Portada literaria


Lecturas

La televisión: el espejo del reino,
de Enrique Lynch

Entrevista

Unai Elorriaga
«¿Qué hay de autobiográfico en tu vida?»

Venenos nutritivos

Perros viejos, perros jóvenes

Consumibles

La signatura Tiz

Menos de 25 pesos

La cesta de la compra

Ganador del concurso
de relatos de teína


 


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Enlaces

Texto de Enrique Lynch

Material del autor en la red:

Web del autor

Entrevista (mejor dicho Entrebestia)

Artículo: La inmediatez

Artículo: El final del siglo XIX y otras vanguardias artísticas

Otros libros

Prosa y circunstancia, Enrique Lynch
Editorial Taurus, Buenos Aires, 1999
5 pesos, en alguna librería cercana a Santa Fe y Callao.

 

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La tele: una linterna mágica

El haz de electrones catódicos alumbra la caverna donde se esconde el hombre de sí mismo, incluso lo induce a salir de ella gracias al resplandor que genera. Precisamente la televisión seduce al hombre porque se trata de luz en movimiento. Los electrones crepitan siempre igual pero distintos. Al componer la imagen, su luz ejerce el mismo poder subliminal de fascinación que el fuego o el mar. En el caso del fuego incluso admite una comparación más extrema: apenas existe un hogar donde la televisión no haya usurpado el sitio de éste. Tal es así, que ocupa un lugar preferencial en el feng-shui de la sala de estar, y su presencia resulta ineludible.

Colocarse frente a la pantalla tiene efectos secundarios. Ver la tele es un proceso que conlleva cálculo y composición; asimilar las imágenes que emite no consiste en una mera representación de éstas, sino que implica su construcción, pues el cerebro debe componer diversas señales para obtener una imagen. Componer es un verbo muchísimo más activo que representar y que requiere, por tanto, de una gran complejidad cerebral. En términos informáticos equivaldría a precisar una elevada potencia de computación. Si uno tiene el cerebro puesto al servicio de la tele, le queda poca memoria virtual para más tareas; de ahí el fenómeno de cuelgue televisivo, tan similar al de la computadora cuando tiene varios programas abiertos.

Lynch entra hasta cierto detalle sobre el proceso de visión (ver texto adjunto a esta reseña): desde cómo la luz televisiva incide sobre los conos y bastones oculares hasta cómo el cerebro forma la imagen correspondiente. Como corolario a la descripción del proceso, el autor concluye que en la semejanza de la naturaleza televisiva con la fisiología de la visión reside el secreto del éxito de la primera. Tanto es así que podría decirse que la tele explota las deficiencias de la visión humana, y que, precisamente, tanta efectividad nace de la capacidad para saber engañar al ojo humano. Por esta razón, se puede hablar de ilusiones ópticas al referirse a las imágenes televisivas. En verdad, no existe ninguna imagen, sino que esta ilusión óptica se genera una y otra vez debido al efecto de la luz y gracias a la parsimonia del sistema visual. Ver la tele supone un esfuerzo de procesamiento de señales mayor que la visión común. De ahí los conocidos efectos secundarios de hipnosis o enajenación.


La tele, la tele, la tele

Resulta inquietante que la compulsión televisiva sea más importante que la sexual, por ejemplo. Las estadísticas de cualquier mundial de fútbol o de unas olimpiadas, para disgusto de Freud, así lo atestiguan: no hay nada que movilice de manera tan masiva a la humanidad. Hay censados más de dos mil millones de televisores. En 1998 se calculó que más de 37 000 millones de personas siguieron el Mundial de Fútbol por televisión. A eso se lo puede llamar, desde luego, universalidad de la mirada y multitudinaria atención sobre un mismo objeto. Quizá sólo los teléfonos móviles estén en disposición de competir contra el afecto dispensado al televisor.

La televisión modifica nuestra mirada, incide en nuestra experiencia. Lynch cita a McLuhan para sostener que este medio más que un fenómeno visual es una experiencia táctil, una suerte de contacto virtual, debido a la familiaridad que genera. Gracias a las películas, las calles de New York son menos extrañas al turista que las de Calahorra, por decir; y eso resta capacidad de asombro, disminuye el goce del descubrimiento. No se es tan extranjero en una ciudad como en la otra. Y, sin embargo, esa experiencia previa es virtual. También este aprendizaje resulta más intenso y particularizado, pues resulta de la construcción de un lenguaje privado: yo y la tele, nadie más; de ahí que el autor se refiera al engendro catódico como la «antítesis de la comunicación intersubjetiva.» En palabras llanas: de la tele salen un par de electrodos invisibles que se conectan a la sien de cada telespectador, manteniendo con éste una relación individualizada y absorbente.

 

 

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