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En Más allá del bien y del mal Nietzsche habla de los filósofos del futuro. Tratando
de predecir el modo de ser de estos hombres del mañana (el mañana
de Nietzsche, quizá nuestro presente) el autor de La genealogía
de la moral llega a una conclusión que me parece muy cercana
al panorama de la poesía argentina joven de hoy: «Lo que indudablemente
no serán es dogmáticos. Su orgullo y su gusto rechazan la posibilidad
de que su verdad haya de seguir siendo una verdad para todos,
que es lo que hasta ahora ha sido el deseo inconfesado y el trasfondo
de todas las aspiraciones dogmáticas.»
Este antidogmatismo
es una de las características de nuestra época, a la que cierto
sentido común filosófico ha denominado «posmoderna». En efecto,
la poesía joven de hoy, a la que voy a llamar en adelante poesía
posmoderna, tiene como virtud la diversidad, la polifonía de voces
que permite la democratización de los dogmas. Esto es lo positivo,
y debería ser posible pensar en una convivencia armoniosa de diversas
estéticas, algunas cultivadoras de la tradición poética canónica
y otras inscriptas en los gestos rupturistas
de las vanguardias.
Esto
es lo positivo, y es lo mismo que celebra Nietzsche cuando piensa en lo filósofos del futuro. Pero también
el antidogmatismo plantea diversos problemas.
El principal es, paradójicamente, la indiferenciación.
No se trata de criticar la variedad de formas, temas y estilos.
Todo es materia de poema, siempre y cuando se pretenda escribir
un poema y no una receta de cocina. Lo que cuestiono es la confusión,
alimentada, sin duda, por la industria cultural y la hegemonía
del sistema, que le quita al arte literario su especificidad,
su peso.
Adorno, en Teoría Estética, hablaba
de la negatividad como la principal característica del arte moderno,
lo que impediría que se confundan la pornografía y la publicidad
con el arte. Ese arte, que ocupa un lugar específico de negación
a lo naturalizado por la ideología, al sentido común, ese arte,
verdadero y posible en la modernidad y claramente ejemplificado
por las vanguardias estéticas, parece hoy haber perdido su lugar
porque, reducido a mero gesto repetitivo, está tan gastado como
las formas clásicas.
Banalizada por
la publicidad, utilizada por el marketing o reducida a
mero juego de lenguaje, celebratorio del fango con el que pretenden tapar sus restos
antes de firmar su defunción, la poesía posmoderna desfila por
los corredores de la cultura urgida por la necesidad de recobrar
su espacio, su especificidad, sin perder, sin embargo, el antidogmatismo.
Ésa es la tarea: agregar a la polifonía la negatividad propia
del arte de la que hablaba Adorno, negatividad que permite diferenciar
un poema de una lista de compras, un ticket de caja o un mensaje
de marketing destinado a crear consumidores gracias a la
efectividad de frases bien escritas.
Y creo pertinente cerrar este trabajo citando
nuevamente a Nietzsche: «Al final sucederá
lo que siempre ha ocurrido: lo grande es patrimonio de los grandes;
los abismos de los profundos; las delicadezas y los estremecimientos
de los sutiles; y, en general y brevemente, lo raro, de los raros.»

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