| Consumibles literarios:
Echevarría, Potter y otros
Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

I
En la vida urbana
impera la necesidad de optimizar el tiempo. Por desgracia, se
considera el ocio como un intervalo no productivo, y muchos, para
exprimirlo como se merece, desarrollan actividades tan extenuantes
como el trabajo del que debería relajarlos. Irónicamente señalaba
Enrique Lynch, al hilo de esta idea, que ya no jugamos al tenis
en nuestro tiempo libre, sino que buscamos mejorar nuestra volea,
o el drive, o el saque,
¡algo!; pero, en cualquier caso, alcanzar la sensación de que
incluso ese tiempo libre es productivo. Apenas existe ya un momento
para el esparcimiento, para dedicarse sin necesidad de profesionalización
a nuestro pasatiempo favorito. Más sencillamente: quien mira el
río y se dispersa mientras ceba un mate es un hereje: ¿para cuándo
lo de mejorar su volea? Perder el tiempo es uno de los siete pecados
capitalistas.
II
En mi adolescencia insistí en que mis
padres me compraran unos Levi Strauss —nada que ver con
el antropólogo—. Tenían que ser 501 etiqueta roja. Los etiqueta
naranja, cuero o cualquiera de las otras no dignificaban igual
mis piernas. 60 euros cuando todavía eran 10 000 pesetas; casi
el doble que los pantalones más caros que yo me haya comprado
desde que ingresé en el mundo laboral. Otra petición absurda era
que las zapatillas debían ser, al menos, Adidas... Y así. Yo no
era mal tipo, tampoco rompía demasiado las pelotas; pero mis padres
terminaron cediendo y tuve algunos de esos caprichos. Ahora siento
vergüenza ajena por la estupidez de entonces, y lamento —papá,
mamá— lo insoportable que pude llegar a ser. Sin embargo,
tengo una duda: si ellos no me instalaron esa idea de las marcas
y yo era un inmaduro de cuidado, ¿quién fue? ¿Quién me hizo sentir
la necesidad de algo superfluo?

Arriba

|