Portada literaria


Lecturas

La televisión: el espejo del reino,
de Enrique Lynch

Entrevista

Unai Elorriaga
«¿Qué hay de autobiográfico en tu vida?»

Venenos nutritivos

Perros viejos, perros jóvenes

Consumibles

La signatura Tiz

Menos de 25 pesos

La cesta de la compra

Ganador del concurso
de relatos de teína


 

REFERENCIAS

Prosa y circunstancia, Enrique Lynch.
Editorial Taurus, Buenos Aires, 1999.

Entrevista en LEA con Nicolás Casullo.
Año 4, nº 30. Diciembre de 2004.

Caso Echevarría, Atxaga y El País
Revistas electrónicas citadas: Rebelión, Actualidad Literaria, El periodista digital y Literaturas.com

Vamos a menos, Juan Goytisolo.
10/01/2000, El País.

(Se refiere a Javier Echeverría y a Francisco Umbral.)

 

 

 

Consumibles literarios: Echevarría, Potter y otros

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

I

En la vida urbana impera la necesidad de optimizar el tiempo. Por desgracia, se considera el ocio como un intervalo no productivo, y muchos, para exprimirlo como se merece, desarrollan actividades tan extenuantes como el trabajo del que debería relajarlos. Irónicamente señalaba Enrique Lynch, al hilo de esta idea, que ya no jugamos al tenis en nuestro tiempo libre, sino que buscamos mejorar nuestra volea, o el drive, o el saque, ¡algo!; pero, en cualquier caso, alcanzar la sensación de que incluso ese tiempo libre es productivo. Apenas existe ya un momento para el esparcimiento, para dedicarse sin necesidad de profesionalización a nuestro pasatiempo favorito. Más sencillamente: quien mira el río y se dispersa mientras ceba un mate es un hereje: ¿para cuándo lo de mejorar su volea? Perder el tiempo es uno de los siete pecados capitalistas.

II

En mi adolescencia insistí en que mis padres me compraran unos Levi Strauss —nada que ver con el antropólogo—. Tenían que ser 501 etiqueta roja. Los etiqueta naranja, cuero o cualquiera de las otras no dignificaban igual mis piernas. 60 euros cuando todavía eran 10 000 pesetas; casi el doble que los pantalones más caros que yo me haya comprado desde que ingresé en el mundo laboral. Otra petición absurda era que las zapatillas debían ser, al menos, Adidas... Y así. Yo no era mal tipo, tampoco rompía demasiado las pelotas; pero mis padres terminaron cediendo y tuve algunos de esos caprichos. Ahora siento vergüenza ajena por la estupidez de entonces, y lamento —papá, mamá— lo insoportable que pude llegar a ser. Sin embargo, tengo una duda: si ellos no me instalaron esa idea de las marcas y yo era un inmaduro de cuidado, ¿quién fue? ¿Quién me hizo sentir la necesidad de algo superfluo?

 

 

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