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La televisión: el espejo del reino,
de Enrique Lynch

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Unai Elorriaga
«¿Qué hay de autobiográfico en tu vida?»

Venenos nutritivos

Perros viejos, perros jóvenes

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La signatura Tiz

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La cesta de la compra

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de relatos de teína


 

 

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dos

En Más allá del bien y del mal Nietzsche habla de los filósofos del futuro. Tratando de predecir el modo de ser de estos hombres del mañana (el mañana de Nietzsche, quizá nuestro presente) el autor de La genealogía de la moral llega a una conclusión que me parece muy cercana al panorama de la poesía argentina joven de hoy: «Lo que indudablemente no serán es dogmáticos. Su orgullo y su gusto rechazan la posibilidad de que su verdad haya de seguir siendo una verdad para todos, que es lo que hasta ahora ha sido el deseo inconfesado y el trasfondo de todas las aspiraciones dogmáticas.»

Este antidogmatismo es una de las características de nuestra época, a la que cierto sentido común filosófico ha denominado «posmoderna». En efecto, la poesía joven de hoy, a la que voy a llamar en adelante poesía posmoderna, tiene como virtud la diversidad, la polifonía de voces que permite la democratización de los dogmas. Esto es lo positivo, y debería ser posible pensar en una convivencia armoniosa de diversas estéticas, algunas cultivadoras de la tradición poética canónica y otras inscriptas en los gestos rupturistas de las vanguardias.

Esto es lo positivo, y es lo mismo que celebra Nietzsche cuando piensa en lo filósofos del futuro. Pero también el antidogmatismo plantea diversos problemas. El principal es, paradójicamente, la indiferenciación. No se trata de criticar la variedad de formas, temas y estilos. Todo es materia de poema, siempre y cuando se pretenda escribir un poema y no una receta de cocina. Lo que cuestiono es la confusión, alimentada, sin duda, por la industria cultural y la hegemonía del sistema, que le quita al arte literario su especificidad, su peso.

Adorno, en Teoría Estética, hablaba de la negatividad como la principal característica del arte moderno, lo que impediría que se confundan la pornografía y la publicidad con el arte. Ese arte, que ocupa un lugar específico de negación a lo naturalizado por la ideología, al sentido común, ese arte, verdadero y posible en la modernidad y claramente ejemplificado por las vanguardias estéticas, parece hoy haber perdido su lugar porque, reducido a mero gesto repetitivo, está tan gastado como las formas clásicas.

Banalizada por la publicidad, utilizada por el marketing o reducida a mero juego de lenguaje, celebratorio del fango con el que pretenden tapar sus restos antes de firmar su defunción, la poesía posmoderna desfila por los corredores de la cultura urgida por la necesidad de recobrar su espacio, su especificidad, sin perder, sin embargo, el antidogmatismo. Ésa es la tarea: agregar a la polifonía la negatividad propia del arte de la que hablaba Adorno, negatividad que permite diferenciar un poema de una lista de compras, un ticket de caja o un mensaje de marketing destinado a crear consumidores gracias a la efectividad de frases bien escritas.

Y creo pertinente cerrar este trabajo citando nuevamente a Nietzsche: «Al final sucederá lo que siempre ha ocurrido: lo grande es patrimonio de los grandes; los abismos de los profundos; las delicadezas y los estremecimientos de los sutiles; y, en general y brevemente, lo raro, de los raros.»

 

 

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