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El
que jadea
Descolgué el teléfono y escuché un jadeo venéreo al otro lado de la línea.
—¿Quién
es? —pregunté.
—Yo soy el que jadea —respondió una voz neutra, quizá algo cansada.
Colgué,
perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
—¿Quién
era?
—El que jadea —dije.
—Habérmelo pasado.
—¿Para qué?
—No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
Continué
leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi
mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de Internacional,
como si estuviera interesado en la alta política, la oía hablar con el
psicópata.
—No
te importe —decía—, resopla todo lo que quieras, hijo. A mí no me das
miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo,
no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas
a Telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana
telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que
a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por
cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales
del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como
uno americano. Enhorabuena, hijo.
A
continuación escuchó un poco sofocada dos o tres tandas de jadeos, y colgó
con naturalidad. Yo intenté reprimirme, creo que cada uno puede hacer
lo que le dé la gana, pero no pude. Me salió la bestia autoritaria que
llevo dentro.
—No
me parece muy edificante la conversación que has tenido con ese degenerado,
la verdad.
Ella
se asomó a la página de mi periódico y al ver las fotos de las amantes
de Clinton por orden alfabético respondió que un lector de pornografía
barata no era quién para meterse con un pobre jadeador que vivía con su
madre paralítica, y cuyo único desahogo sexual era el jadeo telefónico.
Me
mordí la lengua para no discutir, porque era sábado y quería empezar bien
el fin de semana. Pero el domingo, mientras mi mujer estaba en misa, telefoneó
de nuevo el jadeador y le mandé a la mierda.
—Se
lo voy a contar a tu mujer —respondió en tono de amenaza—. Le voy a decir
cómo tratas tú a la gente educada y te vas a enterar de lo que vale un
peine.
—Tampoco es para ponerse así —dije dando marcha atrás, no tenía ganas
de lío domésticos—. Es que me has cogido en un mal momento. Discúlpame.
—Está bien, está bien. ¿Y tu mujer?
—Se ha ido a misa.
—Dile que luego la llamo.
Me
quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por
teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales.
Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios
culturales, no sé. Pero al ver aquella relación tan sana entre mi mujer
y el jadeador pensé que no podía ser malo. Así que marqué un número al
azar y me puse a jadear como un loco, intentando recuperar los años perdidos.
—¿Quién
es? —preguntó con cierta alarma una mujer cuya voz me resultó familiar.
—Soy el jadeador —dije con naturalidad.
—Espere, que le paso con mi marido.
El
marido resultó ser mi padre, nos reconocimos en seguida: Inconscientemente,
había marcado su número. Me dijo que ya sabían los dos que acabaría así
y colgó. Luego llamaron a mi mujer y le contaron todo. Ella dice que quiere
abandonarme, por psicópata, y me ha pedido que le firme unos papeles.
—Jadear
a tu propia madre. ¿Dónde se ha visto eso?
Nunca
acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día. Total,
que ahora ya no puedo dejar de jadear, pero de angustia, aunque mis padres
creen que lo hago por vicio.
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La
viuda incompetente y otros cuentos / Juan José Millás
Plaza y Janés / Barcelona, 1998
109 páginas / 1 peso
Librería Punto y Aparte, Corrientes al 1738
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