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La
televisión: el espejo del reino
La
presencia del televisor queda reforzada por la naturaleza lumínica inconfundible
de la señal y la imagen televisivas. El poder hipnótico del televisor
convierte el lugar que ocupa en un ambiente cualquiera en necesario punto
de fuga de todas las miradas. Este poder de sugestión se basa en la luz.
En rigor, llamamos televisión (visión a distancia) a un efecto
de luz que, por mediación de un sistema electrónico sumamente ingenioso
y el añadido del movimiento y sonido, nos sirve para generar imágenes
sobre una pantalla luminiscente.
En
realidad, la televisión se genera por medio de un tubo o cañón que dispara
rayos catódicos. Se trata de un dispositivo que descarga un doble chorro
de electrones movilizados por 25 000 voltios cuando la emisión es en color,
y por unos 15 000 voltios cuando es en blanco y negro. Los haces de electrones
barren desde atrás y, siguiendo un movimiento regulado y constante que
en la jerga técnica se conoce como interlaced scanning, disponen
sobre la superficie acristalada de la pantalla luces y sombras en miles
de puntos que sirven para que nuestras facultades visuales sinteticen
una imagen, como en un cuadro de Seurat. La pantalla está compuesta por
puntos fluorescentes sensibles al choque de los electrones. Distintas
intensidades y frecuencias en la sensibilidad a la luz de los puntos que
forman la pantalla producen un efecto de parpadeo semejante al de las
luces estroboscópicas usadas con fines de animación en las salas de baile.
El scanning se lleva a cabo en dos movimientos entrelazados: de
izquierda a derecha y de arriba a abajo. El movimiento horizontal tiene
lugar 15 750 veces por segundo y el vertical sólo 60 veces por segundo.
El entrelazado de los haces de electrones se sincroniza con la mayor precisión
posible para obtener las 625 líneas de la norma europea. Los puntos de
luz se apagan y se encienden con un ritmo que oscila entre las 25 y las
30 veces por segundo, según los sistemas. Y, como el encendido/apagado
de los puntos nunca es uniforme y sucede todo el tiempo en que estamos
mirando la pantalla, la composición de las señales necesaria para obtener
una imagen es una compleja operación cerebral de la que, a la postre,
el espectador extrae una figura reconocible.
La
retina opera sobre el cerebro a través de centenares de miles de canales
al mismo tiempo, pero la imagen televisiva se genera gracias a un efecto
de memoria visual. Los puntos de luz son percibidos al mismo tiempo aunque
en verdad son emitidos por la fuente de luz uno tras otro. Cuando la luz
penetra en el ojo, la impresión deja un rastro mnemónico en la mente que
dura una décima de segundo, de modo que si bien percibimos una imagen
compuesta, en realidad sólo un punto entre los que la componen es captado
al instante. Hasta hace algunos años la televisión podía transmitir el
movimiento a razón de diez imágenes fijas por segundo, una cantidad bastante
menor a la que se obtiene en la cinematografía, que es de veinticuatro
imágenes por segundo. Actualmente la tecnología digital ha conseguido
equiparar los medios, y logra espectaculares efectos de cámara lenta que
nada tienen que envidiar a los generados por el cine.
Lo
que primero llama la atención en este dispositivo de gran complejidad
es su semejanza con la fisiología de la visión, tal como ha sido explicado
por las investigaciones de Ragnar Granit, H. K. Hartline y George Wald
[en Los orígenes del conocimiento, Ed. Gedisa, Barcelona, 1981].
Según estos investigadores, la visión se lleva a cabo a través de un proceso
sumamente complejo: el ojo humano está compuesto por un gran número de
pequeñísimos conos y bastoncillos que son activados por los fotones de
luz de manera aleatoria y no siempre precisa. Cada vez que un fotón golpea
contra alguno de estos corpúsculos, la materia púrpura que contiene se
decolora. Para poder servir en el futuro, cada corpúsculo decolorado ha
de ser reactivado por el cerebro, lo cual supone tiempo y disponibilidad
de cálculo, puesto que el bombardeo de los fotones será incesante mientras
el individuo tenga sus ojos abiertos. De modo pues que, para componer
una imagen exterior, el cerebro está obligado a realizar una infinidad
de operaciones y tiene que combinar un número enorme de variables relacionadas
con mediciones de energía de sus partes sensibles, frecuencias de recuperación,
cambios de estado de los conos y los bastoncillos, y constantes afinaciones
y correcciones de los sistemas que ejecutan esa función. En suma: la visión
no tiene nada que ver con el viejo modelo ilustrado de la cámara oscura
y la pantalla que refleja el paso de la luz por una rendija, sino que
es cálculo y composición.
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La
televisión: el espejo del reino / Enrique Lynch
Plaza & Janés / Barcelona, 2000
156 páginas / 3 pesos
Librería Diógenes, Corrientes 1851
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