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La tele: una linterna
mágica
El haz de electrones catódicos alumbra
la caverna donde se esconde el hombre de sí mismo, incluso lo
induce a salir de ella gracias al resplandor que genera. Precisamente
la televisión seduce al hombre porque se trata de luz en movimiento.
Los electrones crepitan siempre igual pero distintos. Al componer
la imagen, su luz ejerce el mismo poder subliminal de fascinación
que el fuego o el mar. En el caso del fuego incluso admite una
comparación más extrema: apenas existe un hogar donde la televisión
no haya usurpado el sitio de éste. Tal es así, que ocupa un lugar
preferencial en el feng-shui de la sala de estar, y su presencia
resulta ineludible.
Colocarse frente a la pantalla tiene efectos
secundarios. Ver la tele es un proceso que conlleva cálculo y
composición; asimilar las imágenes que emite no consiste en una
mera representación de éstas, sino que implica su construcción,
pues el cerebro debe componer diversas señales para obtener una
imagen. Componer es un verbo muchísimo más activo que representar
y que requiere, por tanto, de una gran complejidad cerebral. En
términos informáticos equivaldría a precisar una elevada potencia
de computación. Si uno tiene el cerebro puesto al servicio de
la tele, le queda poca memoria virtual para más tareas; de ahí
el fenómeno de cuelgue televisivo, tan similar al de la computadora
cuando tiene varios programas abiertos.
Lynch entra hasta cierto detalle sobre
el proceso de visión (ver texto adjunto a esta reseña): desde
cómo la luz televisiva incide sobre los conos y bastones oculares
hasta cómo el cerebro forma la imagen correspondiente. Como corolario
a la descripción del proceso, el autor concluye que en la semejanza
de la naturaleza televisiva con la fisiología de la visión reside
el secreto del éxito de la primera. Tanto es así que podría decirse
que la tele explota las deficiencias de la visión humana, y que,
precisamente, tanta efectividad nace de la capacidad para saber
engañar al ojo humano. Por esta razón, se puede hablar de ilusiones
ópticas al referirse a las imágenes televisivas. En verdad,
no existe ninguna imagen, sino que esta ilusión óptica se genera
una y otra vez debido al efecto de la luz y gracias a la parsimonia
del sistema visual. Ver la tele supone un esfuerzo de procesamiento
de señales mayor que la visión común. De ahí los conocidos efectos
secundarios de hipnosis o enajenación.
La tele, la tele, la tele
Resulta inquietante que la compulsión
televisiva sea más importante que la sexual, por ejemplo. Las
estadísticas de cualquier mundial de fútbol o de unas olimpiadas,
para disgusto de Freud, así lo atestiguan: no hay nada que movilice
de manera tan masiva a la humanidad. Hay censados más de dos mil
millones de televisores. En 1998 se calculó que más de 37 000
millones de personas siguieron el Mundial de Fútbol por televisión.
A eso se lo puede llamar, desde luego, universalidad de la mirada
y multitudinaria atención sobre un mismo objeto. Quizá sólo los
teléfonos móviles estén en disposición de competir contra el afecto
dispensado al televisor.
La televisión modifica nuestra mirada,
incide en nuestra experiencia. Lynch cita a McLuhan para sostener
que este medio más que un fenómeno visual es una experiencia táctil,
una suerte de contacto virtual, debido a la familiaridad que genera.
Gracias a las películas, las calles de New York son menos extrañas
al turista que las de Calahorra, por decir; y eso resta capacidad
de asombro, disminuye el goce del descubrimiento. No se es tan
extranjero en una ciudad como en
la otra. Y, sin embargo, esa experiencia previa es virtual. También
este aprendizaje resulta más intenso y particularizado, pues resulta
de la construcción de un lenguaje privado: yo y la tele, nadie
más; de ahí que el autor se refiera al engendro catódico como
la «antítesis de la comunicación intersubjetiva.» En palabras
llanas: de la tele salen un par de electrodos invisibles que se
conectan a la sien de cada telespectador, manteniendo con éste
una relación individualizada y absorbente.
 
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