Dime espejito mágico: ¿verdad que somos los más bellos?


Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

La televisión: el espejo del reino / Enrique Lynch
Plaza & Janés / Barcelona, 2000
156 páginas / 3 pesos
Librería Diógenes, Corrientes 1851

 

No obstante, son muchos los que se desgañitan reclamando la intervención del Estado en los medios (¿qué Estado?, ¿a qué institución se refieren?, ¿hay algo de verdad semejante a un «Estado» en las sociedades tardocapitalistas?) Invocando una vieja prerrogativa autoritaria, cuando no simplemente fascista, estas voces preocupadas claman para que el Estado o algún organismo público dicte códigos «éticos» a la prensa o regule, como sea, el discurso de la televisión. La misma prerrogativa suele ser esgrimida cuando se observa con horror la libertad absoluta de que gozan los individuos en sus comunicaciones a través de Internet. Por alguna oscura razón inconfesada todo lo que se asocie con la libertad absoluta produce inmediatamente pavor.

(...)

Ninguna patente o cédula de habilitación fiscal puede modificar lo que pertenece a la naturaleza misma de un medio que ha sido diseñado como mera extensión espiritual de nuestro tiempo. La televisión reproduce sin matices lo que es y tal como es; es decir, que representa a la sociedad en la que vivimos y trabajamos, pero no sólo como la imaginamos sino, además, como
queremos que sea. Es, en todo caso, la sociedad, y no su espejo colectivo, la que debe ser transformada, pero no parece que haya nadie muy dispuesto a llevar a cabo dicha transformación.


La poderosa caja tonta

El punto de vista del autor resulta cristalino: la tele, en verdad, es sólo una caja tonta; el problema reside en el usuario, que es quien la enciende y se mantiene frente a ella. La tesis fundamental del libro está en la cursiva inicial: la televisión reproduce sin matices la sociedad donde vivimos y trabajamos, también cómo queremos que sea. ¿Resulta insoportablemente vulgar la imagen que obtenemos? Pues entonces habrá que cambiar la sociedad, no el aparato electrónico, cuya única culpa es reflejarnos fidedignamente; de hecho, rayos catódicos mediante, nos muestra cómo queremos vernos.

La tele es el pan y circo tardocapitalista, una suerte de cohesiva pax romana que ayuda a sublimar agresividades y que actúa como bálsamo para el solitario estrés del urbanita posmoderno, quien insiste en aislarse de su prójimo y rodearse de electrodomésticos. Según Lynch, la televisión, como fenómeno, puede calificarse de «hegemónica, insoslayable y decisiva»; la cultura de masas le ha cedido un espacio de ese calibre, y no puede tomarse a la ligera este hecho: su carácter masivo, pese a sus defectos, la avalan. La humanidad ha fabricado una deidad a su medida, un nuevo becerro de oro; secuestrarlo o partirle las tablas de la Ley sobre el lomo sería profanar el misterio de la masa. La televisión ocupa en el Olimpo un estatus similar al del fútbol, el teléfono móvil y el coche, es decir, resulta ya consustancial al género humano; y no hay vuelta atrás. Cualquier vocinglero, por intelectual que éste considere su prédica, deberá aceptarlo; da igual lo que le haya revelado la zarza en llamas: la tele es ya una «extensión espiritual» del hombre.

Lynch apunta que se debe combatir contra aquellas minorías ilustradas que, en su tirana estrechez de miras, traten de imponer sus gustos a los demás. Los argumentos del tipo «La tele es una mierda. Por el bien del pueblo, deberíamos controlarla o prohibirla» son claramente elitistas y funcionan más como una admonición para redimir pecadores que como un refinado silogismo. De hecho, tanto ímpetu en controlar la televisión huele a trajín de poderes shakesperiano, por lo que sus patrocinadores merecen toda la desconfianza del mundo. Aclaro: no se trata de obviar a las minorías, sino de evitar que éstas impongan también dictatorialmente sus gustos.

