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La signatura TIZ
Alberto Olmos
alberto-olmos@terra.es

Hace años, entregado
a la lectura del catálogo de la editorial Anagrama, me llegó el
turno de leer el número 132 de su colección Narrativas Hispánicas.
Se trataba del libro Velocidad de los jardines, de Eloy
Tizón. Ni el título ni el nombre del autor me eran conocidos,
y me dirigí a la biblioteca Retiro de Madrid para empequeñecer
un poco mi ignorancia.
En esta biblioteca, una de las mejores
de la ciudad en lo que a literatura contemporánea se refiere,
había podido satisfacer yo siempre todos mis caprichos lectores,
y en esta ocasión también fue así. Velocidad de los jardines
monopolizaba la signatura TIZ del anaquel de ficción, a pesar
de que su modesto tamaño sugería la no muy absurda posibilidad
de que algún día desapareciera aplastado por su voluminosos vecinos.
Enseguida me di cuenta de que era un libro de relatos, y a mí
(¡lo siento!) los libros de relatos siguen apeteciéndome mucho
menos que las novelas, aun con la voluntariosa campaña que últimamente
se ha levantado en su favor (sobre todo porque el 90% de los libros
de relatos tratan, según sus autores y editores, del «hombre contemporáneo»,
de la «tragedia cotidiana» o de «la soledad», lo que resulta monocorde
hasta el hartazgo).
No sé ustedes, pero yo, siempre que acudo
a una biblioteca, y antes de sacarme un libro, me fijo con suma
curiosidad en la hoja de devolución que suele ir adherida en la
cara interna de la portada (y que en algunas bibliotecas valoran
tanto que hasta cortan con tijeras la solapa para que se vea bien).
Es un método tan válido como otro cualquiera para conocer el éxito
de un libro. Me hace gracia ver que determinado título ha sido
leído ocho veces en un año, o dos, o cuarenta, que de todo hay.
Velocidad de los jardines, en concreto, no había sido leída
nunca por ningún lector de la biblioteca Retiro. El libro fue
editado en 1992, yo estaba a punto de sacarlo en 1999, de modo
que si consideramos que un libro pasa a la biblioteca un año o
dos después de ser publicado, tenemos que Velocidad de los
jardines llevaba como mínimo cuatro años esperando a que alguien
lo leyera. Es sólo un trozo de papel y cartoné, de acuerdo, pero
da pena pensar en ese libro como en un ser vivo, que asiste cerrado
a los viajes puntuales que se dan sus compañeros de estantería,
a los que luego ve regresar un poco más gastados, oliendo a domicilio
privado, mientras él conserva aún el impersonal perfume del pegamento.

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