una «nueva y revolucionaria» enciclopedia audiovisual, según Carlos, de venta exclusiva en los países escandinavos. Todo un negocio, se ve. De todos modos, lo más brillante de la idea es que los encargados de escribir los guiones, producir las cintas, dirigir las películas y ejercer como actores de la cotidianidad sexual española serán los, hasta ahora, vendedores de enciclopedias.

Obviamente, Carlos, más que un iluminado es un usurero que invierte en la producción porno y que encuentra en sus infelices empleados a los ingenuos ideales para el proyecto. De hecho, lo que les propone a Alfredo y sus compañeros de ventas es que se graben en casa con la videocámara mientras se aparean con la parienta. Con elevados fines educativos, sí, pero que abandonen las enciclopedias y se conviertan en neófitos del porno ibérico, aunque en su versión más doméstica y cotidiana. Para eso era la videocámara y el aumento: una para que cada pareja se grabe, el otro para que cada macho ibérico convenza a su respectiva actriz protagonista.

La reacción de los empleados es variada. Juan Luis (Fernando Tejero) está encantado porque ama con pasión a los animales y ésta es su oportunidad de demostrarlo. En cambio, los demás desconfían del proyecto: uno de ellos es un viejo que desiste por carecer del poderío físico necesario —aunque a su señora le habría encantado—. Otro es un señor tradicional, de misa los domingos y esposa decente, que ve con repugnancia tanto despropósito carnal. En el caso de Alfredo, lo que más le cuesta asumir es que toda Suecia vea a su mujer en pelotas. No obstante, Carmen le convence y consigue que se embarque en una odisea pornográfica tan lamentable como divertida, y que culmina con la producción de Torremolinos 73.

Alfredo parece no tener un punto medio: primero se muestra reacio a rodar la película, pero después da rienda suelta a su pasión por el cine. Aunque se trate de una película porno, Alfredo siempre fue un incondicional de Ingmar Bergman y sueña con grabar, en vez de Torremolinos 73, una película al estilo de El séptimo sello, como la del maestro sueco, pero con su Carmen en un papel deslumbrante. Sin embargo, Alfredo ni consigue buenos rodajes ni su mujer tiene la menor idea de actuar. De hecho, Carmen lo que quiere es un hijo, como sea; y le importa un bledo el cine y la carrera de su marido: necesita el bebé y tiene sus propios planes para quedarse embarazada durante la filmación de la película.

En Torremolinos 73, además de su ingenioso y alocado argumento, destaca especialmente la dirección de Pablo Berger, quien demostró gran tacto con este retrato agridulce de los años del cuéntame. Su director de fotografía, Kiko de la Rica —Lucía y el sexo, La comunidad—, también realizó un trabajo estupendo, con imágenes sobrias que aplacan cualquier nostalgia. Por otro lado, aunque la película no huye de los tópicos (la tortilla de patatas, el seiscientos, la maruja fascista, etc.), éstos aparecen de manera sincronizada con el desarrollo de la trama, sin saturar de tonterías cada escena; lo cual se agradece. En resumen se trata de una grandísima comedia, envuelta de ironía y patetismo, que ridiculiza aquella época y que se sitúa a la cabeza de las mejores producciones españolas de los últimos años.

 

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