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La signatura TIZ
En esta biblioteca, una de las mejores de la ciudad en lo que a literatura contemporánea se refiere, había podido satisfacer yo siempre todos mis caprichos lectores, y en esta ocasión también fue así. Velocidad de los jardines monopolizaba la signatura TIZ del anaquel de ficción, a pesar de que su modesto tamaño sugería la no muy absurda posibilidad de que algún día desapareciera aplastado por su voluminosos vecinos. Enseguida me di cuenta de que era un libro de relatos, y a mí (¡lo siento!) los libros de relatos siguen apeteciéndome mucho menos que las novelas, aun con la voluntariosa campaña que últimamente se ha levantado en su favor (sobre todo porque el 90% de los libros de relatos tratan, según sus autores y editores, del «hombre contemporáneo», de la «tragedia cotidiana» o de «la soledad», lo que resulta monocorde hasta el hartazgo). No sé ustedes, pero yo, siempre que acudo a una biblioteca, y antes de sacarme un libro, me fijo con suma curiosidad en la hoja de devolución que suele ir adherida en la cara interna de la portada (y que en algunas bibliotecas valoran tanto que hasta cortan con tijeras la solapa para que se vea bien). Es un método tan válido como otro cualquiera para conocer el éxito de un libro. Me hace gracia ver que determinado título ha sido leído ocho veces en un año, o dos, o cuarenta, que de todo hay. Velocidad de los jardines, en concreto, no había sido leída nunca por ningún lector de la biblioteca Retiro. El libro fue editado en 1992, yo estaba a punto de sacarlo en 1999, de modo que si consideramos que un libro pasa a la biblioteca un año o dos después de ser publicado, tenemos que Velocidad de los jardines llevaba como mínimo cuatro años esperando a que alguien lo leyera. Es sólo un trozo de papel y cartoné, de acuerdo, pero da pena pensar en ese libro como en un ser vivo, que asiste cerrado a los viajes puntuales que se dan sus compañeros de estantería, a los que luego ve regresar un poco más gastados, oliendo a domicilio privado, mientras él conserva aún el impersonal perfume del pegamento. Me lo llevé, claro, porque, al mismo tiempo que me da rabia ver un libro virgen de lectores, me hace una ilusión tremenda ser el primero en abrirlo, aunque luego la lectura me resulte espantosa. Velocidad de los jardines, sin embargo, me fascinó. Lo leí entusiasmado y lo devolví enseguida para no privar a la biblioteca de uno de sus pocos libros estimables. Además, decidí comprar un ejemplar para cumplir con el primer y único mandamiento del lector: contribuir a que la buena literatura dé de comer a sus autores. Sin embargo, no encontré el libro en ningún sitio, y al cabo desistí de mi capricho solidario. Un año y pico más tarde, deambulando por la misma biblioteca en busca de algo que no fuera, sencillamente, una mierda, acabé plantado nuevamente ante la signatura TIZ. Extraje Velocidad de los jardines de su emparedamiento y, al mirar la hoja de devolución, me di cuenta de que sólo aparecía impresa una fecha: la mía. Leer dos veces un mismo libro no es algo que haga con frecuencia, pero volví a obligar a la bibliotecaria a estampar su draconiano sello sobre la desolada hoja de devolución de aquel volumen y acometí su lectura con el mismo placer y deslumbramiento que la primera vez. Finalmente, a raíz de la publicación de su segunda novela, Labia, pude adquirir mi ejemplar de Velocidad de los jardines, que había aparecido de pronto en la FNAC, quizá apadrinado por el éxito crítico del nuevo libro del autor. Además, en el año 2004, vio la luz la segunda edición de estos cuentos, lo que me parece a la vez vergonzoso y estupendo. Ahora, con el libro a mano, trataré de explicar por qué lo considero el mejor texto literario hecho en España en la década de los noventa.
