Me lo imagino al Cuchi en el festival del chancho asado con pelo
(1). Además de no estar muy a gusto con el sacrificio del animal (“Cuchi”,
en salteño, es una palabra de origen quechua que designa a los chanchos
del monte), tampoco estaría muy a gusto con los folcloristas del escenario:
en el mejor de los casos gente prolija, y en su mayor parte egresada
de algún conservatorio, especialmente de la ciudad de Buenos Aires.
Lo que pasa es que al Cuchi le molestaba mucho la academización del
folclore. Ya en 1965 reclamaba,
en una entrevista concedida al periodista Marcelo Simón, «que la gente
baile folclore como debe ser, como siempre fue: cada cual a su modo,
copiando los jóvenes la manera de moverse de los veteranos, y trasmitirse
así la costumbre patrimonial, que a su vez crea lo que se puede llamar
estilo», aclarando más adelante que «hay que decirle a los folcloristas,
o a los que quieren serlo, que aprendan rápido esto del paisaje, para
que bailen bien. Pero que no vayan a las academias porque los van a
matar». Esta fobia a la academización de una práctica popular contrasta
con la imagen que muchos folcloristas actuales tienen del Cuchi:
un músico de elite que alguna vez se preocupó por componer zambas. Porque
Gustavo Leguizamón fue, efectivamente, un músico de elite, pero también
fue, y sobre todo, un músico popular preocupado por aprehender los saberes
locales de los sectores populares de su región.
El
paisaje para el Cuchi era, además, el paisaje humano. Hay, en gran parte
de la obra de Leguizamón y Castilla (2), una mirada antropológica que
describe personajes concretos en situaciones precisas: por ahí desfilan
la coplera Santa Leoncia de Farfán, el hachero Maturana, el panadero
Riera, con una efectividad descriptiva potenciada en una música que
recoge, en su complejidad armónica y melódica, el dodecafonismo de Schönberg,
pero también el canto de los habitantes de la puna junto a sonidos de
la naturaleza. Vanguardia y tradición, en una combinatoria impensable
para un músico que no haya tenido el oído atento a los sonidos de su
paisaje.
Esta
idea del paisaje adquiría en Leguizamón la fuerza de una gramática productiva.
Si pensamos en el aire de chacarera El rococo —una forma salteña
de llamar a un tipo especial de sapo— esto se vuelve más claro: Leguizamón
era un gran admirador de los animales y se tomaba tiempo para escuchar
sus ritmos y melodías. Él aprendía de ellos. Como también aprendía de
las tonadas provincianas para hacer su música. Las tonadas, que para
él también formaban parte del paisaje. Sospecho, sin embargo, que no
le caería muy bien escuchar a folcloristas contemporáneos hablando del
paisaje (incluso imitando la retórica de Leguizamón), mientras
cantan baladas melodramáticas con la certeza de que el mercado latino
de Miami les abrirá sus puertas. Lo que pasa es que el Cuchi, a diferencia
de lo que pasa con muchos fenómenos actuales de la llamada música
folclórica, concebía su proyecto estético como un fenómeno cultural
alejado (o al menos con una cercanía mínima e indispensable) de la industria
fonográfica y de la palabra marketing: por eso imaginaba la difusión
de su obra a través de las secretarías de cultura provinciales, llegando
con el canto y la poesía hasta el pueblo más pequeño del país, como
lo hizo muchas veces junto al Dúo Salteño (3) y Manuel J. Castilla.
Pensar
un folclore por fuera de lo académico no significaba caer en la ramplonería
de cierto folclore masivo que hoy vivimos (la otra cara de la academización).
Era, sobre todo, una expresión libre de alguien que detestaba todo tipo
de solemnidad, incluyendo la solemnidad académica. No se trataba de
no estudiar música: se trataba de encontrar los maestros adecuados,
y esos, como el Cuchi, en las academias no estaban.
Alguna
vez Carlo Ginzburg, pensando en el estudio de Bajtin sobre François
Rabelais, utilizó la palabra «circularidad» para definir el proceso
que hace posible leer en los productos de la alta cultura las huellas
de las culturas populares. La obra de Leguizamón, a la manera de Gargantúa
y Pantagruel o del Quijote, actualiza el concepto y permite un acercamiento
descriptivo (sin caer en facilidades sociológicas) a formas humanas
que poco tienen que ver con la oligarquía salteña, a la que por cuna
el Cuchi pertenecía. Oligarquía solemne que invitaba a los jóvenes poetas
y músicos de su generación a mezclarse con los sectores populares locales
para salvarse del aburrimiento. Y en la diversión popular de la carpa
carnavalera o del boliche bohemio (por ejemplo, el bodegón de los Balderrama),
o de las fiestas religiosas de los pueblitos, el Cuchi y sus amigos
también descubrían las injusticias que las clases populares seguían
padeciendo a pesar de las transformaciones efectuadas por el peronismo.
Esto es claro en la Chacarera del expediente, pieza que describe
el modo en que la justicia persigue a «los pobres», los sectores populares
victimizados, como dice Leguizamón, por una ley que «nació sorda», una
ley que se vale de «un comisario ladino» para hacer confesar a palos
«al pobre y a sus parientes». El funcionamiento de la justicia
en un país donde se ha naturalizado la impunidad. Una chacarera que
le valió al Dúo Salteño y al Cuchi su inclusión en las listas negras
del proceso.
Pero
el Cuchi también ofició de musicólogo: se preocupó por recopilar un
repertorio del cancionero popular anónimo, como por ejemplo El cocherito,
entre otras canciones que sobrevivieron gracias a la importancia que
le daba Leguizamón al conocimiento de los saberes y tradiciones locales.
La misma importancia que le otorgaba, sin embargo, a la música dodecafónica,
o a Satie o a Beethoven o a Ravel.
Ni
academización ni facilismo. Esto lo comprendieron muy bien Chacho Echenique
y Patricio Jiménez, los integrantes del Dúo, cuando comenzaron a entrenar
con él (Leguizamón se definió alguna vez como el «entrenador del Dúo
Salteño»). Y también comprendieron, de una forma traumática, por qué
el Cuchi prefería el trabajo artesanal y paciente a los apresuramientos
industriales. Ocurrió durante la grabación de uno de sus discos, cuando
advirtieron cómo el técnico de la discográfica se preocupaba más por
leer la revista El gráfico que por la calidad de la grabación.
Un ejemplo sencillo de una lógica economicista que reduce la cultura
a mercancía. La lógica opuesta a la de un creador como Leguizamón, quien
hacía de la libertad un culto.
Y
la libertad, para el Cuchi, también significaba, y sobre todo, libertad
de aprender, libertad de apropiarse, libertad de mezclar. Por eso su
obra, musical y poética, es una síntesis de tradiciones donde conviven
lo más complejo de la vanguardia occidental junto a la eficacia de saberes
negados por Occidente: saberes urbanos y rurales aprendidos desde su
infancia, saberes aprehendidos eficazmente, al punto de producir una
de las obras más importantes de la música popular argentina. Una obra
con pretensiones, como el mismo Cuchi admitía (incluso cuando hacía
sus conciertos estrafalarios de campanas y de trenes) y, sin embargo,
tan perfectamente minimalista que logró radiografiar, en sus momentos
más felices, la cotidianidad de hombres y mujeres concretos, cuyas historias
y melodías se habrían perdido para siempre si no hubiera estado el oído
atento y memorioso de Gustavo Leguizamón, nuestro querido Cuchi que
sigue alborotándonos los recuerdos con la lanza de su música.