Portada literaria


Lecturas

La televisión: el espejo del reino,
de Enrique Lynch

Entrevista

Unai Elorriaga
«¿Qué hay de autobiográfico en tu vida?»

Venenos nutritivos

Perros viejos, perros jóvenes

Consumibles

La signatura Tiz

Menos de 25 pesos

La cesta de la compra

Ganador del concurso
de relatos de teína


 


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Enlaces

Texto de Enrique Lynch

Material del autor en la red:

Web del autor

Entrevista (mejor dicho Entrebestia)

Artículo: La inmediatez

Artículo: El final del siglo XIX y otras vanguardias artísticas

Otros libros

Prosa y circunstancia, Enrique Lynch
Editorial Taurus, Buenos Aires, 1999
5 pesos, en alguna librería cercana a Santa Fe y Callao.

 

Dime espejito mágico: ¿verdad que somos los más bellos?

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

La televisión: el espejo del reino / Enrique Lynch
Plaza & Janés / Barcelona, 2000
156 páginas / 3 pesos
Librería Diógenes, Corrientes 1851

 

No obstante, son muchos los que se desgañitan reclamando la intervención del Estado en los medios (¿qué Estado?, ¿a qué institución se refieren?, ¿hay algo de verdad semejante a un «Estado» en las sociedades tardocapitalistas?) Invocando una vieja prerrogativa autoritaria, cuando no simplemente fascista, estas voces preocupadas claman para que el Estado o algún organismo público dicte códigos «éticos» a la prensa o regule, como sea, el discurso de la televisión. La misma prerrogativa suele ser esgrimida cuando se observa con horror la libertad absoluta de que gozan los individuos en sus comunicaciones a través de Internet. Por alguna oscura razón inconfesada todo lo que se asocie con la libertad absoluta produce inmediatamente pavor.

(...)

Ninguna patente o cédula de habilitación fiscal puede modificar lo que pertenece a la naturaleza misma de un medio que ha sido diseñado como mera extensión espiritual de nuestro tiempo. La televisión reproduce sin matices lo que es y tal como es; es decir, que representa a la sociedad en la que vivimos y trabajamos, pero no sólo como la imaginamos sino, además, como
queremos que sea. Es, en todo caso, la sociedad, y no su espejo colectivo, la que debe ser transformada, pero no parece que haya nadie muy dispuesto a llevar a cabo dicha transformación.


La poderosa caja tonta

El punto de vista del autor resulta cristalino: la tele, en verdad, es sólo una caja tonta; el problema reside en el usuario, que es quien la enciende y se mantiene frente a ella. La tesis fundamental del libro está en la cursiva inicial: la televisión reproduce sin matices la sociedad donde vivimos y trabajamos, también cómo queremos que sea. ¿Resulta insoportablemente vulgar la imagen que obtenemos? Pues entonces habrá que cambiar la sociedad, no el aparato electrónico, cuya única culpa es reflejarnos fidedignamente; de hecho, rayos catódicos mediante, nos muestra cómo queremos vernos.

La tele es el pan y circo tardocapitalista, una suerte de cohesiva pax romana que ayuda a sublimar agresividades y que actúa como bálsamo para el solitario estrés del urbanita posmoderno, quien insiste en aislarse de su prójimo y rodearse de electrodomésticos. Según Lynch, la televisión, como fenómeno, puede calificarse de «hegemónica, insoslayable y decisiva»; la cultura de masas le ha cedido un espacio de ese calibre, y no puede tomarse a la ligera este hecho: su carácter masivo, pese a sus defectos, la avalan. La humanidad ha fabricado una deidad a su medida, un nuevo becerro de oro; secuestrarlo o partirle las tablas de la Ley sobre el lomo sería profanar el misterio de la masa. La televisión ocupa en el Olimpo un estatus similar al del fútbol, el teléfono móvil y el coche, es decir, resulta ya consustancial al género humano; y no hay vuelta atrás. Cualquier vocinglero, por intelectual que éste considere su prédica, deberá aceptarlo; da igual lo que le haya revelado la zarza en llamas: la tele es ya una «extensión espiritual» del hombre.

 

 

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