Diario del Nautilus


[página 32] / La ínsula más extraña

Debemos a los surrealistas la certeza de que las ínsulas más extrañas no están en los libros ni en los mares del Sur, sino en la topografía mediocre de la realidad, igual que están posadas en el aire de todos los días, como mariposas de un sueño, las manzanas inmóviles de Magritte.

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[página 40] / El maleficio de los nombres

Sabemos por sus cartas que cuando Colón llegó al Caribe estaba firmemente convencido de haber encontrado el Edén. Si todo viaje es un regreso, fue el suyo el más desmesurado de todos, porque creyó regresar a la primera y única patria de la felicidad de los hombres. Al roturar el Paraíso, las naves y los misioneros y los rapaces soldados de España lo abolieron para siempre, pero al mismo tiempo las crónicas de la conquista, donde premeditadamente cobraba la realidad el impulso de las novelas de caballerías, lo agregaron a la imaginación de Europa para convertirlo en un sueño perdurable: el mismo que hacía la mitad del siglo XVII, en una ciudad gris de Holanda, está soñando el geógrafo de Vermeer, el mismo que quisieron cumplir Paul Gauguin y Robert Louis Stevenson, y todos los que tuvieron el coraje de imaginar la libertad y perseguirla luego, hasta las islas más lejanas. Baudelaire, enfermo, como todos ellos por la pasión del viaje, había reclamado el derecho a la huida y el derecho al desorden, pero ni siquiera esos dos privilegios últimos de los vencidos se le conceden impunemente a nadie, y el viaje a la felicidad que emprendieron Stevenson y Gauguin fue el viaje a la desesperación y a la muerte, porque ya no queda ni una sola isla que no haya sido arrasada por los invasores.

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[página 47] / El teléfono del otro mundo

Tan inútil como hablar con demasiada gente es leer demasiados libros, porque uno, al final, se queda con los tres o cuatro amigos de todas las horas y regresa o habita en muy pocos libros, en media docena de películas, en una fatigada lealtad a ciertos bares y a ciertos recuerdos que no obedecen a la invocación de la voluntad, sino a una costumbre íntima de la memoria.

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[página 52] / Donde habite el olvido

La memoria es el sentido que nos permite escuchar el tiempo, materia última de la escritura, y también de la música y de las imágenes del cine. La memoria, envenenada y lúcida, señala desde la distancia las ciudades perdidas y las que nunca llegarán a alcanzarse, y guarda los cuerpos y los perfumes, las voces que sucedieron una vez y que alguien quiere recobrar. Nada se pierde del todo hasta que no se olvida, y por eso hay hombres que viven desterrados en el presente y entregan su voluntad a una infinita rememoración que, si no detiene el tiempo ni mitiga su injuria, les permite, al menos, edificar un libro, un buque submarino, una ciudad o una patria íntima donde sólo ellos habitan, como supervivientes de una catástrofe que los hubiera dejado solos sobre la tierra. Nadie sabe cuántos años vivió en soledad el capitán Nemo después de la muerte del último de sus compañeros, pero es seguro que poco a poco debió anegarlo la crecida silenciosa de la memoria, que le devolvería rostros y lugares de su infancia y pormenores de cosas miradas una sola vez, pero fijadas para siempre por la arbitraria lógica de los recuerdos, que nos niegan, si así les place, una fecha o la forma exacta de una sonrisa, y, sin embargo, pueden abrumar de imágenes enemigas o banales toda una noche de insomnio.

Uno escribe para combatir el olvido, para rescatar en las palabras el tiempo gastado por los relojes, pero sucede, y es ahí donde la aventura comienza, que hay un instante en que la línea recta de la máquina de escribir desciende, como hilo de Ariadna, a regiones no iluminadas por la conciencia, y revela paisajes donde la memoria sumergida se confunde con todos los sueños que no fueron recordados al despertar. Como en un viaje al centro de la Tierra, quien indaga en sí mismo para escribir encuentra océanos sepultados y selvas de las que nunca le dio noticia la razón.

