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Una
virgen peronista
El mismo Camilo Jomes que encabeza la lista de inscriptos para el viaje
hacia la reclusión de mi hermana.
Pero bueno, así son las cosas.
Aquel día el tipo llegó a casa de mis padres, se metió con el cura dentro
de la habitación en la que se hallaba Carmencita y, cuando algunas horas
después salieron los tres juntos del encierro con los ojos llorosos, me
enteré por boca del cura que mi hermana había decidido clausurarse para
siempre en un convento que quedaba a unos setenta y cinco kilómetros de
nuestro pueblo.
Entonces me rebelé.
Me pareció muy raro que una niña de apenas doce años, y después de estar
encerrada bajo llave en su cuarto durante toda una tarde, hubiera decidido,
de buenas a primeras, dedicar el resto de su vida a Dios. Pero, de todas
maneras, me cuidé mucho de abrir la boca en ese momento. Por la noche,
cuando todos dormían, llené un bolso con ropa, le di un beso en la frente
a mi querida hermana, y me fui para siempre. Claro está que antes me tomé
unos minutos para pasar por la iglesia, despertar al cura, y decirle,
sin vueltas, lo que pensaba de él y de su solución:
—Usted, cura, es un reverendo hijo de puta. Y su solución, si me permite,
una verdadera porquería.
Y que Dios, si puede, me perdone.
Nunca, en treinta y cinco años, cambié mis parecimientos sobre la actuación
del cura durante los sucesos de aquel desgraciado día.
Nunca.
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Una
virgen peronista / Federico Jeanmaire
Norma / Buenos Aires, 2001
260 pág. / 5 pesos
Librería Lucas, Corrientes 1247
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