|
Mitre
[Estación Miguelete]
Un montón dedos aprisionan suavemente los pezones oscuros y gigantes de
una mujer justo en el momento en el que se escucha un ruido.
Entonces.
Como el dueño de esos dedos [Roberto] no sabe si lo que está escuchando
son los gritos gozosos de la mujer o el simple chirrido agudo de las ruedas
del tren que parte de la estación, resuelve cerciorarse convenientemente
del origen de los sonidos. Mira a la señora y al mirarla debe reconocer
con masculina humildad que sus ojos siguen completamente cerrados, que
sólo se ha incrementado un poco el rubor de sus mejillas, y que, desafortunadamente
para su orgullo varonil, los ruidos provienen de las vías, nomás.
También
debe reconocer, casi de inmediato y entre otras muchas cosas, que ama
perdidamente a esa mujer, que hasta esa mañana ignoraba por completo que
un hombre pudiese ser tan feliz en este mundo, que es feliz en este mundo
porque la ama perdidamente, que ya no puede imaginarse la propia vida
sin esa mujer gigante a su lado, que.
—¿No
escuchó un grito?
Le
pregunta Narciso a su enamorado compañero de asiento sin siquiera sospechar
que está interrumpiendo una serie casi interminable de humildes reconocimientos
masculinos.
—No,
hombre, está confundido. Y lo comprendo perfectamente, se lo juro. A mí
también me pasó lo mismo. Era el chirrido de las ruedas del tren cuando
salía de la estación.
Pero
Narciso le asegura a Roberto que no, que de ninguna manera, que no está
confundido, que lo que él escuchó no era el chirrido agudo del tren saliendo
de una estación, que lo que él escuchó fue un grito desgarrador, un grito
horrible, conmovedor. Qué él sabe mucho de ruidos y de gritos por culpa
de su profesión de vigilador, que aunque esté dormido él igual escucha
todo, que de noche acostumbra a tomar pastillas para dormir pero se despierta
lo mismo ante el más mínimo sonido, que su señora está harta de que él
se despierte a cada rato porque a veces también la despierta a ella sin
querer, pero que él, lamentablemente, no puede hacer nada contra eso,
que es más fuerte que sus ganas de dormir, que un médico joven del hospital
de Villa Ballester le explicó que se trata de una típica deformación profesional,
que va a ir a investigar lo que pasó, que le cuide el lugar, por favor,
que vuelve en un segundo.
—¿Se siente bien, Roberto?
Ahora
la que pregunta es Mariela.
Y
si pregunta no es porque le atraiga mayormente el asunto de los gritos
o de los ruidos. Si pregunta es, simplemente, porque los dedos del hombre
al que va destinada la pregunta primero se detuvieron repentinamente y
un poco después se apartaron. Y ella se asustó y se sintió otra vez sola
en el mundo y perdida y tuvo que hacer un gran esfuerzo y abrir los ojos
y pensar por un momento que la crema boliviana era un fraude, que no servía
para nada, que el hombre había vuelto a sentir los fuertes mareos, y que,
quizás, hasta tuviese nuevamente unas ganas incontenibles de vomitar.
—Me siento muy bien.
—¿Ya pasamos Colegiales?
Pregunta la mujer por preguntar o porque no estaba del todo preparada
para una respuesta tan positiva de Roberto o, quizás, para hacer tiempo
mientras acomoda con todo el esmero de que es capaz, otra vez el simpático
saco gris cerca de su gordo cuello.
Pero, como preguntó algo, Roberto se ve en la obligación de contestarle
algo y para contestarle algo tiene primero que asomar la cabeza por la
ventanilla y después intentar reconocer alguna casa o alguna calle que
le dé una pista aproximada sobre la actual situación del convoy.
—No. Todavía falta mucho. Recién acabamos de cruzar la General Paz.
—¿Y el señor Narciso?
—Se fue a investigar un grito que escuchó.
[
]
Mitre
/ Federico Jeanmaire
Norma / Buenos Aires, 1998
211 pág. / 5 pesos
Librería Lucas, Corrientes 927
[
]
|