La era digital trajo aparejada la obsolescencia
de las leyes de propiedad intelectual, por lo menos tal como están
formuladas actualmente. Sin embargo, desde distintos organismos
de poder luchan por poner restricciones a las posibilidades de
reproducción que brindan las nuevas tecnologías. Por ejemplo,
englobando como piratería todo tipo de transmisión libre de la
información y los productos artísticos, incluyendo las copias
privadas. Detrás del debate se registran dos posturas: aquella
que pugna por mantener los esquemas de comercialización tradicionales,
y otra que festeja los enormes beneficios de un traspaso libre
del conocimiento.
Desde
que existe la posibilidad tecnológica de descargar música y
otras creaciones artísticas e intelectuales de Internet, el
debate acerca de la Propiedad Intelectual y los beneficios y
perjuicios de estos métodos de reproducción privada se transformaron
en un engorrosa polémica.
De un lado,
las sociedades de autores, las discográficas y editoriales,
demasiados artistas y algunos gobiernos, apoyándose en los derechos
de patentes y de Propiedad intelectual. Del otro, los usuarios
y teóricos que rescatan los beneficios democráticos de las nuevas
tecnologías con respecto a la expansión del conocimiento y el
disfrute cultural, quienes critican las ingentes ganancias
que los amos del mercado (no precisamente los artistas) obtienen
gracias a la gestión de los derechos de creación y a los altos
precios de los productos canalizados a través del mercado oficial
(casas de libros, de música, cines, etcétera).
Por la fuerza
con que el primero de estos discursos es reproducido mediáticamente
—gracias al poder económico que lo sustenta—, es raro aún encontrar
voces argumentadas que se opongan a las campañas a favor de
la protección intelectual de las obras y en contra de la tan
mencionada piratería.
Desde esos
organismos tienden a confundir los términos y meten en una
misma bolsa fenómenos bien distintos: una cosa es la piratería,
que se refiere a la comercialización ilegal de copias de productos
artísticos protegidos (como la venta callejera de cedés, por
ejemplo) y todo lo que ello envuelve; y otra muy distinta, la
copia privada sin ánimo de lucro que la ley ampara, como la
descarga de música, textos y otras obras de Internet.
Por ello,
teína entrevistó a Jorge Cortell-Albert, profesor
del máster en Propiedad Intelectual y eCommerce en la
Universidad Politécnica de Valencia, que desde hace tiempo viene
pregonando en sus conferencias, clases y página web la libre
circulación de la información que brinda la era digital.
A su juicio, y al de muchos otros, las leyes de Propiedad y
las Patentes, tal como están planteadas hoy día, interfieren
y dificultan la creación. Pero los sectores que luchan por
mantener su poder oligopólico en el prolífero mercado de la
cultura hacen lo que está su alcance —y no es poco— para poner
límites a las nuevas tecnologías y mantener el esquema de comercialización
tradicional.

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