Portada literaria


Lecturas

La televisión: el espejo del reino,
de Enrique Lynch

Entrevista

Unai Elorriaga
«¿Qué hay de autobiográfico en tu vida?»

Venenos nutritivos

Perros viejos, perros jóvenes

Consumibles

La signatura Tiz

Menos de 25 pesos

La cesta de la compra

Ganador del concurso
de relatos de teína


 
 

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Me lo llevé, claro, porque, al mismo tiempo que me da rabia ver un libro virgen de lectores, me hace una ilusión tremenda ser el primero en abrirlo, aunque luego la lectura me resulte espantosa. Velocidad de los jardines, sin embargo, me fascinó. Lo leí entusiasmado y lo devolví enseguida para no privar a la biblioteca de uno de sus pocos libros estimables. Además, decidí comprar un ejemplar para cumplir con el primer y único mandamiento del lector: contribuir a que la buena literatura dé de comer a sus autores. Sin embargo, no encontré el libro en ningún sitio, y al cabo desistí de mi capricho solidario.

Un año y pico más tarde, deambulando por la misma biblioteca en busca de algo que no fuera, sencillamente, una mierda, acabé plantado nuevamente ante la signatura TIZ. Extraje Velocidad de los jardines de su emparedamiento y, al mirar la hoja de devolución, me di cuenta de que sólo aparecía impresa una fecha: la mía. Leer dos veces un mismo libro no es algo que haga con frecuencia, pero volví a obligar a la bibliotecaria a estampar su draconiano sello sobre la desolada hoja de devolución de aquel volumen y acometí su lectura con el mismo placer y deslumbramiento que la primera vez.

Finalmente, a raíz de la publicación de su segunda novela, Labia, pude adquirir mi ejemplar de Velocidad de los jardines, que había aparecido de pronto en la FNAC, quizá apadrinado por el éxito crítico del nuevo libro del autor. Además, en el año 2004, vio la luz la segunda edición de estos cuentos, lo que me parece a la vez vergonzoso y estupendo.

Ahora, con el libro a mano, trataré de explicar por qué lo considero el mejor texto literario hecho en España en la década de los noventa.


Los puntos cardinales

El lirismo con que está titulado este libro no sólo remite al cuento de Julio Cortázar Continuidad de los parques, sino que establece la listón poético con el que va a enfrentarse el lector. Sí, afortunadamente, los relatos que agavilla Eloy Tizón en Velocidad de los jardines no son pedazos de realidad (ya saben: una lavadora, divorcios, la custodia de los niños, un Mustang del 65) sino pedazos de poesía, es decir, un festival de la palabra.

El volumen se abre con una Carta a Nabokov, a la que siguen diez relatos más, todos sin planteamiento, sin nudo ni desenlace. Me centraré en mis dos favoritos, Los puntos cardinales y el que cierra la obra, titulado como ésta.

Soy un viajante de comercio taciturno. En treinta años de profesión he visto: quemarse un río, dos guerras, un eclipse parcial de luna, una rosa azul, una mano sin uñas en el borde de un sendero, como suelo decir yo qué no habré visto.

Así se inicia Los puntos cardinales. Hasta donde yo sé, el nombre que me viene a la cabeza leyendo este cuento es el de Pablo Neruda. Todo lo que sigue después de la frase inicial recuerda a Residencia en la tierra, es decir, a surrealismo primigenio. Se nota el gusto por las enumeraciones proteicas, donde cabe todo, y la prioridad musical sobre el matiz narrativo. Se dice «borde de un sendero» y no «borde de un camino» para ligar dos palabras de silabario similar. El resultado de este esfuerzo melódico es la creación de una atmósfera, casi de un sentimiento, entre la tristeza y la nostalgia. Los ocasionales personajes que describe el narrador son sometidos asimismo a un proceso poético: «Lo que me extraña es que el hombre que la acompaña se parezca tanto a mí; no físicamente, claro: él es largo y oscuro como un túnel puesto en pie.» Y más adelante: «No podía dejar de mirar al hombre que se desgastaba ante mis ojos, veía los íntimos desmoronamientos, su fluidez decisiva, la evaporación. Me obsesionaba ese rostro que podía ser el mío donde se leía el fluir de las células hacia su desembocadura, las páginas del mal.» Es decir, creado el sentimiento, la atmósfera, el autor la hace evolucionar narrativamente encarnándola en los personajes, que no existen de un modo flaubertiano, sino como transmisores del pulso del relato.

El resultado final son ocho páginas de belleza intraducible, de inspiración y sugerencia máximas.

 

 

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