Portada literaria


Lecturas

La televisión: el espejo del reino,
de Enrique Lynch

Entrevista

Unai Elorriaga
«¿Qué hay de autobiográfico en tu vida?»

Venenos nutritivos

Perros viejos, perros jóvenes

Consumibles

La signatura Tiz

Menos de 25 pesos

La cesta de la compra

Ganador del concurso
de relatos de teína


 

 

 

PORTADA LITERARIA

Menos de 25 pesos

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

El placer del lector comienza en la elección del libro, un ritual digno de la ceremoniosidad japonesa —la antigua, no la moderna— y destinado sólo a los paladares que realmente disfrutan de la lectura. A día de hoy, la industria del ocio cultural y su público borrego tratan de reducir el hábito de comprar libros a entrar en un centro comercial y abastecerse de novedades del top ten de la librería como quien echa latas de tomate para la salsa de los macarrones. Por si fuera poco, comprador y vendedor invisten de proselitismo cultural a este libérrimo acto de mercadotecnia y consumo. Tremendo. Por cierto, ¿qué clase de paletismo lingüístico barbarizante practican las librerías cuando se aferran a la radiofórmula top ten? Y perdonen la digresión sin más: ¿en qué carajo pensaba Galaxia Gutenberg cuando le endilgó a Lázaro Carreter en El dardo en la palabra, en su edición de bolsillo, un best-seller indisimulablemente bermellón? ¿Leyeron de qué iba el libro? Doblemente tremendo: la repanocha, que dice mi tía.

En las editoriales pocos leen y en las librerías selectas casi ninguno sabe lo que vende, porque, en definitiva, no importa la cultura sino traficar con el libro, fetiche y sortilegio que permite conjurar la superstición de estar haciendo cultura. ¿Y qué libro? Uno, cualquiera, pues sólo es dinero para quien lo vende y un talismán para quien lo compra. Sólo así se entiende que abunde el cosmético literario de escritor contemporáneo con aura mediática y manufacturado para lectores de clase media con tarjeta de plástico fácil. La publicidad siempre es engañosa y, quien más y quien menos, se apunta a eso de adquirir sabiduría como si se tratara del opcional 'tapicería de cuero' para el automóvil. La cuestión es hacer cosquillas con el argumento de la novedad, como si la literatura fuera ingeniería genética y uno necesitase disponer de tecnología punta. Y, claro, la tecnología punta se paga, vaya si se paga, aunque se trate de literatura. Menudo precio tienen los libros.

Un libro barato proporciona mayor libertad a su lector para emitir una opinión contundente. ¿Quién no se siente culpable si deja a medias una insoportable novela cara, recién comprada y novedosa? ¿Deja ésa a medias y, como si fuera un cigarrillo, comienza con otra también nuevita de precio similar? No, resultaría estúpido; ahí está el negocio: vender caro y generar una necesidad inexistente. Xavier Rubert de Ventós, en Veure-hi fosc, citaba un estudio realizado con dos grupos de personas que asistían a una película tediosa. Unos pagaban mucho y otros apenas nada por la entrada. ¿Quiénes tenían mejor opinión del bodrio? Por supuesto, quienes habían pagado más. Los que saben de moda y marcas saben a qué me refiero.

Sacar libros de la biblioteca o practicar la arqueología en los saldos resulta demodé dentro de la sociedad tardocapitalista. Si quieres que tus amigos te consideren raro, prueba una de estas dos vías. Si te mueves en círculos culturosos o con ínfulas escriturarias serás el hazmerreír, directamente y sin paliativos. No son pocos quienes confunden ser culto con leer la bibliografía recomendada por un prestigioso suplemento cultural, los escaparates y los top ten de las librerías, el programa de la tele o la revista comercial de marras. Nada que el mundo musical o el cine no sufran también. Socialmente existe una proporcionalidad lineal entre resonancia mediática, supuesta calidad literaria y compulsión a la compra de «eso de lo que se habla tanto». Prescribir a tales enfermos al incombustible Antonio Machado, «Sólo el necio confunde valor y precio», suele molestarles. Pero que sí, que muchos confunden bibliografía con charreteras militares. Y, comprar libros o leer bien, quizá sea otra cosa.

 

 

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