GANADOR DEL I CONCURSO DE RELATOS REVISTA
TEINA
Mientras
no sea domingo
por María Taltavull
Mi pasión por los animales comenzó
cuando tenía de maestra a la señorita Julia. Le habían
regalado a mi abuela un pichón de canario. Disfrutaba sentarme
junto a la jaula: la ponía a la altura de mi vista y estudiaba
durante horas todos los movimientos de Waki, el pichoncito. Un día
que no era domingo, lo saqué despacio. Lo apreté con fuerza
para que no se me escapara. Cuando abrí la mano, ya no se movía:
estaba quieto y derretido sobre mi palma. La transpiración de
mi mano cerrada le había mojado el plumón, porque todavía
no se le podían llamar plumas. Era tibio y húmedo.
Me lo puse en la boca y lo exploré
con la lengua: reconocí sus ojos duros, la pelusa que le tapizaba
el cuerpo y las patas como palillos. Gocé un rato de sus sabores
silvestres, pero no me atreví a morderlo por miedo a sus jugos
inundándome el paladar. Me lo tragué entero.
Con mi secreto en la barriga, la abuela
me llevó al colegio. Aún no había notado la desaparición
de Waki. Esa tarde no pude concentrarme en nada de lo que dijo la señorita
Julia, solo podía pensar en que era dueña de una experiencia
única.Me sentía superior por saberme capaz de semejante
hazana.
Nunca se supo qué pasó
con el pichón de canario. Le echaron la culpa al gato, como era
lógico suponer. Después de mi proeza, comencé a
ensayar con todo lo que tenía a mano, en esa época no
eran más que insectos. Comí bichos canasto, gusanos, cascarudos,
mariposas.
Tenía de maestra a la señorita
Dora cuando volví a comerme un vertebrado; ya había pasado
la señorita Alicia, pero en ese tiempo no probé nada nuevo.
No era domingo cuando me puse en la boca una rana del tamaño
de un dedo meñique: la apreté con la lengua contra el
paladar y sentí el cosquilleo que me hacían sus patitas,
ansiosas de nadar hacia mi garganta. No bien aflojé la presion,
fluyó por mi esófago con movimientos ágiles. Era
fría. Me resultaban fáciles de conseguir en la pileta
de la casa de al lado. No había día que no desayunara
uno de estos deliciosos anfibios, a veces dos, pero nunca más
de tres: la pesca era todo un desafío.
Otro día, tampoco era domingo,
durante el año de la senorita Josefina, me tragué una
laucha que la abuela había aplastado con la escoba en el patio.
La rescaté de la basura, y aún medio viva me la puse en
la boca y la paladeé como al canario de la primera vez. Ahí
descubrí que me gustaban más los animales de sangre caliente.
Cuando terminó el reinado de
las señoritas y empezó la etapa de las profesoras ya tenía
acceso a dinero para pagarme los vicios. A la salida del colegio, una
o dos veces por semana, dependiendo de mis finanzas, recorría
veterinarias en busca de sabrosos bocados. En esa época degusté:
lagartijas, tortuguitas de agua, peces de colores, pollitos apenas salidos
del cascarón, cobayos recién nacidos y, por supuesto,
pichones de canario.
Todos estos recuerdos me llenan de gozo,
pero nada se compara a la satisfacción que siento durante los
embarazos. Mi segundo hijo crece con paciencia dentro de mí,
y me conecta con fantasías que exceden a mis posibilidades. Cuando
se mueve por las noches, imagino que me tragué un gato entero
que da vueltas en mi barriga. O que me comí un perro y quiere
correr por las paredes de mi estómago. Me fascina pensar, cuando
tendida en la cama veo la panza cambiar de forma, que allí adentro
vive una comadreja, y que no sabe cómo escapar.
Sigo comiendo todo tipo de animales
para acostumbrar al bebé desde el comienzo a estos placeres.
Así lo hice con el pequeño Julián, mi primer hijo,
que ya tiene un año. Al que ahora alimento con renacuajos, mezclados
en el puré de calabaza. Los saborea con alegría, siempre
que no sea domingo. Porque los domingos hay mucha gente en casa, y no
se puede comer con tranquilidad