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[página 62] / Desolación de una quimera

La soledad es Luis Cernuda, y también el destierro y la huida, y el oficio inútil de escribir y no resignarse a la muerte en vida de quien ha sido abandonado por una pasión y un cuerpo: «No es el amor quien muere —escribió—, somos nosotros mismos.» (...) Cada ciudad, y cada amor, no eran un refugio, sino una invitación a la huida hacia otras ciudades y otros cuerpos que sin remedio se alejaban o desvanecían para no permitirle el consuelo, y tal vez la mentira de una patria, de una sola certeza, de un porvenir no inhabitable.

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[página 84] / Umbral de la pintura

La adolescencia suele ser una edad muy frecuentada luego por la nostalgia, esa forma de íntima y larga mentira que sólo merece crédito, o disculpa, cuando se convierte en un libro, en una película donde el recuerdo sea levadura y pretexto para la imaginación, pero a veces uno tiene la clarividencia precisa para no mentir y reconoce tristemente que su adolescencia fue, como todas, un boceto malogrado de la de Arthur Rimbaud, una fogosa entrega al estupor y a la melancolía, a ciertos lugares comunes de la literatura de hace un siglo.

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[página 87] / El libro secreto

Un libro es una cosa impúdica que cualquiera pueda comprar y olvidar como se compra y se olvida un periódico, pero a veces, cuando importa, el libro llega como una cita inesperada al corazón que maduraba esperándolo, y entonces sus palabras impresas cobran la forma de una caligrafía deseada y abrirlo es como hallar en el buzón usualmente desierto una carta que incita al misterio porque no reconocemos la letra que viene escrita en el sobre y nos ha llegado de una ciudad en la que no creíamos existir para nadie.

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[página 115] / Las ciudades provinciales

En las ciudades de provincia siempre es domingo por la tarde. Un domingo pálido, como de entretiempo, mansamente, apaciguado en la melancolía, que es el más provincial de todos los sentimientos, si se exceptúan el amor infortunado y la esperanza de recibir misteriosas cartas pasionales.

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[página 116] / Las ciudades provinciales

Los relojes de las ciudades de provincia no sirven para medir el presente.

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[página 129] / Para volver a las ciudades

El regreso no es la claudicación de una aventura, sino el punto que convierte en círculo la curva sin norte de un viaje. Hay quien no sabe volver, porque ignora la desgarradura de partir y permaneció inerte cuando se marchaba, hay gentes de corazón tan mineral que ni siquiera al otro lado del mundo, en esas regiones adonde los llevó la superstición de las postales, sienten la tentación de perderse en una definitiva lejanía. Quien nunca se marchó, mal puede concebir la disciplina del regreso, que es un arte muy delicado y suele tener en los sueños sus mejores preludios, porque soñamos siempre las ciudades que algún día nos deparará el destino. Antes de volver a la ciudad, cuando la sabemos imposible, cuando una ilimitada distancia nos prohíbe sus calles, ella vuelve a nosotros, deshabitada y nocturna, como un rostro extraño, pero enseguida reconocido, pálida de luna e infinitamente hospitalaria para nuestros pasos viajeros sonámbulos. Es otra la ciudad que acostumbran a concedernos los sueños, pero también es otra la que transitamos el primer día y la primera hora del regreso, y no por ello podrá decir nadie que la ciudad traidoramente ha cambiado durante su larga o breve ausencia. La extrañeza, que en sí misma se convierte en una invitación, no es el signo de la deslealtad y del tiempo, sino la prueba de la incesante avaricia con que nos gasta el olvido. La ciudad es extraña porque no supimos recordarla, pues no hay nadie que posea el don de recordar la belleza, y por eso existen las fotografías, las estatuas, la literatura.

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Diario del Nautilus / Antonio Muñoz Molina
Plaza y Janés / Barcelona, 1986
162 pág. / 4 pesos /
Librería Punto y Aparte, Corrientes 1738

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