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Lynch apunta que se debe combatir contra
aquellas minorías ilustradas que, en su tirana estrechez
de miras, traten de imponer sus gustos a los demás. Los argumentos
del tipo «La tele es una mierda. Por el bien del pueblo, deberíamos
controlarla o prohibirla» son claramente elitistas y funcionan
más como una admonición para redimir pecadores que como un refinado
silogismo. De hecho, tanto ímpetu en controlar la televisión huele
a trajín de poderes shakesperiano, por lo que sus patrocinadores
merecen toda la desconfianza del mundo. Aclaro: no se trata de
obviar a las minorías, sino de evitar que éstas impongan también
dictatorialmente sus gustos.
Lamentarse de la zafiedad de la masa no
tiene por qué ir seguido de un golpe de Estado y un proceso totalitario
de reorganización cultural. Inversamente tampoco hay por qué favorecer
que la apisonadora popular elimine cualquier minoría que discrepe
respecto del gusto masivo, por supuesto. Conservar un equilibrio
dinámico de fuerzas entre unos y otros es lo ideal para el hábitat
humano. Así, la tele actúa como elemento disuasivo frente al mesiánico
intelectual de turno, adalid de la humanidad bienpensante, capaz
de llegar a la sesuda conclusión de que la televisión resulta
blasfema por manipuladora, mixtificadora, simuladora y arma idiotizante.
Entonces: habrá mucho que criticar; pero de ahí al exterminio
intelectual
decretado por ciertos progresistas hay un trecho, y muy
largo. (Y no sostengo que se deba promocionar la mediocridad;
pero tampoco es cuestión de obligar a todos a que sean sublimes
sin interrupción. Que lea a Baudelaire quien le apetezca; lo único
que se pide es libertad para estar en desacuerdo, que si no el
mundo se vuelve aburridamente uniforme.)
Por otro lado, apunta Lynch, que toda
idea de control absoluto resulta orwelliana, por no decir ilusoria.
La televisión o internet son
dos sistemas tan enormes que de por sí son ingobernables. Toda
hipótesis que apunte a una teoría conspirativa suena ridícula,
por más que sepamos que los magnates como Polanco, Murdoch, Gates
o Berlusconi entienden la comunicación como una partida de RISK,
y darían un brazo por acceder a más resortes de poder y jugar
así a gobernar un país, un continente o el mundo. Frente a tales
émulos comerciales de Chaplin en El gran dictador, siempre
habrá al menos un foco de resistencia, un espectador crítico,
además de la propia competencia (salvaje) entre ellos. Quizá baste
con eso para que dominar el mundo mediante la tele pueda considerarse
sólo una ilusión.
Por otro lado, podría especularse con
que la tele es un ingenioso correccional panóptico, donde los
individuos, cuando ven las imágenes que proyecta el aparato diabólico,
generan subliminalmente la celda donde se alojan. Sin embargo,
resulta imposible creer que haya un titiritero, aunque sea la
CNN, que maneje en exclusiva los hilos de la conciencia mundial,
y que este sacerdote supremo, desde algún despacho oval, dé las
órdenes oportunas para manejar a los telespectadores. Antes bien,
la televisión es un arma: su capacidad reflectante es subversiva;
lo es contra el sistema que impera y que trata de aprovecharse
de ella, y lo es contra las elites ilustradas que pretenden ofrecerse
como reserva espiritual de la humanidad. La televisión nos muestra,
en gran parte de la programación, la estupidez de la especie;
y al menos ese mérito hay que reconocérselo.
 
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