Lamentarse de la zafiedad de la masa no tiene por qué ir seguido de un golpe de Estado y un proceso totalitario de reorganización cultural. Inversamente tampoco hay por qué favorecer que la apisonadora popular elimine cualquier minoría que discrepe respecto del gusto masivo, por supuesto. Conservar un equilibrio dinámico de fuerzas entre unos y otros es lo ideal para el hábitat humano. Así, la tele actúa como elemento disuasivo frente al mesiánico intelectual de turno, adalid de la humanidad bienpensante, capaz de llegar a la sesuda conclusión de que la televisión resulta blasfema por manipuladora, mixtificadora, simuladora y arma idiotizante. Entonces: habrá mucho que criticar; pero de ahí al exterminio intelectual decretado por ciertos progresistas hay un trecho, y muy largo. (Y no sostengo que se deba promocionar la mediocridad; pero tampoco es cuestión de obligar a todos a que sean sublimes sin interrupción. Que lea a Baudelaire quien le apetezca; lo único que se pide es libertad para estar en desacuerdo, que si no el mundo se vuelve aburridamente uniforme.)

Por otro lado, apunta Lynch, que toda idea de control absoluto resulta orwelliana, por no decir ilusoria. La televisión o internet son dos sistemas tan enormes que de por sí son ingobernables. Toda hipótesis que apunte a una teoría conspirativa suena ridícula, por más que sepamos que los magnates como Polanco, Murdoch, Gates o Berlusconi entienden la comunicación como una partida de RISK, y darían un brazo por acceder a más resortes de poder y jugar así a gobernar un país, un continente o el mundo. Frente a tales émulos comerciales de Chaplin en El gran dictador, siempre habrá al menos un foco de resistencia, un espectador crítico, además de la propia competencia (salvaje) entre ellos. Quizá baste con eso para que dominar el mundo mediante la tele pueda considerarse sólo una ilusión.

Por otro lado, podría especularse con que la tele es un ingenioso correccional panóptico, donde los individuos, cuando ven las imágenes que proyecta el aparato diabólico, generan subliminalmente la celda donde se alojan. Sin embargo, resulta imposible creer que haya un titiritero, aunque sea la CNN, que maneje en exclusiva los hilos de la conciencia mundial, y que este sacerdote supremo, desde algún despacho oval, dé las órdenes oportunas para manejar a los telespectadores. Antes bien, la televisión es un arma: su capacidad reflectante es subversiva; lo es contra el sistema que impera y que trata de aprovecharse de ella, y lo es contra las elites ilustradas que pretenden ofrecerse como reserva espiritual de la humanidad. La televisión nos muestra, en gran parte de la programación, la estupidez de la especie; y al menos ese mérito hay que reconocérselo.


La tele: una linterna mágica

El haz de electrones catódicos alumbra la caverna donde se esconde el hombre de sí mismo, incluso lo induce a salir de ella gracias al resplandor que genera. Precisamente la televisión seduce al hombre porque se trata de luz en movimiento. Los electrones crepitan siempre igual pero distintos. Al componer la imagen, su luz ejerce el mismo poder subliminal de fascinación que el fuego o el mar. En el caso del fuego incluso admite una comparación más extrema: apenas existe un hogar donde la televisión no haya usurpado el sitio de éste. Tal es así, que ocupa un lugar preferencial en el feng-shui de la sala de estar, y su presencia resulta ineludible.

Colocarse frente a la pantalla tiene efectos secundarios. Ver la tele es un proceso que conlleva cálculo y composición; asimilar las imágenes que emite no consiste en una mera representación de éstas, sino que implica su construcción, pues el cerebro debe componer diversas señales para obtener una imagen. Componer es un verbo muchísimo más activo que representar y que requiere, por tanto, de una gran complejidad cerebral. En términos informáticos equivaldría a precisar una elevada potencia de computación. Si uno tiene el cerebro puesto al servicio de la tele, le queda poca memoria virtual para más tareas; de ahí el fenómeno de cuelgue televisivo, tan similar al de la computadora cuando tiene varios programas abiertos.

