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El
teniente Bravo
fragmento del cuento homónimo
El sargento ordenó descanso.
—Hoy no haremos gimnasia sueca —dijo,
provocando un murmullo de entusiasmo que atajó en el acto—: ¡Pero si creéis
que en vez de gimnasia habrá partido de fútbol!, o alguna carrerita de
esas para mariquitas esprintadores, estáis muy equivocados! ¡A más de
uno se le van a caer los cojones por los suelos cuando sepa lo que le
espera!
Ellos ya habían reparado en la borrosa
silueta que se alzaba a unos treinta metros, en la punta de una franja
de tierra esponjosa y gris que, en su extremo opuesto, alcanzaba a las
porquerizas. Más de uno pensó que era Carmencita, madrugadora, que mordisqueaba
alguna raíz con la cabeza escondida entre las patas, rumiando su triste
destino de cabra cuartelera. Para muchos, era el primer potro de gimnasia
que veían en su vida, y todos sabían que su presencia aquí se debía a
una gestión personal del teniente Bravo, su animoso instructor. Después
de cursar diversas solicitudes a la Comandancia reclamando un aparato
de gimnasia, cansado de esperar, el teniente había decidido adquirir este
potro de segunda o tercera mano en un modesto gimnasio de Ceuta, pagándolo
con su dinero y con la complicidad del sargento Lecha; aunque el sargento,
que intervino en la compra como mediador, declararía más adelante, una
vez consumada la tragedia, que el potro le pareció peligroso y traicionero
desde el primer momento, y que él intentó disuadir al teniente de su compra.
El viejo potro se había pasado diez años tirado en una leñera del Monte
Hacho, cojo y cubierto de polvo y telarañas, hasta que en 1949, de forma
casual, dos legionarios que cumplían condena en la fortaleza por haber
sido pillados en una garita besándose en la boca durante un relevo de
la guardia, en Larache, lo rescataron y le cambiaron la pata rota y empezaron
a ejercitarse con él, convirtiéndose en consumados gimnastas, de tal modo
que tres años después, al obtener la libertad y la licencia y habiendo
decidido instalar un gimnasio en Ceuta, se llevaron el potro con ellos.
—¡Tú y tú! —El sargento apuntaba con el
dedo a dos reclutas adormilados de la segunda fila. Traedlo aquí, más
cerca. ¡Rápido!
—A la orden, mi sargento.
Cargaron con el potro y lo trasladaron
jadeando, depositándolo delante del pelotón, según les indicó el sargento:
a unos cinco metros. Visto de cerca, con las gallinas revoloteando entre
sus patas, su compostura defraudó a los reclutas, que consideraron respetable
sólo su altura. Al recluta Folch le resultaba particularmente familiar
aquella disposición mansurrona y asnal del artilugio. De pronto, mientras
lo miraba aprensivamente con el rabillo del ojo, Folch vio las lustrosas
gallinas de su abuela picoteando maíz entre los apacibles cascos de su
viejo burro plagado de moscas, parado tontamente bajo un sol rabioso en
una era del Berguedá. «A casa tenemos un burro que es paresido», dijo
en voz baja y trasegando mucha saliva y mucha añoranza.
(...)
—Por Cristo, mi teniente, ya está bien
—dijo el sargento—. Se va a hacer daño.
Desde el suelo, el teniente lo contuvo
con una maldición:
—¡Cago en la puta madre, sargento, ¿no
le he dicho que no se mueva?! ¡Cago en el copón divino y la madre que
parió a Abd-el-Krim en el desierto! —Hizo una pausa, y, pensativo, se
miraba las rasguñadas palmas de las manos—. ¡Fuera todo el mundo! ¡No
ha pasado nada!
—Pero mi teniente, hágame usted caso...
Se calló el sargento esperando una cascada
de insultos, pero el teniente se limitó a jadear. Recostado en un codo,
el rostro manchado de sangre y polvo mezclados, con el rabillo del ojo
atisbaba la puñetera quietud del potro erguido a su lado, incólume y vetusto,
ensimismado y maligno sobre sus escuálidas cuatro patas; lo miraba el
teniente con los dientes apretados y el corazón en un puño, resoplando,
mientras los patos se acercaban de nuevo meneando el trasero, husmeando
en las suelas de sus botas la plasta de mierda que se había traído de
las proximidades de la pocilga.
Tardó un poco en levantarse, pero lo hizo
ágilmente, lamiéndose el labio y estirando los faldones de la maltrecha
sahariana.
—Si le parece, mi teniente —carraspeó
el sargento—, mando romper filas y lo dejamos para mañana...
—¿De qué me está hablando, sargento? ¡¿De qué cojones me está hablando?!
Se había quitado el pañuelo liado a la frente para limpiarse la sangre
de la nariz. Después de un minuto de silencio, el sargento se plantó delante
del potro e hizo el siguiente comentario:
—Pues no señor, que no, que no veo yo
bien plantado a este potro de gimnasia. Juraría que se asienta mal, que
está torcido, el cabrón.
—No diga tonterías, sargento.
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El teniente Bravo / Juan Marsé
Plaza & Janés / Barcelona, 1987
160 pág / 3 pesos
Librería Punto y Aparte, Corrientes 1738
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