Portada literaria


Lecturas

La televisión: el espejo del reino,
de Enrique Lynch

Entrevista

Unai Elorriaga
«¿Qué hay de autobiográfico en tu vida?»

Venenos nutritivos

Perros viejos, perros jóvenes

Consumibles

La signatura Tiz

Menos de 25 pesos

La cesta de la compra

Ganador del concurso
de relatos de teína


 


...........................

 

Enlaces

Texto de Enrique Lynch

Material del autor en la red:

Web del autor

Entrevista (mejor dicho Entrebestia)

Artículo: La inmediatez

Artículo: El final del siglo XIX y otras vanguardias artísticas

Otros libros

Prosa y circunstancia, Enrique Lynch
Editorial Taurus, Buenos Aires, 1999
5 pesos, en alguna librería cercana a Santa Fe y Callao.

 

Página 2 de 5

 

Lynch apunta que se debe combatir contra aquellas minorías ilustradas que, en su tirana estrechez de miras, traten de imponer sus gustos a los demás. Los argumentos del tipo «La tele es una mierda. Por el bien del pueblo, deberíamos controlarla o prohibirla» son claramente elitistas y funcionan más como una admonición para redimir pecadores que como un refinado silogismo. De hecho, tanto ímpetu en controlar la televisión huele a trajín de poderes shakesperiano, por lo que sus patrocinadores merecen toda la desconfianza del mundo. Aclaro: no se trata de obviar a las minorías, sino de evitar que éstas impongan también dictatorialmente sus gustos.

Lamentarse de la zafiedad de la masa no tiene por qué ir seguido de un golpe de Estado y un proceso totalitario de reorganización cultural. Inversamente tampoco hay por qué favorecer que la apisonadora popular elimine cualquier minoría que discrepe respecto del gusto masivo, por supuesto. Conservar un equilibrio dinámico de fuerzas entre unos y otros es lo ideal para el hábitat humano. Así, la tele actúa como elemento disuasivo frente al mesiánico intelectual de turno, adalid de la humanidad bienpensante, capaz de llegar a la sesuda conclusión de que la televisión resulta blasfema por manipuladora, mixtificadora, simuladora y arma idiotizante. Entonces: habrá mucho que criticar; pero de ahí al exterminio intelectual decretado por ciertos progresistas hay un trecho, y muy largo. (Y no sostengo que se deba promocionar la mediocridad; pero tampoco es cuestión de obligar a todos a que sean sublimes sin interrupción. Que lea a Baudelaire quien le apetezca; lo único que se pide es libertad para estar en desacuerdo, que si no el mundo se vuelve aburridamente uniforme.)

Por otro lado, apunta Lynch, que toda idea de control absoluto resulta orwelliana, por no decir ilusoria. La televisión o internet son dos sistemas tan enormes que de por sí son ingobernables. Toda hipótesis que apunte a una teoría conspirativa suena ridícula, por más que sepamos que los magnates como Polanco, Murdoch, Gates o Berlusconi entienden la comunicación como una partida de RISK, y darían un brazo por acceder a más resortes de poder y jugar así a gobernar un país, un continente o el mundo. Frente a tales émulos comerciales de Chaplin en El gran dictador, siempre habrá al menos un foco de resistencia, un espectador crítico, además de la propia competencia (salvaje) entre ellos. Quizá baste con eso para que dominar el mundo mediante la tele pueda considerarse sólo una ilusión.

Por otro lado, podría especularse con que la tele es un ingenioso correccional panóptico, donde los individuos, cuando ven las imágenes que proyecta el aparato diabólico, generan subliminalmente la celda donde se alojan. Sin embargo, resulta imposible creer que haya un titiritero, aunque sea la CNN, que maneje en exclusiva los hilos de la conciencia mundial, y que este sacerdote supremo, desde algún despacho oval, dé las órdenes oportunas para manejar a los telespectadores. Antes bien, la televisión es un arma: su capacidad reflectante es subversiva; lo es contra el sistema que impera y que trata de aprovecharse de ella, y lo es contra las elites ilustradas que pretenden ofrecerse como reserva espiritual de la humanidad. La televisión nos muestra, en gran parte de la programación, la estupidez de la especie; y al menos ese mérito hay que reconocérselo.

 

 

Arriba