Lynch entra hasta cierto detalle sobre el proceso de visión (ver texto adjunto a esta reseña): desde cómo la luz televisiva incide sobre los conos y bastones oculares hasta cómo el cerebro forma la imagen correspondiente. Como corolario a la descripción del proceso, el autor concluye que en la semejanza de la naturaleza televisiva con la fisiología de la visión reside el secreto del éxito de la primera. Tanto es así que podría decirse que la tele explota las deficiencias de la visión humana, y que, precisamente, tanta efectividad nace de la capacidad para saber engañar al ojo humano. Por esta razón, se puede hablar de ilusiones ópticas al referirse a las imágenes televisivas. En verdad, no existe ninguna imagen, sino que esta ilusión óptica se genera una y otra vez debido al efecto de la luz y gracias a la parsimonia del sistema visual. Ver la tele supone un esfuerzo de procesamiento de señales mayor que la visión común. De ahí los conocidos efectos secundarios de hipnosis o enajenación.


La tele, la tele, la tele

Resulta inquietante que la compulsión televisiva sea más importante que la sexual, por ejemplo. Las estadísticas de cualquier mundial de fútbol o de unas olimpiadas, para disgusto de Freud, así lo atestiguan: no hay nada que movilice de manera tan masiva a la humanidad. Hay censados más de dos mil millones de televisores. En 1998 se calculó que más de 37 000 millones de personas siguieron el Mundial de Fútbol por televisión. A eso se lo puede llamar, desde luego, universalidad de la mirada y multitudinaria atención sobre un mismo objeto. Quizá sólo los teléfonos móviles estén en disposición de competir contra el afecto dispensado al televisor.

La televisión modifica nuestra mirada, incide en nuestra experiencia. Lynch cita a McLuhan para sostener que este medio más que un fenómeno visual es una experiencia táctil, una suerte de contacto virtual, debido a la familiaridad que genera. Gracias a las películas, las calles de New York son menos extrañas al turista que las de Calahorra, por decir; y eso resta capacidad de asombro, disminuye el goce del descubrimiento. No se es tan extranjero en una ciudad como en la otra. Y, sin embargo, esa experiencia previa es virtual. También este aprendizaje resulta más intenso y particularizado, pues resulta de la construcción de un lenguaje privado: yo y la tele, nadie más; de ahí que el autor se refiera al engendro catódico como la «antítesis de la comunicación intersubjetiva.» En palabras llanas: de la tele salen un par de electrodos invisibles que se conectan a la sien de cada telespectador, manteniendo con éste una relación individualizada y absorbente.

La experiencia visual que ofrece la televisión no resulta equiparable a la de ningún otro medio. El ingenio televisivo ha reeducado la manera de ver de sus telespectadores, es decir, ha alterado los modos de comunicación. Los esperpénticos talk-shows, donde reconciliaciones o separaciones son públicas, permiten que el telespectador sienta que participa del hecho: aunque él no esté, en realidad, sí está, y sus ojos comienzan a ver y a relacionarse con el mundo de otro modo. En palabras de Lynch, y de acuerdo a su experiencia como profesor universitario y conferenciante: «El teleadicto puede sentir piedad o solidaridad o concupiscencia, o incluso alguna forma sofisticada de indignación moral, sólo con los ojos.» Quizá por esta razón, según él, abundan el silencio y el extravío de las miradas en las aulas universitarias y salones de conferencias. Al margen de quienes se hayan podido aburrir, lo interesante es que muchos no necesiten verbalizar su opinión o sus dudas porque, fieles al fenómeno televisivo, les alcanza con mirar; sienten que participan de aquello a lo que asisten. De ahí a la comunicación telepática apenas resta un paso.

La generación de una nueva realidad

Resulta intrigante qué clase de tiempo genera la televisión. Su aquí y ahora, en definitiva, su inmediatez sucede dentro de nosotros. Esta naturaleza de fenómeno interno marca una distancia infranqueable entre la experiencia sensorial y el pertinente correlato en la conciencia. Las cámaras quitan el goce del descubrimiento real y, a cambio, suministran un placebo. Por esta razón, separan más que unen, generan más irrealidad que realidad.

