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Me lo llevé, claro, porque, al mismo tiempo
que me da rabia ver un libro virgen de lectores, me hace una ilusión
tremenda ser el primero en abrirlo, aunque luego la lectura me
resulte espantosa. Velocidad de los jardines, sin embargo,
me fascinó. Lo leí entusiasmado y lo devolví enseguida para no
privar a la biblioteca de uno de sus pocos libros estimables.
Además, decidí comprar un ejemplar para cumplir con el primer
y único mandamiento del lector: contribuir a que la buena literatura
dé de comer a sus autores. Sin embargo, no encontré el libro en
ningún sitio, y al cabo desistí de mi capricho solidario.
Un año y pico más tarde, deambulando por
la misma biblioteca en busca de algo que no fuera, sencillamente,
una mierda, acabé plantado nuevamente ante la signatura TIZ. Extraje
Velocidad de los jardines de su emparedamiento y, al mirar
la hoja de devolución, me di cuenta de que sólo aparecía impresa
una fecha: la mía. Leer dos veces un mismo libro no es algo que
haga con frecuencia, pero volví a obligar a la bibliotecaria a
estampar su draconiano sello sobre la desolada hoja de devolución
de aquel volumen y acometí su lectura con el mismo placer y deslumbramiento
que la primera vez.
Finalmente, a raíz de la publicación de
su segunda novela, Labia, pude adquirir mi ejemplar de
Velocidad de los jardines, que había aparecido de pronto
en la FNAC, quizá apadrinado por el éxito crítico del nuevo libro
del autor. Además, en el año 2004, vio la luz la segunda edición
de estos cuentos, lo que me parece a la vez vergonzoso y estupendo.
Ahora, con el libro a mano, trataré de
explicar por qué lo considero el mejor texto literario hecho en
España en la década de los noventa.
Los puntos cardinales
El lirismo con que está titulado este
libro no sólo remite al cuento de Julio Cortázar Continuidad
de los parques, sino que establece la listón poético con el
que va a enfrentarse el lector. Sí, afortunadamente, los relatos
que agavilla Eloy Tizón en Velocidad de los jardines no
son pedazos de realidad (ya saben: una lavadora, divorcios, la
custodia de los niños, un Mustang del 65) sino pedazos de poesía,
es decir, un festival de la palabra.
El volumen se abre con una Carta a
Nabokov, a la que siguen diez relatos más, todos sin planteamiento,
sin nudo ni desenlace. Me centraré en mis dos favoritos, Los
puntos cardinales y el que cierra la obra, titulado como ésta.
Soy un viajante de comercio taciturno.
En treinta años de profesión he visto: quemarse un río, dos guerras,
un eclipse parcial de luna, una rosa azul, una mano sin uñas en
el borde de un sendero, como suelo decir yo qué no habré visto.
Así se inicia Los puntos cardinales.
Hasta donde yo sé, el nombre que me viene a la cabeza leyendo
este cuento es el de Pablo Neruda. Todo lo que sigue después de
la frase inicial recuerda a Residencia en la tierra, es
decir, a surrealismo primigenio. Se nota el gusto por las enumeraciones
proteicas, donde cabe todo, y la prioridad musical sobre el matiz
narrativo. Se dice «borde de un sendero» y no «borde de un camino»
para ligar dos palabras de silabario similar. El resultado de
este esfuerzo melódico es la creación de una atmósfera, casi de
un sentimiento, entre la tristeza y la nostalgia. Los ocasionales
personajes que describe el narrador son sometidos asimismo a un
proceso poético: «Lo que me extraña es que el hombre que la acompaña
se parezca tanto a mí; no físicamente, claro: él es largo y oscuro
como un túnel puesto en pie.» Y más adelante: «No podía dejar
de mirar al hombre que se desgastaba ante mis ojos, veía los íntimos
desmoronamientos, su fluidez decisiva, la evaporación. Me obsesionaba
ese rostro que podía ser el mío donde se leía el fluir de las
células hacia su desembocadura, las páginas del mal.» Es decir,
creado el sentimiento, la atmósfera, el autor la hace evolucionar
narrativamente encarnándola en los personajes, que no existen
de un modo flaubertiano, sino como transmisores del pulso del
relato.
El resultado final son ocho páginas de
belleza intraducible, de inspiración y sugerencia máximas.
 
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