Portada literaria


Lecturas

La televisión: el espejo del reino,
de Enrique Lynch

Entrevista

Unai Elorriaga
«¿Qué hay de autobiográfico en tu vida?»

Venenos nutritivos

Perros viejos, perros jóvenes

Consumibles

La signatura Tiz

Menos de 25 pesos

La cesta de la compra

Ganador del concurso
de relatos de teína


 

 

 

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Pese al atosigamiento informativo que practican los medios de comunicación, pese a la estridencia de las flamantes novedades del top ten, pese a todo y a todos, me atrevo a señalar que eludir las bibliotecas o perder el hábito de frecuentar semanalmente las librerías, es decir, dejar de pasear entre los libros y de rebuscar entre las pilas de ejemplares olvidados por otros, es poco saludable. Los libros deben conservar el goce del descubrimiento, el beneficio de la aparición ante uno en el momento exacto, y los lectores no tienen por qué ceder sin más al peso de la publicidad. Por esta razón, admiro que determinados lectores (¿y escritores?) dediquen más tiempo a renovar su vestuario que a revolver las librerías de viejo y saldos. Tampoco entenderé nunca a quienes compran sistemáticamente por correo o piden los libros a domicilio como si fuera una pizza. Los libros exigen el riesgo de ir a buscarlos. Si hay quienes aventuran que un equipo de fútbol es más que eso, un equipo de fútbol, yo me lanzo y repito la tautología populista: un libro es más que un libro. Quienes se atrevan, que practiquen esta otra disciplina deportiva y comprenderán de qué peligros les hablo.

Afortunadamente, en Buenos Aires, las editoriales mantienen su política de lanzar a las mesas de saldos, en general, mejores libros que los que publican. El frenesí de las novedades tiene esta cara amable para quienes disfrutamos de la lectura: con poco dinero aumentamos a buen ritmo nuestra biblioteca particular. Ahora que los libros y los escritores tienen fecha de caducidad digna de yogures y otros lácteos, sólo hay que esperar unos meses para verlos caer desde las tapas duras a las accesibles ediciones de bolsillo y desde los escaparates lujosos al cenagal de los saldos. Que los precios de las novedades literarias son abusivos y caprichosos resulta obvio —enfatizo: literarias—; sin embargo, me siento cómodo con esta mercadotecnia absurda: como prima el criterio de vender mucho, sea lo que sea, lo escriba quien lo escriba, abundan los libros interesantes a precios irrisorios... Incluso, de vez en cuando, me permito el capricho de regalárselos a mis conocidos, como quien les pasa el periódico del día. Y, de verdad, me causa placer regalar un libro como quien invita a un café, porque ando justo de efectivo. El saber antiguo, nuevamente, se muestra implacable: «A río revuelto, ganancia de pescadores.»

Menos de 25 pesos

En este nº 8 estrenamos la sección que lleva este título y cuyo objetivo será proponer una cesta de la compra al lector medio de Buenos Aires. Para ello reseñaré brevemente cada obra y añadiré un fragmento de ésta. Nadie me regala los libros ni me hace descuento, así que es puro gusto —o disgusto— personal. Quienes no puedan disfrutar de la pantagruélica oferta porteña, confío en que, al menos, encuentren alguna idea. Como objetivo marcaré un máximo de 25 pesos, que, a la baja, es el precio de una novedad literaria en una librería argentina. Los seis libros reseñados este mes suman 23 pesos, es decir, que aún sobra para ida y vuelta en el subte o el colectivo.

 

 

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