Guy Debord en La sociedad del espectáculo, según cita el autor, sostiene un punto de vista similar: lo real desaparece detrás del medio que lo representa, pero sólo para reconstruirse con otros ropajes, en otros contextos, es decir, que se vive una impostación continua. La tele genera una nueva forma de realidad pero, sobre todo, instaura una manera diferente de relacionarnos con ella, donde el conocimiento se reduce (peligrosamente) a sólo la visión, en detrimento del resto de los sentidos. Esta nueva manera de relacionarse implica mayor pasividad, mayor borreguismo, mayor tolerancia por la copia, en contra de la acción o la originalidad. Cuanto más se contempla, menos se ve. Y, por si fuera poco, como sentencia Lynch: la visión ya no es lo que era.

Asimismo, la naturaleza de la imagen televisiva difiere de, por ejemplo, la fotográfica. En esta última aparece un punctum, decía Barthes, un eje que guía la significación de la imagen. En la televisión, ese eje se diluye; no hay foco, sólo pura luminiscencia, un resplandor, una linterna que nos alumbra directamente sobre los ojos. En la fotografía existe un referente: la fotografía atestigua un esto ha sido; la imagen televisiva carece de referente, sólo puede tener referir, sólo puede hablar de un esto es.

Los programas sustituyen la pobreza de contenidos por la insistencia machachona del esquema con que están estructurados. Por otro lado, la televisión no es un terreno abonado a los experimentos, antes bien prima su naturaleza conservadora: mantiene aquello que logra la suficiente audiencia, aquello que dispone de su hueco ya preconcebido y perfectamente delimitado dentro de la gran red que es el inconsciente colectivo. El espectador espera (necesita) la repetición del esquema, aguarda ese contenido soez, desea tal naturaleza acrítica. ¿Cómo explicar si no que haya gente en los programas que se preste a aplaudir o a gritar, como pavlovianos animales domésticos, sólo cuando el presentador los incita a ello? Quieren eso, y punto. (Por cierto, y sin venir a cuento: entre la política y la televisión parece haber poca distancia).


Modelado de valores

A diferencia de la lectura, la tele promueve una asociación dictatorial palabra-imagen. Cuando la televisión muestra una silla y por los altavoces se escucha «silla» se produce un discurso excluyente y totalitario: esa palabra y esa imagen quedan fijadas unívocamente en el espectador. Esto, que parece tonto, provoca una ruptura con aquello que siempre se conoció por imaginación: la libre polisemia visual de cada individuo, esto es, la pluralidad de significados para un mismo signo. Junto con esto, según Lynch, la contribución negativa achacable a la televisión cabría circunscribirla sólo a sus latiguillos, la mediocridad temática, gestual y espiritual, la parafernalia destinada a equiparar felicidad y éxito y a reducir la vida a la construcción de una imagen. Feo, sí; pero no diabólico.

Sobre esa ruptura trabaja, además, la intención de un medio cuyo mensaje busca ser homogeneizante, simplista, fácil, y que sólo alienta los valores en boga, promovidos en sus telenovelas, comedias de situación, etc. Esa ruptura se hace evidente en el idioma con que habla el aparato, la publicidad, que reduce el lenguaje a un puñado de eslóganes y a una enumeración de lugares comunes. A pesar de su aparente frivolidad, la programación guarda la misma inercia conservadora que la sociedad a la cual retrata: admite pocos cambios, se prefiere el formato clásico y ya probado a lo transgresor y, en todo caso, admite leves escarceos más allá de lo conocido, pero sólo con el fin de saber si el límite admisible por la población se movió. Pueden añadirse uno o cien travestis, pueden pelearse dos o más contertulios, puede mostrarse sexo explícito vía Gran Hermano, puede retransmitirse la guerra de Irak en directo, puede ofrecerse lo que uno imagine, salvo algo que rompa radicalmente con los límites establecidos inconscientemente por la sociedad.