El lirismo con que está titulado este libro no sólo remite al cuento de Julio Cortázar Continuidad de los parques, sino que establece la listón poético con el que va a enfrentarse el lector. Sí, afortunadamente, los relatos que agavilla Eloy Tizón en Velocidad de los jardines no son pedazos de realidad (ya saben: una lavadora, divorcios, la custodia de los niños, un Mustang del 65) sino pedazos de poesía, es decir, un festival de la palabra. El volumen se abre con una Carta a Nabokov, a la que siguen diez relatos más , todos sin planteamiento, sin nudo ni desenlace. Me centraré en mis dos favoritos, Los puntos cardinales y el que cierra la obra, titulado como ésta. Soy un viajante de comercio taciturno. En treinta años de profesión he visto: quemarse un río, dos guerras, un eclipse parcial de luna, una rosa azul, una mano sin uñas en el borde de un sendero, como suelo decir yo qué no habré visto. Así se inicia Los puntos cardinales. Hasta donde yo sé, el nombre que me viene a la cabeza leyendo este cuento es el de Pablo Neruda. Todo lo que sigue después de la frase inicial recuerda a Residencia en la tierra, es decir, a surrealismo primigenio. Se nota el gusto por las enumeraciones proteicas, donde cabe todo, y la prioridad musical sobre el matiz narrativo. Se dice «borde de un sendero» y no «borde de un camino» para ligar dos palabras de silabario similar. El resultado de este esfuerzo melódico es la creación de una atmósfera, casi de un sentimiento, entre la tristeza y la nostalgia. Los ocasionales personajes que describe el narrador son sometidos asimismo a un proceso poético: «Lo que me extraña es que el hombre que la acompaña se parezca tanto a mí; no físicamente, claro: él es largo y oscuro como un túnel puesto en pie.» Y más adelante: «No podía dejar de mirar al hombre que se desgastaba ante mis ojos, veía los íntimos desmoronamientos, su fluidez decisiva, la evaporación. Me obsesionaba ese rostro que podía ser el mío donde se leía el fluir de las células hacia su desembocadura, las páginas del mal.» Es decir, creado el sentimiento, la atmósfera, el autor la hace evolucionar narrativamente encarnándola en los personajes, que no existen de un modo flaubertiano, sino como transmisores del pulso del relato. El resultado final son ocho páginas de belleza intraducible, de inspiración y sugerencia máximas.
Este relato es un milagro, el milagro de la desaparición de la impostura literaria. Creo que su fuerza, su absoluta emotividad, parte del hecho de que, por una vez, sentimos que lo que se nos dice es verdad, es auténtico, le quema al autor. Digámoslo claramente: la literatura es una sucesión de mentiras bien escritas. No sólo los escritores sin escrúpulos (muchos, por cierto) elaboran novelas sobre temas sociales que les tienen sin cuidado (violencia doméstica, inmigración), sino que hasta los grandes novelistas y poetas fingen (como decía Pessoa) la mayor parte de lo que escriben. Lo fascinante es que en este cuento se puede probar químicamente que todo es de verdad. Muchos dijeron que cuando pasamos al tercer curso terminó la diversión. Cumplimos dieciséis, diecisiete años y todo adquirió una velocidad inquietante. Ciencias o letras fue la primera aduana... Velocidad de los jardines trata un asunto menor, casi ridículo: el trauma que para los que estudiamos BUP suponía pasar a tercero, elegir literatura o matemáticas, latín o química. Es decir, afrontar la madurez. El estilo empleado por Tizón en este cuento es mucho más llano que en el resto del libro, lo que ayuda a percibir lo contado como genuino. Sin embargo, el talento del autor hace regates inauditos a la ramplonería: «La revolución rusa se extendía por nuestros cuadernos y en la página sesenta y tantos el zar era fusilado entre tachones.» El cuento va sumando anécdotas, personajes, episodios de adolescencia fácilmente reconocibles: «Fue una especie de hecatombe. Media clase se enamoró de Olivia Reyes.» Y también: «En el test psicológico le salió introvertido.» La evocación se sucede página a página, salen muchos nombres propios, mucho 3º B, y hasta vemos a la mano que escribe ese texto temblar. El autor ha destapado su propio corazón ante nosotros, lo que le lleva a escribir en la última página: «No he vuelto a ver a ninguno. Tercero de letras no existe. He oído decir que las gemelas Estévez trabajan de recepcionistas en una empresa de microordenadores. ¿Por qué la vida es tan chapucera? Daría cualquier cosa por saber qué ha sido de Christian Cruz o de Mercedes Cifuentes. Adónde han ido a parar tantos rostros recién levantados que vi durante un año, dónde están todos esos brazos y piernas ya antiguos que se movían en el patio de cemento rojo del colegio, braceando entre el polen.» El párrafo no termina ahí. Le sigue una frase breve, decisiva. Ésta: «Los quiero a todos.» Estas cuatro palabras son el epicentro emocional del relato, su origen y su fruto: Velocidad de los jardines viene de ahí y nos lleva hasta ahí. Es decir, consigue hacer algo increíble: que el lector sienta exactamente lo que el autor siente. Las palabras amorosas están completamente desgastadas. El verbo querer, el verbo amar, la frase «no puedo vivir sin ti» no significan ya nada. Salen en todas las canciones; salen incluso en los anuncios de la tele. Sin embargo, Eloy Tizón desempolva el verbo querer, le hace la respiración artificial a base de datos, anécdotas, ingenio, y consigue preparar al lector para el renacimiento de esta palabra. «Los quiero a todos» hace blanco en nuestro corazón (aunque nos dé asco decirlo: corazón) y catapulta este relato por encima de casi cualquier cosa que yo he leído en mi vida. No sé si me devoción por este libro parte de mi identificación con lo narrado en su último cuento, pero creo que cualquier lector presente o futuro, joven o viejo, encontrará entre las páginas de Velocidad de los jardines una muestra inigualable de gran literatura y un desafío a su capacidad de sentir. |
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