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El sueño del hacedor de mapas
[ Venecia, siglo XVI, isla de San Lazzaro degli Armeni, monasterio de San Michele de Murano. Un monje cartógrafo, Fra Mauro, escribe un diario íntimo donde reflexiona sobre su oficio: dibujar mapas.] «Cuando descubrimos que habíamos hallado un mapa del mundo escrito en idioma turco, decidimos que era necesario traducir las hojas en nombre del interés de la seguridad del Estado. Como conocía su familiaridad con las lenguas orientales, la Signoria [de Cristoforo Loredan], me pidió que procurara tu ayuda.»
Tal declaración me llevó a concluir que buscaba una confirmación en cuanto a que el mapa turco pudiese contener información perjudicial para la seguridad de Venecia. Me mostré de acuerdo en hacer lo solicitado y no perdí tiempo en estudiar las hojas que me confiaba para guardarlas en lugar seguro. No tardé en descubrir que el autor de ese mapa, titulado Grabado perfecto y completo y descripción del mundo entero, era un tal Hadji Ahmed, ciudadano de Túnez que estudiaba en la mezquita de la ciudad de Fez, en Marruecos, donde aprendió filosofía, física y derecho. En apariencia lo habían capturado cuando volvía de Túnez y más tarde lo llevaron a Venecia como esclavo. Dónde aprendió cartografía y quién lo favoreció continúa siendo un misterio hasta hoy. Es posible que Hadji Ahmed hubiese practicado su arte sólo a instancias de su patrón anónimo, o con la esperanza de regresar a su patria algún día, colmado de honor.
El mapa en sí estaba dibujado en forma de corazón. Inventado por Johann Werner, matemático de Nuremberg, este tipo de proyección permite al cartógrafo señalar cada hemisferio con relativa poca distorsión. Ello significa que es posible ver el mundo desde una gran altura, asegurando así al observador una vista a vuelo de pájaro. Tal vez Hadji Ahmed deseaba mostrar a su mentor la verdadera extensión del mundo, o, simplemente destacar las alturas a las que debe trepar un hombre para alcanzar el dominio de sí mismo.
La traducción avanzaba con lentitud, por cuanto mi conocimiento del idioma turco es poco sólido en el mejor de los casos. Además, la caligrafía de Hadji Ahmed tendía a ser en extremo ornamentada, y requería de mi parte un cuidadoso análisis de las palabras antes de traducirlas. El mapa estaba rodeado de dibujos que representaban hemisferios celestes con las principales constelaciones populares entre los navegantes. Había, desde luego, numerosas referencias sobre la religión infiel de Mahoma, que al principio traduje con ciertos reparos.
A pesar de estas consideraciones, la mentalidad de Hadji Ahmed comenzaba a intrigarme. Le atraía en particular el Nuevo Mundo de las Américas. Consideraba a Perú «un reino árido». Sobre México nos informa de que sus principales exportaciones son el oro y la plata. De los europeos, identifica a los franceses como «un pueblo respetuoso con su soberano y de sus artes y de ciencias y que tiene una abundancia de riqueza y lujo.» En su mapa había registrado cuidadosamente una leyenda tras otra, con la esperanza de que quienes la leyeran pudiesen encontrar mejor informados.
Me vi frente a la visión del mundo de otro hombre, y éste había entrado en contacto con percepciones por entero distintas de las mías. Para los ojos de Hadji Ahmed, el mundo era un conjunto abigarrado de hechos calculados para la glorificación de Alá y la supremacía de Solimán como pashá de los otomanos. ¿Qué debía pensar? ¿Era el hombre un impostor, o bien poseía los conocimientos que yo no podía alcanzar a causa de mi origen? Cuanto más traducía sus palabras, mayor era mi convicción de que ninguno de los dos teníamos la hegemonía de la verdad.
El mapa me sorprendía con su complejidad y la serie de datos escritos en sus márgenes. Había localizado la Tierra del Bacalao en Labrador y admitía la existencia de caníbales cerca de la desembocadura del Amazonas. En el golfo que separaba América de Asia, había notado la isla de Simpaga, punto mencionado por primera vez por Marco Polo. También mencionaba la existencia de un continente situado al sur, que describía como «recientemente hallado, aunque no conocido en su totalidad.» A éste le daba el nombre de provincia de Patal.
Me costaba mucho manejar todos estos hechos nuevos. Hadji Ahmed había adquirido sus conocimientos en fuentes con las que yo aún no estaba familiarizado. Quizás había conocido en puertos africanos a viajeros que se habían internado más lejos que la mayoría. Parecía haber recolectado datos de boca de hombres que en su desesperación hubiesen arrojado su humanidad en la vasta tumba de la naturaleza. Pudo haber sucedido que estos hombres habían abandonado su naturaleza humana a sus propias leyes, con el fin de dejarlas atrás. Tales conjeturas despertaban aún más mi interés en el mapa de Hadji Ahmed. Intuía que este anónimo esclavo tunecino podría acaso haber presenciado hechos y conocido historias que superaban incluso las mías.
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Fragmento extraído de
El sueño del hacedor de mapas (viaje espiritual de Fra Mauro, cartógrafo de la corte de Venecia)
James Cowan / Traducción de Lucrecia Moreno de Sáenz
Editorial Atlántida, 1996
207 páginas / 5 pesos
Librería Lucas, Corrientes 1247
[Nota: El mapa que se describe en este libro permanece perdido desde hace siglos. Las ilustraciones de la tapa del libro pertenecen al único mappa mundi de Fra Mauro que se conserva, el de la Biblioteca Nazionale Marciana, en Venecia. El fragmento transcrito está en las pág. 66, 67, 68, 69 y 70.]
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