¿Puede modelar valores entonces el engendro? Sí, por supuesto. La sociedad tardocapitalista hermana el ocio con la soledad y convierte a la población de las metrópolis en multitudes solitarias, bien de autistas urbanos dispuestos a copular con sus electrodomésticos más sofisticados, bien de histéricos incapaces de soportarse solitos. Es decir: la televisión les viene como anillo al dedo para aliviar sus carencias emocionales. Si a eso le unimos una sociedad entregada a los medios de comunicación, la contundencia de la respuesta sólo puede acrecentarse. Por eso, vivimos una época donde Reagan, Schwarzeneger, Jesús Gil, Ciocciolina, Cecilia Bolocco o las modelos venezolanas ocuparon y ocupan lugares de poder político relevante gracias a sus méritos publicitarios. Ellos pertenecen a ese discurso mediático autogenerador que sí, que termina por modelar las preferencias de un electorado. Nosotros formamos la sociedad cómplice que permite y disfruta con estas reglas de juego. El margen de maniobra no está en la televisión, si no en el vagoroso concepto donde nos arrellanamos quienes la vemos, la «sociedad».


Té end

Buen libro, pero editado en una colección demencial, Círculo Cuadrado de Plaza & Janés, donde entregan el libro ¡ya subrayado! al lector; signo inequívoco de la analfaburribestialidad que impera por doquier: editores, escritores, público y demás integrantes del elenco literario. Delirante y estúpido a más no poder, especialmente para quienes escriben en los márgenes y se baten en duelo de grafito contra los autores que leen. En fin, la mercantilización no conoce límites. Cualquier día venderán los libros en supositorios y el cliente, minutos después de la ingesta, sentirá una explosión seguida de un florecimiento neuronal sin precedentes. A lo que iba: 3 pesos el libro de todo un profesor de Estética en la Facultad de Filosofía de Barcelona, alumno además de Michel Foucault. Pues eso, relación calidad / precio (que, puestos a mercantilizar la literatura, es como se deberían valorar los libros): cojonuda. Más allá de la chanza, Lynch (Buenos Aires, 1948) escribe con pulcritud, a pesar de sus dejes académicos no resulta abstruso, organiza y dosifica la información convenientemente y sus ideas combativas inducen la excitación sináptica del prójimo. Por último, a modo de bonus track, Lynch pergeña un breve artículo sobre las referencias usadas y discrimina autores y contenidos. Este colofón distendido resulta una divertida y aguda observación sobre lo atribulado de escribir un ensayo hoy día, dado el atosigamiento informativo que caracteriza a la sociedad contemporánea.

Leído asimismo su volumen de ensayos Prosa y circunstancia, en conjunto, me queda la sensación de sintonizar con gran parte de los puntos de vista de Lynch, o, quizá sin llegar a tal hermanamiento intelectual, al menos sí de simpatizar con su mirada irónica y ácida sobre determinados lugares comunes del supuesto progresismo bienpensante. Justamente Prosa y circunstancia concluye con un artículo donde el autor enumera lo que le gusta y lo que no. Entre los desafectos se encuentran la mística del periódico El País, el culto a Borges, Cortázar cuando se hace el gracioso, Walt Disney, los émulos de Baudelaire, el llamado subcomandante Marcos, los suplementos y cócteles literarios o Buenos Aires. Entre los afectos: el Unabomber, Stevenson o Caetano Veloso. De todos modos, algo me escama: en su estilo como escritor detecto permanentemente la doblez del profesor universitario que a la vez quiere mantenerse fuera de ese círculo; y ahí la relación entre el autor y este lector sufre algunas interferencias. Me explico: siento estar leyendo al profe canchero, paladín contra la intelectualidad a la que pertenece, que cita a Dylan o a los Rolling en algún epígrafe, pero cuyos ejemplos paradigmáticos siempre nacen de Adorno, Wittgenstein, Hegel, Barthes, Jünger, Baudrillard y compañía. En definitiva: mucha academia y pocas analogías o semejanzas cotidianas. Eso no lo exime de ser un autor interesante, pero sí que estrecha el círculo de lectores, a pesar de que su discurso apunte hacia lo contrario, hacia una disolución de los intelectuales en la behetría de la masa; aspecto éste en el que estoy de acuerdo. Por ultimo señalar que, paradójicamente, La televisión: el espejo del reino lo escribió un ensayista que sólo usa la televisión para ver películas de cine y lo reseñó alguien que ni siquiera la tiene...