| PORTADA
LITERARIA
Menos de 25 pesos
Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es 
El
placer del lector comienza en la elección del libro, un ritual
digno de la ceremoniosidad japonesa —la antigua, no la moderna—
y destinado sólo a los paladares que realmente disfrutan de la
lectura. A día de hoy, la industria del ocio cultural y su público
borrego tratan de reducir el hábito de comprar libros a entrar
en un centro comercial y abastecerse de novedades del top ten
de la librería como quien echa latas de tomate para la salsa de
los macarrones. Por si fuera poco, comprador y vendedor invisten
de proselitismo cultural a este libérrimo acto de mercadotecnia
y consumo. Tremendo. Por cierto, ¿qué clase de paletismo lingüístico
barbarizante practican las librerías cuando se aferran a la radiofórmula
top ten? Y perdonen la digresión sin más: ¿en qué carajo
pensaba Galaxia Gutenberg cuando le endilgó a Lázaro Carreter
en El dardo en la palabra, en su edición de bolsillo, un
best-seller indisimulablemente bermellón? ¿Leyeron de qué
iba el libro? Doblemente tremendo: la repanocha, que dice mi tía.
En las editoriales pocos leen y en las
librerías selectas casi ninguno sabe lo que vende, porque,
en definitiva, no importa la cultura sino traficar con el libro,
fetiche y sortilegio que permite conjurar la superstición de estar
haciendo cultura. ¿Y qué libro? Uno, cualquiera, pues sólo
es dinero para quien lo vende y un talismán para quien lo compra.
Sólo así se entiende que abunde el cosmético literario de escritor
contemporáneo con aura mediática y manufacturado para lectores
de clase media con tarjeta de plástico fácil. La publicidad siempre
es engañosa y, quien más y quien menos, se apunta a eso de adquirir
sabiduría como si se tratara del opcional 'tapicería de cuero'
para el automóvil. La cuestión es hacer cosquillas con el argumento
de la novedad, como si la literatura fuera ingeniería genética
y uno necesitase disponer de tecnología punta. Y, claro, la tecnología
punta se paga, vaya si se paga, aunque se trate de literatura.
Menudo precio tienen los libros.
Un libro barato proporciona mayor libertad
a su lector para emitir una opinión contundente. ¿Quién no se
siente culpable si deja a medias una insoportable novela cara,
recién comprada y novedosa? ¿Deja ésa a medias y, como si fuera
un cigarrillo, comienza con otra también nuevita de precio similar?
No, resultaría estúpido; ahí está el negocio: vender caro y generar
una necesidad inexistente. Xavier Rubert de Ventós, en Veure-hi
fosc, citaba un estudio realizado con dos grupos de personas
que asistían a una película tediosa. Unos pagaban mucho y otros
apenas nada por la entrada. ¿Quiénes tenían mejor opinión del
bodrio? Por supuesto, quienes habían pagado más. Los que saben
de moda y marcas saben a qué me refiero.
Sacar libros de la biblioteca o practicar
la arqueología en los saldos resulta demodé dentro de la
sociedad tardocapitalista. Si quieres que tus amigos te consideren
raro, prueba una de estas dos vías. Si te mueves en círculos culturosos
o con ínfulas escriturarias serás el hazmerreír, directamente
y sin paliativos. No son pocos quienes confunden ser culto con
leer la bibliografía recomendada por un prestigioso suplemento
cultural, los escaparates y los top ten de las librerías,
el programa de la tele o la revista comercial de marras. Nada
que el mundo musical o el cine no sufran también. Socialmente
existe una proporcionalidad lineal entre resonancia mediática,
supuesta calidad literaria y compulsión a la compra de «eso de
lo que se habla tanto». Prescribir a tales enfermos al incombustible
Antonio Machado, «Sólo el necio confunde valor y precio», suele
molestarles. Pero que sí, que muchos confunden bibliografía con
charreteras militares. Y, comprar libros o leer bien, quizá sea
otra cosa.

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