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Notas
1) El festival mencionado existe: se realiza en la localidad de San
Antonio de Giles, durante el mes de febrero, en la provincia argentina
de Buenos Aires.
2) Manuel J. Castilla
(1918-1980), considerado el poeta salteño más representativo.
Su obra dejó una marca profunda en el cancionero popular, especialmente
a partir de sus asociaciones creativas con Gustavo Cuchi
Leguizamón.
3) Integrado por Néstor
Chacho Echenique y Patricio Jiménez, la discografía original
del Dúo, por año y compañía, es la siguiente: Dúo Salteño I
(1969, Philips), El canto de Salta —Dúo Salteño y Gustavo
Leguizamón— (1971, Philips), Dúo Salteño II (Tonodisc,
1973. Editado en Japón en 1974), Dúo Salteño III (1974,
Tonodisc), El canto de Salta (1983, Polygram, reedición),
Como quien entrega el alma (1984, Polygram), Madurando
sueños (1986, Polygram) y Vamos Cambiando (1991, Melopea).
A esto hay que agregar compilaciones como Dúo Salteño, 20 grandes
éxitos (Polygram, 1994) o Dúo Salteño, la historia
(Universal, 2002)
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SUGERENCIAS
Para
leer y escuchar canciones de Leguizamón
Archivo Zip de
MP3 que contiene los siguientes temas:
- El rococo Música:
Gustavo Leguizamón. Intérprete: Cuchi Leguizamón. Del disco
Gustavo Cuchi Leguizamón en vivo en Europa, Página 12,
2004.
- Zamba soltera
Letra
y música: Gustavo Leguizamón. Intérprete: Dúo Salteño. Del disco
Dúo Salteño, la historia, Universal, 2002.
- Me voy quedando
Letra
y Música: Gustavo Leguizamón. Intérpretes: Herrero-Falú. Del
disco Leguizamón-Castilla, Epsa, 2000.
Discografía
recomendada:
Dúo
salteño, la historia(Dúo Salteño, Universal, 2002)
Leguizamón-Castilla (Liliana Herrero y Juan Falú, Epsa,
2000)
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Alguna
vez Carlo Ginzburg, pensando en el estudio de Bajtin sobre François
Rabelais, utilizó la palabra «circularidad» para definir el
proceso que hace posible leer en los productos de la alta cultura
las huellas de las culturas populares. La obra de Leguizamón,
a la manera de Gargantúa y Pantagruel o del Quijote, actualiza
el concepto y permite un acercamiento descriptivo (sin caer
en facilidades sociológicas) a formas humanas que poco tienen
que ver con la oligarquía salteña, a la que por cuna el Cuchi
pertenecía. Oligarquía solemne que invitaba a los jóvenes poetas
y músicos de su generación a mezclarse con los sectores populares
locales para salvarse del aburrimiento. Y en la diversión popular
de la carpa carnavalera o del boliche bohemio (por ejemplo,
el bodegón de los Balderrama), o de las fiestas religiosas de
los pueblitos, el Cuchi y sus amigos también descubrían las
injusticias que las clases populares seguían padeciendo a pesar
de las transformaciones efectuadas por el peronismo. Esto es
claro en la Chacarera del expediente, pieza que describe
el modo en que la justicia persigue a «los pobres», los sectores
populares victimizados, como dice Leguizamón, por una ley que
«nació sorda», una ley que se vale de «un comisario ladino»
para hacer confesar a palos «al pobre y a sus parientes».
El funcionamiento de la justicia en un país donde se ha naturalizado
la impunidad. Una chacarera que le valió al Dúo Salteño y al
Cuchi su inclusión en las listas negras del proceso.
Pero
el Cuchi también ofició de musicólogo: se preocupó por recopilar
un repertorio del cancionero popular anónimo, como por ejemplo
El cocherito, entre otras canciones que sobrevivieron
gracias a la importancia que le daba Leguizamón al conocimiento
de los saberes y tradiciones locales. La misma importancia que
le otorgaba, sin embargo, a la música dodecafónica, o a Satie
o a Beethoven o a Ravel.
Ni
academización ni facilismo. Esto lo comprendieron muy bien Chacho
Echenique y Patricio Jiménez, los integrantes del Dúo, cuando
comenzaron a entrenar con él (Leguizamón se definió alguna
vez como el «entrenador del Dúo Salteño»). Y también comprendieron,
de una forma traumática, por qué el Cuchi prefería el trabajo
artesanal y paciente a los apresuramientos industriales. Ocurrió
durante la grabación de uno de sus discos, cuando advirtieron
cómo el técnico de la discográfica se preocupaba más por leer
la revista El gráfico que por la calidad de la grabación.
Un ejemplo sencillo de una lógica economicista que reduce la
cultura a mercancía. La lógica opuesta a la de un creador como
Leguizamón, quien hacía de la libertad un culto.
Y
la libertad, para el Cuchi, también significaba, y sobre todo,
libertad de aprender, libertad de apropiarse, libertad de mezclar.
Por eso su obra, musical y poética, es una síntesis de tradiciones
donde conviven lo más complejo de la vanguardia occidental junto
a la eficacia de saberes negados por Occidente: saberes urbanos
y rurales aprendidos desde su infancia, saberes aprehendidos
eficazmente, al punto de producir
una de las obras más importantes de la música popular argentina.
Una obra con pretensiones, como el mismo Cuchi admitía (incluso
cuando hacía sus conciertos estrafalarios de campanas y de trenes)
y, sin embargo, tan perfectamente minimalista que logró radiografiar,
en sus momentos más felices, la cotidianidad de hombres y mujeres
concretos, cuyas historias y melodías se habrían perdido para
siempre si no hubiera estado el oído atento y memorioso de Gustavo
Leguizamón, nuestro querido Cuchi que sigue alborotándonos los
recuerdos con la lanza de su música.

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