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III
Nicolás Casullo, opinólogo argentino,
señalaba en una entrevista que casi el 90 % de los asuntos que
se discuten tienen su origen en los medios de comunicación. Y
tiene visos de ser muy cierto. Los académicos del asunto denominarían
a esta secreción constante y mediática «discurso autogenerado»,
es decir, podríamos invalidar muchos de los llamados «debates
culturales» porque están endogámicamente viciados:
tienen su origen y fin en un esperpéntico sistema que apenas fomenta
la crítica, y sí el amarillismo modelo revista del corazón. Por
mi parte, comienzo a tener más claro el asunto de los pantalones
y las zapatillas, que no es poco.
IV
La histeria popular genera fenómenos paranormales
como que Harry Potter encabezara las ventas en enero de 2005,
¡pero con un libro que se publicará en julio! Siempre hay un estúpido
escritor, pedagogo o padre que defiende la bonanza del fenómeno
Potter, y que no se detiene a reflexionar si el fin justifica
los medios. Parece no haber más literatura infantil que este mago
gafotas, como parecía no haber otros pantalones que aquellos Levis.
Si no lees a Harry Potter serás un estúpido. Ése es el excluyente
mensaje para los chicos, reformulado por otros como una cálida
invitación a la lectura. Cambian los tiempos, se refinan los métodos
de manipulación, pero los fines no varían demasiado. Más les valdría
a los niños y a los padres leer al otro Potter, Israel Potter,
la novela de Herman Melville (bastante mejor escritor). Pero eso
es mucho pedir, ¿no?
V
Del libro de estilo de algún grupo
empresarial de la comunicación:
Destruir a tiempo la imaginación de los
niños facilita lograr con rapidez un adulto memo, acrítico y servil.
La educación debe estar en manos de la publicidad, para aliviar
así de cargas innecesarias a los padres y acrecentar la avidez
volitiva de los chicos. Total, si ya casi nadie viaja al centro
de la Tierra.
VI
Hay un espécimen de lector que me provoca
una urticaria insoportable: muy contemporáneo, él o ella, sólo
lee material del año en curso y que haya merecido publicidad en
algún suplemento literario; no pierde el tiempo leyendo a desconocidos
y es adicto a comprar lo último de lo último: «¿No leíste La
noche del oráculo, de Paul Auster?, ¿y la última novela de
Gabo?, ¿y la de Saramago? César Aira, Alberto Laiseca, ¿sí, no?
¿Tampoco?» Entonces se retiran felices, henchidos de sí, ante
lo inconmensurable de su cultura. Después escriben con toda suerte
de latiguillos y con sintaxis de parvulario, son incapaces de
contar el argumento de lo que leen y carecen de una mínima capacidad
para la metáfora; sin embargo, su lista de autores célebres les
garantiza un bienestar intelectual cercano al nirvana.
(Debo confesar que tampoco soporto a otro
grupo: éste suele recomendar libros a diestra y siniestra, miran
por encima del hombro a quienes no idolatran a Joyce, leen a los
autores que recomendó Borges sólo a sus íntimos, citan en francés
a Proust y en alemán a Goethe, y forman una logia francmasónica
a la cual sólo se ingresa leyendo los 100 libros que ellos consideran
que deberías saber citar para ser uno de los suyos.)
 
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