| Perros viejos, perros jóvenes (poetas, vanguardias y tradición)
Carlos Juárez Aldazábal
carlosaldazabal@yahoo.com 
uno
En un relato titulado
Investigaciones de un perro, Kafka
coloca en palabras del narrador, un perro con pretensiones de
científico, el siguiente comentario: «¿Y
quién puede hablar en estos tiempos de juventud? Ellos fueron
los verdaderos perros jóvenes, pero su única ambición se centraba
en volverse perros viejos, cosa que no podía fallarles, como lo
pueden demostrar las generaciones posteriores, y la nuestra, la
última, mejor que ninguna.» Ellos, los verdaderos perros
jóvenes, son los que comenzaron con la práctica científica en
esta utópica sociedad de perros imaginada por Kafka.
Traspasada esta idea al campo de la poesía y de nuestra sociedad
humana, el Ellos se convierte en las vanguardias estéticas
de comienzos del siglo XX, los verdaderos poetas jóvenes, capaces
de romper con la tradición canónica y de inaugurar una nueva práctica
artística. Pero al igual que en el relato de Kafka, las vanguardias demostraron una ambición de perros
viejos: transformarse en la tradición del futuro. Y, por supuesto,
finalmente lo consiguieron, a pesar de no haber logrado destruir
a la tradición anterior.
La relación entre las distintas generaciones
de artistas, entre los jóvenes irreverentes dispuestos a desterrar
a los antepasados para contar desde cero a partir de sí mismos
— relación que los verdaderos poetas jóvenes, los vanguardistas,
tuvieron la oportunidad de desarrollar a pleno—, es descripta
con una irónica genialidad por Alfred
Jarry, autor teatral de la saga
del Padre Ubú y uno de los precursores del teatro del absurdo. En Cuestiones
de teatro Jarry afirma: «Quienes
son mayores que nosotros —título en base al cual los respetamos—
han conocido en su vida ciertas obras que conservan el encanto
de los objetos habituales, y nacieron con un alma ajustada a esas
obras y garantizadas para durar hasta el año mil ochocientos ochenta...
y tantos. Como ya no estamos en el siglo XVII no les daremos el
empujón definitivo. Antes bien, esperaremos a que su alma, consecuente
consigo misma y con los simulacros que rodearon su vida, acabe
por extinguirse —en realidad no hemos esperado—, e iremos convirtiéndonos,
a nuestra vez, en hombres graves y barrigudos, como un Ubú
cualquiera, y después de publicar algunos libros que acabarán
por convertirse en clásicos, terminaremos muy probablemente de
alcaldes de pequeñas ciudades en las que los bomberos nos regalarán
jarrones de Sèvres cuando se nos nombre
académicos, y a nuestros nietos sus bigotes dentro de aterciopelados
almohadones. Ninguna razón hay para que no suceda.»
El problema para los poetas jóvenes de hoy,
los perros jóvenes del momento, es que no pueden encontrar anticuadas
las propuestas estéticas de las generaciones anteriores, porque
la sucesión lineal —progresiva— de la concepción moderna del arte
se ha detenido para ser reemplazada por una multiplicidad de tiempos
y propuestas estéticas, propuestas que varían según la tradición
a la que se adscriba, pero que no logran imponerse como propuesta
única, cosa que hasta mediados de este siglo todavía era posible.
Esta multiplicidad de tiempos poéticos se
presenta, entonces, como la realidad de los poetas jóvenes contemporáneos,
poetas jóvenes porque recién comienzan a apropiarse de una tradición
para poder describir el mundo en el que habitan (y creo que esta
definición deja afuera cuestiones cronológicas), porque están
en el comienzo de una obra y no saben qué camino, qué tradición,
es el más seguro para llegar a concluirla y porque sospechan,
de algún modo, que ya no hay seguridades en ningún ámbito de la
existencia y menos aún en el de la palabra.
Personalmente creo que la adscripción a
una tradición determinada no lo es todo en la propuesta estética
de un poeta: la imaginación, el lenguaje materno y cotidiano,
la realidad social, los dolores y las alegrías, la sensibilidad
frente a los otros, son los engranajes que se dejan aceitar por
la tradición estética para construir una obra de arte. Sin esos
engranajes queda la grasa y la vida termina embarrándose en viscosidades
formales, simulacros estéticos que pueden convertir al pretendido
artista en un excelente burócrata cultural, pero nunca en un profeta,
cazador de dragones o arquitecto del mundo.

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